IgnotaIlusión
El Hacedor de Horizontes
Descendiendo desde el ocaso,
con la templanza que sangramos al exclamar,
porque no hay cielo que nos calme,
bajo los umbrales de una tarde derrochada
entre cauces siderales
que alimentan a cada sombra de este edén,
perdidas entre suspenso y agonía,
le cantan a una vida oscurecida,
simpleza del que pierde en demasía,
torpeza del que cae y no regresa,
pero poco se puede hacer,
cuando su pureza
tiñe con delirios la certeza
de una calma mortuoria,
y para obviar la muerte
nos vemos obligados a ceder,
ceder a nuestra dotada locura,
a matar con una clemencia que envenena
a la preciada viveza de otros mundos.
con la templanza que sangramos al exclamar,
porque no hay cielo que nos calme,
bajo los umbrales de una tarde derrochada
entre cauces siderales
que alimentan a cada sombra de este edén,
perdidas entre suspenso y agonía,
le cantan a una vida oscurecida,
simpleza del que pierde en demasía,
torpeza del que cae y no regresa,
pero poco se puede hacer,
cuando su pureza
tiñe con delirios la certeza
de una calma mortuoria,
y para obviar la muerte
nos vemos obligados a ceder,
ceder a nuestra dotada locura,
a matar con una clemencia que envenena
a la preciada viveza de otros mundos.