De las larvas de tus dedos se expande
la tibieza de un encuentro de girasoles.
La soledad se abre paso entre las ramas
de un alma rota.
Ella
Acontecer de ensueños plañideros,
de savia atascada en mandíbulas huecas
de ojos grises, como aquella mañana del agosto
de mi piel.
Voces intrusas, parturientas,
se hacen eco
de las lágrimas de lluvia
que brotan de mis hojas.
Acoso del ocaso,
desdén de los dioses.
Refino en cantera las luces que brotaron
de tu sonrisa, cuando por primera vez
me asomé al alféizar de tu almohada.
Ella
Despunta cada vez con más fuerza
al declive de sus días.
Me arrastra,
a la suavidad del adiós.