Évano
Libre, sin dioses.
Vuelves sobre la yerba pisada cuando
decidiste ver el mundo con tus pies.
La yerba del camino también ha vuelto
a crecer y ocultar tu salida de antaño.
El pueblo es el mismo, con otra gente
imitando a los muertos. Hay tantos
idiotas como antes, avaros como antes,
inocentes, malos y buenos. Nada cambió.
Y lo que cuentes de lo visto por tus pies
en el mundo, no servirá para que levante
ninguna cabeza los ojos. Es inútil,
las treinta monedas de plata siempre
liberarán a Barrabás y ocultarán la Cruz
de alguien que solo quiso contar
lo que sus pies habían andado
por el mundo, por el universo
y por el tiempo pasado y futuro.
Vuelvo y siento el viento sobra la yerba
mecida y susurrada por la corriente del río aledaño
y por las hojas al aire del frío de un invierno cualquiera.
Sobre una piedra miro al ya cercano pueblo
y decido tirar al agua mis zapatos
y no intentar abrir los ojos a nadie.
Ya saben que las treinta monedas de plata
que cada uno busca o lleva son como las balas
que matan a los vampiros. Mas, las llevamos
fuertemente asidas en las manos,
nos sujetan los brazos, nos impiden abrirlos
y batirlos como alas en pos del cielo esperado.
Por treinta monedas, le digo al humo del cigarro.
decidiste ver el mundo con tus pies.
La yerba del camino también ha vuelto
a crecer y ocultar tu salida de antaño.
El pueblo es el mismo, con otra gente
imitando a los muertos. Hay tantos
idiotas como antes, avaros como antes,
inocentes, malos y buenos. Nada cambió.
Y lo que cuentes de lo visto por tus pies
en el mundo, no servirá para que levante
ninguna cabeza los ojos. Es inútil,
las treinta monedas de plata siempre
liberarán a Barrabás y ocultarán la Cruz
de alguien que solo quiso contar
lo que sus pies habían andado
por el mundo, por el universo
y por el tiempo pasado y futuro.
Vuelvo y siento el viento sobra la yerba
mecida y susurrada por la corriente del río aledaño
y por las hojas al aire del frío de un invierno cualquiera.
Sobre una piedra miro al ya cercano pueblo
y decido tirar al agua mis zapatos
y no intentar abrir los ojos a nadie.
Ya saben que las treinta monedas de plata
que cada uno busca o lleva son como las balas
que matan a los vampiros. Mas, las llevamos
fuertemente asidas en las manos,
nos sujetan los brazos, nos impiden abrirlos
y batirlos como alas en pos del cielo esperado.
Por treinta monedas, le digo al humo del cigarro.
