Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
Ámame. Ámame. Ámame. Se repite el hombre por los siglos tupidos de sueños,
en color a lo Van Gogh, y los llama historia y los llama vida.
Yo entonces soy su desnudez, sin esos disfraces recurrentes
que nombran carroza a calabaza.
Pero hoy es la noche de las noches, inédita sombra que se sabe malherida.
Repican las doce antes de la hora. Se quiebran las breves zapatillas,
como lluvia que acusa un sinfín de cenicientas, acosando las formas inasibles,
hilvanando amores de neón, asidas a instantes de navaja en las esquinas.
Y chapoteando el contexto, esta atroz palabra que me abrevia,
esta ruin noticia plétora de estacas: que en las moralejas del ocaso
el irrevocable hado de ceniza me disfraza.
Mientras, las visiones en su fuga sempiterna, refieren verdades
desde ángulos oblicuos, me atrapan submundos en los antros,
cautivos del vicio, cautivos del cuerpo desangrado
que en cada resquicio de los rostros, conjeturo.
Y soy cualquier hombre en contravía errando
en las sendas limitadas a lo mismo. Rugen tempestades en mis yoes,
diluviando rojos en las sombras, y mareas púrpura
embisten las ciudades, pintando nirvanas en orgasmos falsos,
orgasmos azules en alcohol. E insaciable el filo del verdugo,
en la religión del poro traza incisos.
Y morir es sólo una quimera, el acto postrero de perder la zapatilla.
Y yo la sentencia, la ruptura inevitable
entre la esencia y los dominios de la carne.
Luego, la habitual resignación acalla los gritos insurrectos,
fija en los ojos el miedo –bestia necesaria del espejo–
y el sollozo postrero ante los féretros que sellan el crónico antojo
de la especie, el fútil clamor por nombre
y sangre, se deseca tras las puertas de lo ignoto.
Y bullen los seres que asfixian las velas en los labios
y cierran los párpados al verbo de las culpas. Las almas,
entonces, saltan de sus cruces y de aquellas formas inservibles
que repujan sueños en las pieles, que abrazan garúas en lo incierto.
Yo encarno las crónicas del fin que se predijo, porque soy el nihilismo
de tu fe, un depredador adicto a los cristales de cada siglo roto,
descalzo e inmune a las gárgolas del pecho.
(Publicado en la revista "Pesadillas y ensoñaciones" de diciembre)
en color a lo Van Gogh, y los llama historia y los llama vida.
Yo entonces soy su desnudez, sin esos disfraces recurrentes
que nombran carroza a calabaza.
Pero hoy es la noche de las noches, inédita sombra que se sabe malherida.
Repican las doce antes de la hora. Se quiebran las breves zapatillas,
como lluvia que acusa un sinfín de cenicientas, acosando las formas inasibles,
hilvanando amores de neón, asidas a instantes de navaja en las esquinas.
Y chapoteando el contexto, esta atroz palabra que me abrevia,
esta ruin noticia plétora de estacas: que en las moralejas del ocaso
el irrevocable hado de ceniza me disfraza.
Mientras, las visiones en su fuga sempiterna, refieren verdades
desde ángulos oblicuos, me atrapan submundos en los antros,
cautivos del vicio, cautivos del cuerpo desangrado
que en cada resquicio de los rostros, conjeturo.
Y soy cualquier hombre en contravía errando
en las sendas limitadas a lo mismo. Rugen tempestades en mis yoes,
diluviando rojos en las sombras, y mareas púrpura
embisten las ciudades, pintando nirvanas en orgasmos falsos,
orgasmos azules en alcohol. E insaciable el filo del verdugo,
en la religión del poro traza incisos.
Y morir es sólo una quimera, el acto postrero de perder la zapatilla.
Y yo la sentencia, la ruptura inevitable
entre la esencia y los dominios de la carne.
Luego, la habitual resignación acalla los gritos insurrectos,
fija en los ojos el miedo –bestia necesaria del espejo–
y el sollozo postrero ante los féretros que sellan el crónico antojo
de la especie, el fútil clamor por nombre
y sangre, se deseca tras las puertas de lo ignoto.
Y bullen los seres que asfixian las velas en los labios
y cierran los párpados al verbo de las culpas. Las almas,
entonces, saltan de sus cruces y de aquellas formas inservibles
que repujan sueños en las pieles, que abrazan garúas en lo incierto.
Yo encarno las crónicas del fin que se predijo, porque soy el nihilismo
de tu fe, un depredador adicto a los cristales de cada siglo roto,
descalzo e inmune a las gárgolas del pecho.
(Publicado en la revista "Pesadillas y ensoñaciones" de diciembre)
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