Isidora_Luna
Poeta recién llegado
Te soñé con oro viejo en los labios
—no supe si besarte o robarte—
tus palabras, relojes sin cuerda,
campanas sin Dios,
pecados sin fecha.
¿Recuerdas, amor,
cuando rezabas en voz baja
como si tu fe supiera
que yo no era santa
ni carne salvable?
Yo no vine a salvarte
sino a incendiarte;
dejé en tus párpados
una cicatriz que se lee en voz baja,
un secreto envuelto
en claveles podridos.
Te amé, sí,
pero no como los buenos:
te amé como herejía,
con la lengua quemada
y el alma de rodillas
rezando por más.
Entonces un día
me dijiste:
“Adiós, cuídate”,
como si eso sellara una vida
y evitara el extrañar.
No fueron solo palabras
ni un mero consejo;
fue un adiós en papel de hielo,
envenenado, maldito.
Yo, inocente, firme tu credo,
me cuidé tanto
que primero la piel dejó de sentir
y luego el alma.
Hoy, con la fe muerta,
brindo con vino espeso
porque ya
no siento nada—
sólo la blasfemia que tu nombre lleva...
—no supe si besarte o robarte—
tus palabras, relojes sin cuerda,
campanas sin Dios,
pecados sin fecha.
¿Recuerdas, amor,
cuando rezabas en voz baja
como si tu fe supiera
que yo no era santa
ni carne salvable?
Yo no vine a salvarte
sino a incendiarte;
dejé en tus párpados
una cicatriz que se lee en voz baja,
un secreto envuelto
en claveles podridos.
Te amé, sí,
pero no como los buenos:
te amé como herejía,
con la lengua quemada
y el alma de rodillas
rezando por más.
Entonces un día
me dijiste:
“Adiós, cuídate”,
como si eso sellara una vida
y evitara el extrañar.
No fueron solo palabras
ni un mero consejo;
fue un adiós en papel de hielo,
envenenado, maldito.
Yo, inocente, firme tu credo,
me cuidé tanto
que primero la piel dejó de sentir
y luego el alma.
Hoy, con la fe muerta,
brindo con vino espeso
porque ya
no siento nada—
sólo la blasfemia que tu nombre lleva...