serendipity
Poeta recién llegado
Esa voz, maldita sea,
me susurra con certeza prepotente:
“Ya es tarde, dejaste pasar tus trenes.”
Y enumera, con fría precisión,
cada sueño oxidado guardado en aquel cajón.
Me arrastra, sin piedad, a revolcarme
en la miseria de lo que no fue.
Me obliga a mirarme con lástima
en ese viejo espejo que colgué
en una casa que ni siquiera es mía.
¿Qué pensaría de vos el niño que fuiste?
Quizás diría que a esta edad
ya deberías haber conquistado el mundo,
o al menos, algún rincón propio.
Desesperado, buscando alivio a mi pena existencial,
me topo en las redes con una frase motivacional:
"El destino se construye, no es casual..."
Y esa voz, tenaz, retoma su tortura,
me grita al oído lo que no quiero escuchar:
que todo fue culpa mía,
que fui un arquitecto sin sabiduría,
que usé los materiales equivocados,
que mis castillos, soñados en alto,
se hundieron sin gloria sobre cimientos de asfalto.
Veo mis ojos cansados, otra vez, en ese viejo espejo,
y me devuelven el reflejo
de la pena disfrazada de cordura.
No me reconozco.
Pero entonces me detengo:
¿Es tan simple todo esto?
¿Es éxito un pasaporte sellado,
un auto de lujo,
una casa frente al mar?
Me repito que en cada paso
he dejado lo mejor de mí,
aunque el camino no me llevara
a ningún lado.
Y sin embargo, estoy aquí,
más viejo, sí,
pero de pie,
caminando hacia lo incierto,
sin miedo a volver a errar otra vez.
Entonces me cuestiono:
¿Tan mal lo he hecho?
He sobrevivido.
He caído y me he levantado.
He seguido, sin aplausos, sin guías.
Quizás —solo quizás—
el éxito no sea una foto en París.
Quizás, para mí, sea simplemente esto:
seguir intentando,
cada día,
a pesar de todo.
me susurra con certeza prepotente:
“Ya es tarde, dejaste pasar tus trenes.”
Y enumera, con fría precisión,
cada sueño oxidado guardado en aquel cajón.
Me arrastra, sin piedad, a revolcarme
en la miseria de lo que no fue.
Me obliga a mirarme con lástima
en ese viejo espejo que colgué
en una casa que ni siquiera es mía.
¿Qué pensaría de vos el niño que fuiste?
Quizás diría que a esta edad
ya deberías haber conquistado el mundo,
o al menos, algún rincón propio.
Desesperado, buscando alivio a mi pena existencial,
me topo en las redes con una frase motivacional:
"El destino se construye, no es casual..."
Y esa voz, tenaz, retoma su tortura,
me grita al oído lo que no quiero escuchar:
que todo fue culpa mía,
que fui un arquitecto sin sabiduría,
que usé los materiales equivocados,
que mis castillos, soñados en alto,
se hundieron sin gloria sobre cimientos de asfalto.
Veo mis ojos cansados, otra vez, en ese viejo espejo,
y me devuelven el reflejo
de la pena disfrazada de cordura.
No me reconozco.
Pero entonces me detengo:
¿Es tan simple todo esto?
¿Es éxito un pasaporte sellado,
un auto de lujo,
una casa frente al mar?
Me repito que en cada paso
he dejado lo mejor de mí,
aunque el camino no me llevara
a ningún lado.
Y sin embargo, estoy aquí,
más viejo, sí,
pero de pie,
caminando hacia lo incierto,
sin miedo a volver a errar otra vez.
Entonces me cuestiono:
¿Tan mal lo he hecho?
He sobrevivido.
He caído y me he levantado.
He seguido, sin aplausos, sin guías.
Quizás —solo quizás—
el éxito no sea una foto en París.
Quizás, para mí, sea simplemente esto:
seguir intentando,
cada día,
a pesar de todo.
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