MASTER LY 22
Laly
Como todos los sábados baje del tren de la línea Sarmiento en la estación Castelar. Era una tarde de otoño preciosa, el sol aún tibio a pesar de la fresca brisa.
Camine por la calle Buenos Aires hasta el geriátrico Santa Catalina. Y como siempre viene a mi memoria los recuerdos de mi abuela. Ella vivió un par de años en casa cuando era una niña. Luego falleció, ese fue mi primer gran golpe en la vida. Creo que esa es la razón por la que dedico mis tardes de sábados a estar con los abuelos o padres de otras personas.
Recorrí el precioso parque que tiene la residencia con añejos arboles. Una alfombra de hojas marchitas rodeaba el edificio de una planta. Al entrar observo en el salon principal que los abuelos ya se habían levantado de su siesta.
Digo un hola abuelos con una sonrisa y observo a la derecha de la sala que algunos ancianos estaban mirando una vieja película en el canal Volver. Hacia la izquierda en una mesa había tres señoras jugando al cinchón. Y en una esquina había una ancianita mirando por la ventana con cierta melancolía.
No la reconocía, supuse que habría ingresado los últimos días.
Me acerque a ella y me presente.
_ Hola, me llamo Laura.
La mujer levanta la cabeza, me mira y me contesta.
-Hola mi nombre es Alicia.
_ ¡Bienvenida Alicia! Te cuento que todos los sábados vengo a charlar con los que lo deseen, o a jugar un juego de mesa...Sabes también les leo alguna novela...
Alicia me miraba sin decir nada lo cual no era buena señal.
_ Ves esa señora que esta de blusa verde, siempre me pide que le lea, dice que se olvido los anteojos en la habitación, pero yo creo que lo hace porque le gusta que le lean.
Le sonreí y ella no respondio a mi sonrisa. Tenia los ojos cargados de tristeza y parecía como que hubiese estado llorando.
_ ¿Dime Alicia que te gustaría hacer?
_ Solo quiero entender...
_ ¿Que te gustaría entender?
_ Por que estoy aquí lejos de mis nietos, de mi hija...
Me heló la sangre tamaña pregunta. No supe que contestar, pero ella prosiguió.
_Mi hija me trajo aquí, me dijo que era lo mejor para mi, que tendría amigas de mi edad para charlar.
Le tome las manos para calmarla las cuales temblaban levemente.
_ Es buena chica, yo se que trabaja mucho. Ella dice que no tiene tiempo para atenderme y que los niños necesitan mas espacio...
_ Alicia no se preocupe, van a venir a visitarla.
_Pero yo no molestaba, me quedaba la mayor parte del tiempo en una silla remendando calcetines.
Sentí una gran impotencia al ver el desconcierto que sufría esa pobre anciana. Fue aún peor cuando la miro a los ojos húmedos y una lágrima le resbala.
En ese momento Lucía la asistente de cocina les avisa a todos que la merienda estaba lista.
Acompaño a Alicia y a los demás abuelos al comedor. Converso con todos un poco, les pregunto que les gustaría hacer a continuación.Mientras observaba a Alicia que a penas comía y no pronunciaba palabra.
Al finalizar el refrigerio volvimos al salón y dos señoras me piden que juegue con ellas a la escoba.
Mientras tanto Alicia volvió a sentarse junto a la ventana y su mirada se perdió entre las hojas del otoño marchitas.
A medida que pasaban las semanas Alicia iba desmejorando notablemente.Estaba cada vez mas abatida. Pregunté a diferentes enfermeras si había recibido visitas. Todas me respondieron lo mismo. Que habían visto a su hija solo el día de ingreso.
Una tarde ya primaveral llego y cuando estoy cruzando el parque veo a una sonriente Alicia sentada en un banco bajo un árbol. Me mira y me dice
_ ¡Hola hija! Viniste a visitarme, que feliz me haces pequeña... Dime como están mis nietos, no sabes cuanto los extraño...
La tristeza me invadió al notar que creía ver en mi a su hija. No le dije nada y la abrace como si realmente lo fuera y en todas las visitas que se sucedieron ella me llamaba hija. Inventé un par de excusas para sus nietos y ese tarde mi dedicación fue solo para ella.
Poco tiempo después me entero que Alicia había fallecido. Mi dolor era inmenso, me había encariñado de esa señora de ojos dulces y tristes.
En el hogar de ancianos me dijeron que fue sepultada en el cementerio de Morón. Decidí visitarla.
Su tumba era simple, con una foto suya mucho mas joven y un gran florero con hermosas gladiolas.
Lo cual me hizo pensar que ya era tarde para tal obsequio, Alicia ya no las podía apreciar.
Ya mis visitas al geriátrico no eran lo mismo, siempre me detenía a observar el jardín por la misma ventana en que lo había hecho la anciana el día en que la conocí.
Antes de las fiestas navideñas pasé nuevamente por su sepultura. La foto de una Alicia joven y sonriente seguía allí al igual que las mismos gladiolas solo que ahora estaban completamente marchitas. Su hija nunca volvió a visitarla.
Esta vez eran mis lagrimas las que escapaban sin poder evitarlo.
En mi interior la voz de la abuelita Alicia me decía.
