edelabarra
Mod. Enseñante. Mod. foro: Una imagen, un poema
Visita a la Real Academia Española.
Mi abuelo era un hombre de letras.
Le decía a mi padre:
-Nuestra familia siempre se dedicó a las letras; mi décimoabuelo, Don Luis Manuel de León, quien nació y murió en Sevilla en el siglo XVII, Señor de la Torre de Gil de Olid, de los Cortijos de Zomar y Menxíbar, del Altillo de Cuenca, de Rus y de Torreblascopedro, Veinticuatro de Sevilla, Alcaide de los Reales Alcázares de Sevilla y Regidor Perpetuo de Baeza, descendía en línea directa del Infante Don Juan Manuel, príncipe de Villena, Señor de Peñafiel, Alarcón, Elche y Escalona; Adelantado Mayor de la Frontera y Murcia, Mayordomo Mayor de Don Fernando IV y Tutor de Don Alfonso XI.
El Infante Don Juan Manuel, sobrino de Alfonso el Sabio, fue literato, guerrero, historiador, filósofo, político y novelista, escribió el Libro de Patronio o Conde Lucanor, el Libro de los Estados y el Libro del caballero y del escudero.
Mi citado décimoabuelo, Don Luis Manuel de León, por parte de su madre, Doña Mencía Fajardo, Dama de Isabel La Católica, descendía en línea directa de Don Diego Hurtado de Mendoza, embajador de Carlos V en Venecia, poeta y escritor, autor de Epístola a Boscán, Fábula de Hipómenes y Atalanta, y La guerra de Granada, primo de Don Jorge Manrique, el autor de las Coplas.
También decía mi abuelo, soy primo hermano de Emma León de la Barra, célebre periodista y escritora, autora de Stella, quien firmaba César Duayén, haciéndose pasar por hombre, ya que no está bien visto que una mujer escriba libros, a pesar de lo cual, éste fue el primer best seller argentino, en 1908 y también soy sobrino de Eduardo León de la Barra Lastarria, corresponsal de la Real Academia Española en Chile, quien falleció en 1900, considerado uno de los más grandes poetas de Chile, discípulo de Andrés Bello, a quien ayudó a concluir su magistral Gramática Castellana, durante su estadía en ese vecino país.
Mi padre, que nos inculcó el amor por la lectura y la escritura, leyéndonos los clásicos, también incursionó en las letras, con algunos escritos históricos y otros políticos de tono panfletario.
Quizás a raíz de estos antecedentes, a mi propia pasión por las letras y a la circunstancia de que tuve que viajar a España con motivo de la emigración de la familia de mi hija y mi entonces único nieto, en la crisis económica argentina de principio del siglo XXI, teniendo a la sazón 62 años de edad, me instalé de visita en su casa al norte de Madrid y me tracé el proposito de cumplir dos grandes anhelos; visitar la casa de Cervantes, hecho que merece un capítulo aparte y visitar el edificio de la Real Academia Española.
Decidido a comenzar por esto último, salí temprano de casa de mi hija, una mañana de julio de 2005 y luego de un viaje en el tren de cercanías, durante el cual soñaba con este viejo anhelo de ver, quizá, los borrosos retratos de Don Elio Antonio de Nebrija, su fundador, poder ver las 28 sillas con sus mayúsculas en los respaldos, ilusionado con poder tal vez, rozar con mi mano el verde tapete de la mesa del Salón de Plenos, donde fueron citados en innumerables e interminables charlas, los nombres de Argote de Molina, Boscán, Don Pedro Calderón de la Barca, Alonso del Castillo, Cervantes, mi lejano pariente el Príncipe Don Juan Manuel, Don Alonso de Ercilla, Vicente Espinel, Esquilache, Fray Luis de Granada, Los Místicos, Góngora, Quevedo, Garcilaso, Lope de Vega, Don Diego de Mendoza, Nebrija, Juan de Palafox, Santa Teresa de Jesús, Fr. Juan de Torquemada, por citar a los más conocidos, que con sus letras, dieron brillo y esplendor a mi idioma; pensé para mis adentros, me van a mostrar los retratos de muchos escritores, éste es Cervantes, éste Don Francisco de Quevedo y Villegas; cuando finalmente llegué a la estación Recoletos y emprendí una ansiosa caminata hasta detrás del Museo del Prado y me detuve ante el clásico templete, sede de la Real Academia.
Me detuve frente a su bella columnata y pensé para mis adentros, presa de una profunda emoción, finalmente, luego de tantos años, puedo concretar este sueño, aprobar esta materia pendiente, en nombre de mi abuelo, de mi padre y de mí mismo, hacer esta visita de retorno a las fuentes de la lengua, en profundo agradecimiento por la herencia recibida.
Me dirigí al gran portón, bajo el bello peristilo, donde un cartelito rezaba. Se atiende a la vuelta. Me dirigí a la calle lateral, donde se veía un acceso de menor importancia. Ascendí unos escalones, con cierto temor reverencial y llegué a una especie de conserjería donde dormitaba un empleado con uniforme.
Me miró y me dijo: - ¿Qué desea?
Le dije: - Buen día señor, vengo de la Argentina y desearía visitar el edificio, aunque sea parcialmente, pues sería algo muy importante para mí.-
Me dijo: - Acá no hay nada que ver, no se permite la entrada al público.-
Me quedé de una pieza y tímidamente respondí: - Pero, no se puede entrar y aunque sea espiar algún salón, biblioteca, ver algún retrato -
Y sólo dijo: - No señor, ya le dije, acá no se puede entrar -
Y me indicó la vereda.
