F. CABALLERO SÁNCHEZ
Poeta recién llegado
El amor maternal
FÁBULA
Cierta leona hacendosa
era feliz en su selva
siendo una madre celosa
de un cachorro calavera,
que no hacía otra cosa
que saltar y dar carreras
jugando con mariposas.
Y estaba la madre presa
de una inquietud espantosa
porque su hijo creciera
y fuese, sin más demora,
con su abundante melena
esa fiera poderosa
que llaman Rey de la Selva
de la que estaba orgullosa.
Lo cuidó a su manera:
absorbente y cariñosa.
Para él eran las piezas
que ella cazaba gustosa
mucho más tiernas y frescas,
con más jugos y sabrosas
evitándole molestias.
En fin, resumo la cosa:
para su leoncito eran:
la comida deliciosa,
la cama más placentera,
la más fresca de las sombras
y las caricias más tiernas.
Sus tareas fueron otras,
porque la madre no deja
ni que cace, (que sofoca),
ni que sude, (¡qué imprudencia!)
ni que se ensucie la boca
porque eso da dentera.
Y llegó la edad, que toda
cría, al ser adulta, espera:
el de buscarse una esposa
y así lo expuso a su «vieja»
que lo aceptó con congoja
por más que lo comprendiera.
Y le preparó la ropa
y le lavó la melena,
que luciría en la boda,
lamiéndola con su lengua.
La madre buscó la choza
que fuese la casa nueva
y le buscó una novia
y le aconsejó que hiciera
esto y esto, y muchas cosas…
y él inició vida nueva.
marchándose con su esposa.
*0O0*
Sólo pasaron tres días
desde aquel que se marchara
el que fue siempre la envidia
por su melena leonada
y le dijo: -¡Madre mía!,
blabla, blabla, blabla, blabla,
tarura, tarura, turía…
que el hambre ya lo mataba
y que ahora comprendía
que aunque tenía buenas garras
lo que es cazar, no sabía,
porque su madre cazaba
desde que era una cría
y tan bien lo alimentaba
y tanto le consentía
que nunca le dio enseñanza
y por tanto no tenía
la experiencia necesaria.
MORALEJA
Esos padres que se afanan
en resolver los problemas
de sus hijos, en la infancia:
sin quererlo, les cercenan
la creación más humana:
¡la imprescindible experiencia!
FÁBULA
Cierta leona hacendosa
era feliz en su selva
siendo una madre celosa
de un cachorro calavera,
que no hacía otra cosa
que saltar y dar carreras
jugando con mariposas.
Y estaba la madre presa
de una inquietud espantosa
porque su hijo creciera
y fuese, sin más demora,
con su abundante melena
esa fiera poderosa
que llaman Rey de la Selva
de la que estaba orgullosa.
Lo cuidó a su manera:
absorbente y cariñosa.
Para él eran las piezas
que ella cazaba gustosa
mucho más tiernas y frescas,
con más jugos y sabrosas
evitándole molestias.
En fin, resumo la cosa:
para su leoncito eran:
la comida deliciosa,
la cama más placentera,
la más fresca de las sombras
y las caricias más tiernas.
Sus tareas fueron otras,
porque la madre no deja
ni que cace, (que sofoca),
ni que sude, (¡qué imprudencia!)
ni que se ensucie la boca
porque eso da dentera.
Y llegó la edad, que toda
cría, al ser adulta, espera:
el de buscarse una esposa
y así lo expuso a su «vieja»
que lo aceptó con congoja
por más que lo comprendiera.
Y le preparó la ropa
y le lavó la melena,
que luciría en la boda,
lamiéndola con su lengua.
La madre buscó la choza
que fuese la casa nueva
y le buscó una novia
y le aconsejó que hiciera
esto y esto, y muchas cosas…
y él inició vida nueva.
marchándose con su esposa.
*0O0*
Sólo pasaron tres días
desde aquel que se marchara
el que fue siempre la envidia
por su melena leonada
y le dijo: -¡Madre mía!,
blabla, blabla, blabla, blabla,
tarura, tarura, turía…
que el hambre ya lo mataba
y que ahora comprendía
que aunque tenía buenas garras
lo que es cazar, no sabía,
porque su madre cazaba
desde que era una cría
y tan bien lo alimentaba
y tanto le consentía
que nunca le dio enseñanza
y por tanto no tenía
la experiencia necesaria.
MORALEJA
Esos padres que se afanan
en resolver los problemas
de sus hijos, en la infancia:
sin quererlo, les cercenan
la creación más humana:
¡la imprescindible experiencia!
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