prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
Caminaba por el pueblo de la penumbra
y amanecían casas con sus rayos de aluminio,
dejaban una luz profunda entre los tréboles,
un ámbar de adioses hecho creta.
Las troicas vagaban por vestigios de las salinas
y el rumor de los candiles que quemaban proteínas del recuerdo
se mezclaba con las insignias rotas del humus.
En ventanillas ovales los siglos mostraban su rostro de carne y diamante.
Entrevistaba los escotes fugitivos de las viudas
sobre la despoblación del vid y las mantras del absurdo.
Desenredado de lluvias, caminaba.
Seguía la niebla refugiada en sótanos,
bajaba los peldaños del horizonte de charcos.
La mujer del ático me hacía preguntas, la hidra de lo incansable
con verdosos cabellos había descendido como un tenebrario sostenido por arañas
a cenar con mis huesos.
Caminaba por el pueblo de la penumbra
y los balcones adornados con la razón de morir
dejaban una luz profunda entre los tréboles,
como tijeras sin nido.
Amanecían casas abandonadas con sus rayos de aluminio.
y amanecían casas con sus rayos de aluminio,
dejaban una luz profunda entre los tréboles,
un ámbar de adioses hecho creta.
Las troicas vagaban por vestigios de las salinas
y el rumor de los candiles que quemaban proteínas del recuerdo
se mezclaba con las insignias rotas del humus.
En ventanillas ovales los siglos mostraban su rostro de carne y diamante.
Entrevistaba los escotes fugitivos de las viudas
sobre la despoblación del vid y las mantras del absurdo.
Desenredado de lluvias, caminaba.
Seguía la niebla refugiada en sótanos,
bajaba los peldaños del horizonte de charcos.
La mujer del ático me hacía preguntas, la hidra de lo incansable
con verdosos cabellos había descendido como un tenebrario sostenido por arañas
a cenar con mis huesos.
Caminaba por el pueblo de la penumbra
y los balcones adornados con la razón de morir
dejaban una luz profunda entre los tréboles,
como tijeras sin nido.
Amanecían casas abandonadas con sus rayos de aluminio.
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