danie
solo un pensamiento...
Los crisantemos y las calas con su aroma susceptible
son el marco que decoran las bóvedas
en donde descansa la pundonorosa muerte,
allí yace el púdico óbito rioplatense,
la allegada y perenne luz eufórica
del claustro de un socorro que ampara a su hálito de vida.
Así descansa la muerte vestida de tiempo,
arropada por los guardianes mártires
como gárgolas de caliza maciza
con el manto silente de la noche,
bajo la túnica de la ceniza nimia
de las hogueras que consumen
el tapiz de la prosapia y su punzante dinastía,
frente al atrio idóneo del alba de un mañana.
Allí la custodian las figuras cegadas
por sus ojos de cemento,
lápidas guardianes que celan a los transeúntes visitantes
con sus lágrimas de piedra.
Allí descansa ella, la fiel muerte;
ángel del cielo exilado
para merodear por el fútil y mundano suelo.
Pero Allí descansa ahora en este tiempo
con su rostro pálido y blanquecino
sellando tus labios inertes;
tu niña rioplatense que aun difunta
no has perdido el semblante omnipotente.
Y tus guardianes mártires
que son los vigías de tu dominio,
mientras tus sueños colmados por el despecho
de los sufragios de la humanidad y su gélido mármol,
destierran a la patria exhumara de los muertos,
esos muertos sin alma que se consideran vivos
en la tierra de la penitencia.
Un purgatorio que condena y deshumaniza
a la sociedad y sus precarias ruinas
con el final de un tiempo.
Pero yo quiero aplazar mis reflexiones,
ver fijas a las exiguas flores que son loables
y misericordiosas frente a tu lecho,
no como esas esculturas de acero
labradas por la mano del hombre
con esos inmolados recuerdos
que son embutidos en sus rostros,
esos despiadados mausoleos de un suplicio intransigente.
Es que tu muerte descansas ahora
en el respiro de mi niña rioplatense,
pero es solo hasta que te despierten de nuevo,
para llevarte contigo un alma gentil y noble
que reposará en el nuevo firmamento.
Solo aquella candidez será salvada en nuestro tiempo.
son el marco que decoran las bóvedas
en donde descansa la pundonorosa muerte,
allí yace el púdico óbito rioplatense,
la allegada y perenne luz eufórica
del claustro de un socorro que ampara a su hálito de vida.
Así descansa la muerte vestida de tiempo,
arropada por los guardianes mártires
como gárgolas de caliza maciza
con el manto silente de la noche,
bajo la túnica de la ceniza nimia
de las hogueras que consumen
el tapiz de la prosapia y su punzante dinastía,
frente al atrio idóneo del alba de un mañana.
Allí la custodian las figuras cegadas
por sus ojos de cemento,
lápidas guardianes que celan a los transeúntes visitantes
con sus lágrimas de piedra.
Allí descansa ella, la fiel muerte;
ángel del cielo exilado
para merodear por el fútil y mundano suelo.
Pero Allí descansa ahora en este tiempo
con su rostro pálido y blanquecino
sellando tus labios inertes;
tu niña rioplatense que aun difunta
no has perdido el semblante omnipotente.
Y tus guardianes mártires
que son los vigías de tu dominio,
mientras tus sueños colmados por el despecho
de los sufragios de la humanidad y su gélido mármol,
destierran a la patria exhumara de los muertos,
esos muertos sin alma que se consideran vivos
en la tierra de la penitencia.
Un purgatorio que condena y deshumaniza
a la sociedad y sus precarias ruinas
con el final de un tiempo.
Pero yo quiero aplazar mis reflexiones,
ver fijas a las exiguas flores que son loables
y misericordiosas frente a tu lecho,
no como esas esculturas de acero
labradas por la mano del hombre
con esos inmolados recuerdos
que son embutidos en sus rostros,
esos despiadados mausoleos de un suplicio intransigente.
Es que tu muerte descansas ahora
en el respiro de mi niña rioplatense,
pero es solo hasta que te despierten de nuevo,
para llevarte contigo un alma gentil y noble
que reposará en el nuevo firmamento.
Solo aquella candidez será salvada en nuestro tiempo.