Eduardo León de la Barra.
Mi abuelo era un hombre de letras.
Le decía a mi padre:
-Nuestra familia siempre se dedicó a las letras; mi décimoabuelo, Don Luis Manuel de León, quien nació y murió en Sevilla en el siglo XVII, Señor de la Torre de Gil de Olid, de los Cortijos de Zomar y Menxíbar, del Altillo de Cuenca, de Rus y de Torreblascopedro, Veinticuatro de Sevilla, Alcaide de los Reales Alcázares de Sevilla y Regidor Perpetuo de Baeza, descendía en línea directa del Infante Don Juan Manuel, príncipe de Villena, Señor de Peñafiel, Alarcón, Elche y Escalona; Adelantado Mayor de la Frontera y Murcia, Mayordomo Mayor de Don Fernando IV y Tutor de Don Alfonso XI.
El Infante Don Juan Manuel, sobrino de Alfonso el Sabio, fue literato, guerrero, historiador, filósofo, político y novelista, escribió el Libro de Patronio o Conde Lucanor, el Libro de los Estados y el Libro del caballero y del escudero.
Mi citado décimoabuelo, Don Luis Manuel de León, por parte de su madre, Doña Mencía Fajardo, Dama de Isabel La Católica, descendía en línea directa de Don Diego Hurtado de Mendoza, embajador de Carlos V en Venecia, poeta y escritor, autor de Epístola a Boscán, Fábula de Hipómenes y Atalanta, y La guerra de Granada, primo de Don Jorge Manrique, el autor de las Coplas.
También decía mi abuelo, soy primo hermano de Emma León de la Barra, célebre periodista y escritora, autora de Stella, quien firmaba César Duayén, haciéndose pasar por hombre, ya que no está bien visto que una mujer escriba libros, a pesar de lo cual, éste fue el primer best seller argentino, en 1908 y también soy sobrino de Eduardo León de la Barra Lastarria, corresponsal de la Real Academia Española en Chile, quien falleció en 1900, considerado uno de los más grandes poetas de Chile, discípulo de Andrés Bello, a quien ayudó a concluir su magistral Gramática Castellana, durante su estadía en ese vecino país.
Mi padre, que nos inculcó el amor por la lectura y la escritura, leyéndonos los clásicos, también incursionó en las letras, con algunos escritos históricos y otros políticos de tono panfletario.
Quizás a raíz de estos antecedentes, a mi propia pasión por las letras y a la circunstancia de que tuve que viajar a España con motivo de la emigración de la familia de mi hija y mi entonces único nieto, en la crisis económica argentina de principio del siglo XXI, teniendo a la sazón 62 años de edad, me instalé de visita en su casa al norte de Madrid y me tracé el proposito de cumplir dos grandes anhelos; visitar la casa de Cervantes, hecho que merece un capítulo aparte y visitar el edificio de la Real Academia Española.
Decidido a comenzar por esto último, salí temprano de casa de mi hija, una mañana de julio de 2005 y luego de un viaje en el tren de cercanías, durante el cual soñaba con este viejo anhelo de ver, quizá, los borrosos retratos de Don Elio Antonio de Nebrija, su fundador, poder ver las 28 sillas con sus mayúsculas en los respaldos, ilusionado con poder tal vez, rozar con mi mano el verde tapete de la mesa del Salón de Plenos, donde fueron citados en innumerables e interminables charlas, los nombres de Argote de Molina, Boscán, Don Pedro Calderón de la Barca, Alonso del Castillo, Cervantes, mi lejano pariente el Príncipe Don Juan Manuel, Don Alonso de Ercilla, Vicente Espinel, Esquilache, Fray Luis de Granada, Los Místicos, Góngora, Quevedo, Garcilaso, Lope de Vega, Don Diego de Mendoza, Nebrija, Juan de Palafox, Santa Teresa de Jesús, Fr. Juan de Torquemada, por citar a los más conocidos, que con sus letras, dieron brillo y esplendor a mi idioma; pensé para mis adentros, me van a mostrar los retratos de muchos escritores, éste es Cervantes, éste Don Francisco de Quevedo y Villegas; cuando finalmente llegué a la estación Recoletos y emprendí una ansiosa caminata hasta detrás del Museo del Prado y me detuve ante el clásico templete, sede de la Real Academia.
Me detuve frente a su bella columnata y pensé para mis adentros, presa de una profunda emoción, finalmente, luego de tantos años, puedo concretar este sueño, aprobar esta materia pendiente, en nombre de mi abuelo, de mi padre y de mí mismo, hacer esta visita de retorno a las fuentes de la lengua, en profundo agradecimiento por la herencia recibida.
Me dirigí al gran portón, bajo el bello peristilo, donde un cartelito rezaba. Se atiende a la vuelta. Me dirigí a la calle lateral, donde se veía un acceso de menor importancia. Ascendí unos escalones, con cierto temor reverencial y llegué a una especie de conserjería donde dormitaba un empleado con uniforme.
Me miró y me dijo: - ¿Qué desea?
Le dije: - Buen día señor, vengo de la Argentina y desearía visitar el edificio, aunque sea parcialmente, pues sería algo muy importante para mí.-
Me dijo: - Acá no hay nada que ver, no se permite la entrada al público.-
Me quedé de una pieza y tímidamente respondí: - Pero, no se puede entrar y aunque sea espiar algún salón, biblioteca, ver algún retrato -
Y sólo dijo: - No señor, ya le dije, acá no se puede entrar -
Y me indicó la vereda.
Eduardo León de la Barra.