_ Gracias hija por tu visita, siempre te extraño tanto...
Entonces mire al cielo y le regalé una sonrisa.
Camine por la calle Buenos Aires hasta el geriátrico Santa Catalina. Y como siempre viene a mi memoria los recuerdos de mi abuela. Ella vivió un par de años en casa cuando era una niña. Luego falleció, ese fue mi primer gran golpe en la vida. Creo que esa es la razón por la que dedico mis tardes de sábados a estar con los abuelos o padres de otras personas.
Recorrí el precioso parque que tiene la residencia con añejos arboles. Una alfombra de hojas marchitas rodeaba el edificio de una planta. Al entrar observo en el salon principal que los abuelos ya se habían levantado de su siesta.
Digo un hola abuelos con una sonrisa y observo a la derecha de la sala que algunos ancianos estaban mirando una vieja película en el canal Volver. Hacia la izquierda en una mesa había tres señoras jugando al cinchón. Y en una esquina había una ancianita mirando por la ventana con cierta melancolía.
No la reconocía, supuse que habría ingresado los últimos días.
Me acerque a ella y me presente.
_ Hola, me llamo Laura.
La mujer levanta la cabeza, me mira y me contesta.
-Hola mi nombre es Alicia.
_ ¡Bienvenida Alicia! Te cuento que todos los sábados vengo a charlar con los que lo deseen, o a jugar un juego de mesa...Sabes también les leo alguna novela...
Alicia me miraba sin decir nada lo cual no era buena señal.
_ Ves esa señora que esta de blusa verde, siempre me pide que le lea, dice que se olvido los anteojos en la habitación, pero yo creo que lo hace porque le gusta que le lean.
Le sonreí y ella no respondio a mi sonrisa. Tenia los ojos cargados de tristeza y parecía como que hubiese estado llorando.
_ ¿Dime Alicia que te gustaría hacer?
_ Solo quiero entender...
_ ¿Que te gustaría entender?
_ Por que estoy aquí lejos de mis nietos, de mi hija...
Me heló la sangre tamaña pregunta. No supe que contestar, pero ella prosiguió.
_Mi hija me trajo aquí, me dijo que era lo mejor para mi, que tendría amigas de mi edad para charlar.
Le tome las manos para calmarla las cuales temblaban levemente.
_ Es buena chica, yo se que trabaja mucho. Ella dice que no tiene tiempo para atenderme y que los niños necesitan mas espacio...
_ Alicia no se preocupe, van a venir a visitarla.
_Pero yo no molestaba, me quedaba la mayor parte del tiempo en una silla remendando calcetines.
Sentí una gran impotencia al ver el desconcierto que sufría esa pobre anciana. Fue aún peor cuando la miro a los ojos húmedos y una lágrima le resbala.
En ese momento Lucía la asistente de cocina les avisa a todos que la merienda estaba lista.
Acompaño a Alicia y a los demás abuelos al comedor. Converso con todos un poco, les pregunto que les gustaría hacer a continuación.Mientras observaba a Alicia que a penas comía y no pronunciaba palabra.
Al finalizar el refrigerio volvimos al salón y dos señoras me piden que juegue con ellas a la escoba.
Mientras tanto Alicia volvió a sentarse junto a la ventana y su mirada se perdió entre las hojas del otoño marchitas.
A medida que pasaban las semanas Alicia iba desmejorando notablemente.Estaba cada vez mas abatida. Pregunté a diferentes enfermeras si había recibido visitas. Todas me respondieron lo mismo. Que habían visto a su hija solo el día de ingreso.
Una tarde ya primaveral llego y cuando estoy cruzando el parque veo a una sonriente Alicia sentada en un banco bajo un árbol. Me mira y me dice
_ ¡Hola hija! Viniste a visitarme, que feliz me haces pequeña... Dime como están mis nietos, no sabes cuanto los extraño...
La tristeza me invadió al notar que creía ver en mi a su hija. No le dije nada y la abrace como si realmente lo fuera y en todas las visitas que se sucedieron ella me llamaba hija. Inventé un par de excusas para sus nietos y ese tarde mi dedicación fue solo para ella.
Poco tiempo después me entero que Alicia había fallecido. Mi dolor era inmenso, me había encariñado de esa señora de ojos dulces y tristes.
En el hogar de ancianos me dijeron que fue sepultada en el cementerio de Morón. Decidí visitarla.
Su tumba era simple, con una foto suya mucho mas joven y un gran florero con hermosas gladiolas.
Lo cual me hizo pensar que ya era tarde para tal obsequio, Alicia ya no las podía apreciar.
Ya mis visitas al geriátrico no eran lo mismo, siempre me detenía a observar el jardín por la misma ventana en que lo había hecho la anciana el día en que la conocí.
Antes de las fiestas navideñas pasé nuevamente por su sepultura. La foto de una Alicia joven y sonriente seguía allí al igual que las mismos gladiolas solo que ahora estaban completamente marchitas. Su hija nunca volvió a visitarla.
Esta vez eran mis lagrimas las que escapaban sin poder evitarlo.
En mi interior la voz de la abuelita Alicia me decía.
_ Gracias hija por tu visita, siempre te extraño tanto...
Entonces mire al cielo y le regalé una sonrisa.
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