danie
solo un pensamiento...
Dedicó estas líneas a la memoria de un grande entre los grandes, el poeta, crítico y ensayista Álvaro Urtecho Lacayo, ayer leí otro poema de él y me inspiro en hacer esta humilde obra, si bien el poema no habla de él, es un simple modo de agradecerle tal inspiración y de decirle al mundo lo grande de su nobleza.
La obra maestra que me inspiro de este magistral escritor fue-La corona de espinas- que la anexo debajo de mis humildes letras.
LA CORONA DE ESPINAS (Álvaro Urtecho)
Desde que vi en la primera iglesia
-vecina de la casa donde cantaron
los gallos de mi nacimiento junto
a la sonrisa inclinada y curiosa
de mi madre-, la faz de Jesucristo,
su corona de espinas, no he dejado
de buscar nunca a ese hombre,
la suma del dolor humano,
la suma de lo que no dijeron
ni griegos ni romanos, ni el judío
fariseo envuelto en su traje lujoso
del Pontífice dictaminando la Ley
y la Norma como después en las
capillas augustas del Vaticano.
La suma del dolor, de la pregunta
inquisitiva alzada al cielo desde
el peso del madero sangrante,
oloroso, para mí, a corozo e incienso,
la suma de todo lo que nos atañe
más allá de la eras con sus dioses
circulando y asentándose en altares,
deshaciéndose en oros y monedas.
¿Donde habitas, Cristo nuestro,
dónde está tu primera y última
pregunta y tu corona umbilical
de espinas?¿ Eres el hombre
que habitamos, el hombre que
asesinan e incineran todos los días?
Inútil es recordar tu sufrimiento
que escribas y escribanos guardan
como unas efemérides más en los
calendarios del César y sus sátrapas
de ayer y de ahora. Tú no existes,
Jesús, Nazareno, como algo fuera
de nosotros, como algo impuesto
por los perros guardianes de la
Fe ortodoxa en su euforia triunfante.
Tú estás en nuestras venas, eres
la sangre que alimenta nuestro
anhelo de protesta y rebelión.
Eres el vino que apuramos
y la embriaguez compartida.
Eres, en nuestra tarde que declina,
en nuestra noche poblada de
fantasmas y temores, el hombre
que somos, el rostro que nos
duplica en el espejo, el encarnado
en las vertebras y en los corazones
que resucitarán algún día cuando
sean dados todos los abrazos
y los besos que no pudimos dar.
Posdata: La anexe tal cual figuraba en la web, no es mi intención modificar ni siquiera una coma, por pudor y respeto
La obra maestra que me inspiro de este magistral escritor fue-La corona de espinas- que la anexo debajo de mis humildes letras.
Ofuscado cicatero del meollo de esas estatuas,
frente a la riada emisión de los astros
que petrifica el alero de la noche,
frente a la riada emisión de los astros
que petrifica el alero de la noche,
bajo gárgolas y ángeles de piedra,
florecientes guardianes en una tierra sacramental
donde los errantes y diseminados sentimientos
son enterrados juntos con la polvareda de los restos de una humanidad.
Entro en su profundidad, respiro el airoso y espeso
vomito del corriente sepulcro que revuelve mis entrañas en tu lecho;
intento observar con ojos forasteros
y divago en sueños complejos de recuerdos amorfos,
sombras de un silencio que recubren tu velo.
Pienso en la necrópolis del presente que no esta muy lejos,
despojos iracundos se apoderan de mi cuerpo,
hierve mi sangre bajo el lapso sustancial
de un rigor afilado como una daga recorriendo mi coraje,
heridas mortales en un envasé que yace ya sin cuerpo.
Medito en una lapidada de un mundo y sus puntos concluyentes,
litúrgicas, estilos y seres de una vida trascendente,
todo concreto y existente, madres sin hijos e hijos sin madre,
padres que entierran a sus hijos e hijos que entierran a sus padres,
cónyuges separados por escasos metros de tierra,
estrépito designio en donde la vida
es simplemente un ciclo pertinente en nuestro camino
o viceversa ¡nosotros somos una piedra en su sendero divino!
