Gonvedo
Poeta asiduo al portal
I
Con voz de río la mañana
llego hasta mi orilla,
con lentos pasos de sur,
más hermosa que la tintura
de las nubes.
Se abrió como una flor
que se abandona al primer rayo
de sol, que halla en la tierra
la huela de su hondura
y en el cielo el fiel reflejo
de su múltiplo.
El viento me acerca
al quejido de los pinos,
luego escucho el roncar
del remo entre el tolete
y el estrobo cuando se hunde
la pala en el agua y se inicia
la boga lenta y larga.
Y la multitud indefensa
como un paisaje agotado,
el despertar verde y ocre
de las ranas que habitan
en algún charco que ha dejado
la marea, la ciega impaciencia
en la caricia de las madres,
la soledad de las cumbres.
II
En el atardecer he visto el faro
de la última tormenta.
He escuchado el nómada repicar
de una campana de difuntos.
He sentido en mi redor
el aire viciado de un exilio.
He llorado con aquel
que ama la soledad.
¿Donde se va aquello
que mi tacto no sostiene?
¿Por qué en la noche los árboles
se vuelven transparentes?
¿Por qué esta repentina
caligrafía de adioses?
En el quicio de la noche
y a su norte hay un liquen
de ausencia.
El que enterró sus pies
no despidió a su cuerpo.
Algunas horas son aves migratorias.
Tan solo unas virutas de luna
hasta llegar al alba.
Con voz de río la mañana
llego hasta mi orilla,
con lentos pasos de sur,
más hermosa que la tintura
de las nubes.
Se abrió como una flor
que se abandona al primer rayo
de sol, que halla en la tierra
la huela de su hondura
y en el cielo el fiel reflejo
de su múltiplo.
El viento me acerca
al quejido de los pinos,
luego escucho el roncar
del remo entre el tolete
y el estrobo cuando se hunde
la pala en el agua y se inicia
la boga lenta y larga.
Y la multitud indefensa
como un paisaje agotado,
el despertar verde y ocre
de las ranas que habitan
en algún charco que ha dejado
la marea, la ciega impaciencia
en la caricia de las madres,
la soledad de las cumbres.
II
En el atardecer he visto el faro
de la última tormenta.
He escuchado el nómada repicar
de una campana de difuntos.
He sentido en mi redor
el aire viciado de un exilio.
He llorado con aquel
que ama la soledad.
¿Donde se va aquello
que mi tacto no sostiene?
¿Por qué en la noche los árboles
se vuelven transparentes?
¿Por qué esta repentina
caligrafía de adioses?
En el quicio de la noche
y a su norte hay un liquen
de ausencia.
El que enterró sus pies
no despidió a su cuerpo.
Algunas horas son aves migratorias.
Tan solo unas virutas de luna
hasta llegar al alba.