Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
El golpe en los autos fue cosa de nada, acaso un rayón en cada salpicadera y listo. Sin embargo ambos conductores bajaron de sus vehículos y se encararon fieramente.
La danza de los machos comenzó. El más fuerte dando ridículos brinquitos mientras aleteaba los puños frente a la cara del más débil que, a su vez, bailaba su dancita escapando con pasos pequeñitos y sus puños en guardia sobre su cara protegiéndola. Se miraban seriamente, se ofendían, se deseaban la muerte pero ninguno de los dos soltaba el primer golpe.
De pronto, la esposa del más fuerte, a la que se le veía un moretón antiguo en un ojo y uno fresco sobre los labios, salió de su auto con una barra de acero en la mano, rodeó ambos vehículos y se apostó atrás de los rijosos. En un descuido, descargó un seco y mortal golpe sobre la cabeza del más fuerte, es decir, sobre la cabeza de su marido.
El cuerpo sin vida cayó sobre la acera a los pies del pasmado rival que no se movía y que sólo miraba como su diminuta esposa bajaba de su auto con tremendos esfuerzos debido a que el cabestrillo que le sostenía su brazo derecho no le permitía toda la movilidad que hubiera deseado, la mujer pequeña, siempre decidida a resolver todos los problema, llegó al lugar de los hechos, tomó la barra de acero de las manos de la mujer homicida, la puso en las de su marido que la aceptó sin saber el por qué, lo abrazó con fuerza en complicidad con la mujer del muerto inmovilizándolo por completo en tanto que los policías llegaban con sus armas de cargo desenfundadas y ella, la pequeña, llorando y simulando una perfecta histeria, al tiempo que le guiñaba un ojo a la otra mujer, le gritaba a su marido, asegurándose que los policías la escucharan, sin dudas; ¡Maldito homicida! ¿Porqué lo mataste, el señor estaba de acuerdo en pagar los daños?
Due®27.11.10
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La danza de los machos comenzó. El más fuerte dando ridículos brinquitos mientras aleteaba los puños frente a la cara del más débil que, a su vez, bailaba su dancita escapando con pasos pequeñitos y sus puños en guardia sobre su cara protegiéndola. Se miraban seriamente, se ofendían, se deseaban la muerte pero ninguno de los dos soltaba el primer golpe.
De pronto, la esposa del más fuerte, a la que se le veía un moretón antiguo en un ojo y uno fresco sobre los labios, salió de su auto con una barra de acero en la mano, rodeó ambos vehículos y se apostó atrás de los rijosos. En un descuido, descargó un seco y mortal golpe sobre la cabeza del más fuerte, es decir, sobre la cabeza de su marido.
El cuerpo sin vida cayó sobre la acera a los pies del pasmado rival que no se movía y que sólo miraba como su diminuta esposa bajaba de su auto con tremendos esfuerzos debido a que el cabestrillo que le sostenía su brazo derecho no le permitía toda la movilidad que hubiera deseado, la mujer pequeña, siempre decidida a resolver todos los problema, llegó al lugar de los hechos, tomó la barra de acero de las manos de la mujer homicida, la puso en las de su marido que la aceptó sin saber el por qué, lo abrazó con fuerza en complicidad con la mujer del muerto inmovilizándolo por completo en tanto que los policías llegaban con sus armas de cargo desenfundadas y ella, la pequeña, llorando y simulando una perfecta histeria, al tiempo que le guiñaba un ojo a la otra mujer, le gritaba a su marido, asegurándose que los policías la escucharan, sin dudas; ¡Maldito homicida! ¿Porqué lo mataste, el señor estaba de acuerdo en pagar los daños?
Due®27.11.10
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