Demando al cielo lo que por derecho es mío
y fue arrebatado en un suspiro,
demando bajo la cruz ofreciendo mi vida,
demando injustificadamente por el simple hecho
de romper con este martirio,
demando y finalmente suplico como un niño perdido
florecientes guardianes en una tierra sacramental
donde los errantes y diseminados sentimientos
son enterrados juntos con la polvareda de los restos de una humanidad.
Entro en su profundidad, respiro el airoso y espeso
vomito del corriente sepulcro que revuelve mis entrañas en tu lecho;
intento observar con ojos forasteros
y divago en sueños complejos de recuerdos amorfos,
sombras de un silencio que recubren tu velo.
Pienso en la necrópolis del presente que no esta muy lejos,
despojos iracundos se apoderan de mi cuerpo,
hierve mi sangre bajo el lapso sustancial
de un rigor afilado como una daga recorriendo mi coraje,
heridas mortales en un envasé que yace ya sin cuerpo.
Medito en una lapidada de un mundo y sus puntos concluyentes,
litúrgicas, estilos y seres de una vida trascendente,
todo concreto y existente, madres sin hijos e hijos sin madre,
padres que entierran a sus hijos e hijos que entierran a sus padres,
cónyuges separados por escasos metros de tierra,
estrépito designio en donde la vida
es simplemente un ciclo pertinente en nuestro camino
o viceversa ¡nosotros somos una piedra en su sendero divino!
Demando al cielo lo que por derecho es mío
y fue arrebatado en un suspiro,
demando bajo la cruz ofreciendo mi vida,
demando injustificadamente por el simple hecho
de romper con este martirio,
demando y finalmente suplico como un niño perdido
LA CORONA DE ESPINAS (Álvaro Urtecho)
Desde que vi en la primera iglesia
-vecina de la casa donde cantaron
los gallos de mi nacimiento junto
a la sonrisa inclinada y curiosa
de mi madre-, la faz de Jesucristo,
su corona de espinas, no he dejado
de buscar nunca a ese hombre,
la suma del dolor humano,
la suma de lo que no dijeron
ni griegos ni romanos, ni el judío
fariseo envuelto en su traje lujoso
del Pontífice dictaminando la Ley
y la Norma como después en las
capillas augustas del Vaticano.
La suma del dolor, de la pregunta
inquisitiva alzada al cielo desde
el peso del madero sangrante,
oloroso, para mí, a corozo e incienso,
la suma de todo lo que nos atañe
más allá de la eras con sus dioses
circulando y asentándose en altares,
deshaciéndose en oros y monedas.
¿Donde habitas, Cristo nuestro,
dónde está tu primera y última
pregunta y tu corona umbilical
de espinas?¿ Eres el hombre
que habitamos, el hombre que
asesinan e incineran todos los días?
Inútil es recordar tu sufrimiento
que escribas y escribanos guardan
como unas efemérides más en los
calendarios del César y sus sátrapas
de ayer y de ahora. Tú no existes,
Jesús, Nazareno, como algo fuera
de nosotros, como algo impuesto
por los perros guardianes de la
Fe ortodoxa en su euforia triunfante.
Tú estás en nuestras venas, eres
la sangre que alimenta nuestro
anhelo de protesta y rebelión.
Eres el vino que apuramos
y la embriaguez compartida.
Eres, en nuestra tarde que declina,
en nuestra noche poblada de
fantasmas y temores, el hombre
que somos, el rostro que nos
duplica en el espejo, el encarnado
en las vertebras y en los corazones
que resucitarán algún día cuando
sean dados todos los abrazos
y los besos que no pudimos dar.
Posdata: La anexe tal cual figuraba en la web, no es mi intención modificar ni siquiera una coma, por pudor y respeto