[center:7ebf913461]Esta es la historia de un horror sin igual. Un horror escritor de versos que halló un ápice de humanidad entre los encantos de una joven mujer. Una niña dormida en su infantil ingenuidad, cegada por sus locas ansias de amar. En una época en la que las ciencias aún se mezclaban con el encanto de los cuentos, la fantasía, el misterio
y el dulce veneno de lo desconocido. Lo oculto e inexplicable. La cara más dura de una era de doble moral, en la que (como en la actualidad) el interior no es siempre lo que cuenta. Esta es la historia de un amante. La historia de Víctor.
Era miércoles. Y como todos, Laodice corrió escalera abajo hacia la puerta principal de la enorme mansión victoriana de sus padres, Ogdred y Milla McCloud. Por debajo del portón deslizaba el cartero la correspondencia. Y ahí se abalanzaba Laodice en busca de la carta semanal que puntualmente le enviaba el favorito de sus amantes. La joven era de tez blanca y lucía una interminable melena negra. Sus enormes ojos verdes brillaban como esmeraldas cuando sostenía ante sí el sobre, pertinentemente firmado por un misterioso caballero. Un admirador entre las sombras. Un poeta. Un galán demasiado pudoroso para expresar su amor abiertamente pensaba Laodice un gentilhombre de buenas maneras, y mejor corazón. De todas maneras, lo único que él la había revelado hasta la fecha era su nombre: Víctor.
Después de comprobada la firma, Laodice corría al cuarto de las criadas, y ahí, todas juntas, abrían y leían la tan esperada carta. En exquisita caligrafía podían leerse los más hermosos romances jamás compuestos, las más tiernas baladas y los más apasionados sonetos. Todos ellos dirigidos a la figura de Laodice. Al final de cada epístola, escrito en sangre, aparecía el nombre de su enamorado autor: Víctor. Siempre Víctor.
Laodice atravesaba los marmóreos pasillos con la exaltación de una colegiala. Olvidaba cualquier atisbo de compostura y salía a bailotear entre los inmensos jardines, presa de una alegría sin igual. Aquellos fueron los instantes más felices de toda su vida.
Y siguieron pasando las semanas, y los meses. Cada miércoles Víctor enviaba puntualmente sus románticas misivas. Era un hombre culto, erudito, mesurado al mismo tiempo que rodeado por un hato de misterio e ilusión morbosa. Un buen día, Laodice se resolvió a encontrar a su perfecto hidalgo. De modo que esperó a la puesta del sol para abandonar la casa enfundada en un mantón negro, evitando ser vista entre la penumbra del atardecer. Descendió colina abajo hasta una casa de la cual se contaban terribles historias. Se hablaba de orgías bacanales, de codicia y desenfreno, de lujuria luciferina. Pero también se contaba que la matrona de las rameras, que era gitana, podía adivinar misterios, entuertos y demás embrujos. Acudió Laodice a su encuentro, con una de las cartas firmadas con sangre por Víctor.
A cambio de unas monedas la vieja aceptó despejar las dudas que atormentaban a la joven. Mojó con saliva de su lengua viperina la sangrienta firma del misterioso amante. Y haciendo esta de nuevo cálida y fresca, leyó agüeros en ella. Las indicaciones fueron claras y precisas: Debes dirigirte a lo profundo del bosque, desde la entrada que sigue a este camino. Camina diez veces cien pasos en línea recta, y hallarás la casa de tu amado galán. De modo que Laodice se puso en marcha. Hizo tal y como se lo habían indicado. Desde la entrada del bosque caminó diez veces cien pasos en perfecta línea recta. Durante el trayecto ignoró los profundos llantos de la negra espesura, los gemidos de los árboles y su pútrido hedor a Muerte. Una vez andado el trayecto divisó una pequeña cabaña de madera carcomida. Prácticamente oculta entre la niebla, sobre un terreno pantanoso y resbaladizo. Sobre los pizarrosos tejados los cuervos habían construido sus nidos y graznaban con violencia la llegada de la desconocida.
Indecisa, Laodice tranquilizó sus pensamientos convenciéndose de que su romántico poeta era un hombre pobre. De ahí que nunca se atreviera a mostrarse públicamente. Pero ese no iba a ser freno para los alocados latidos de su corazón, al sentir ya cerca la presencia del ser venerado durante meses interminables. Armada de valor penetró en la choza, empujando la retorcida puerta de la entrada. Dentro recibió el azote de una terrible fetidez, producida por la nauseabunda acumulación de moho que envolvía toda la habitación. En las paredes de la casa sólo encontró libros. Columnas interminables de libros de poesía, épica, lírica, y toda condición de saber artístico humano. Más al fondo, en un rincón escondido, se encontraba una criatura, un ser vivo. Alumbrado por la tenue luz de una vela, mirando con el más profundo de los horrores, se hallaba un hombre deforme y monstruoso.
Laodice gritó con todas sus fuerzas y una vez recobrado el aliento preguntó con violencia: ¿Quién eres tú, monstruo infame, y qué has hecho con mi amado, el más gallardo de todos los caballeros? El hombre tomó una hoja de papel y escribió utilizando sangre de su propia mano. Escribió con sumo cuidado, no sin apagar el ahogo del espanto en sus cadavéricos ojos. Extendió la nota a los hermosos ojos de Laodice y esta leyo así: Soy un hombre maldito. Sordo y mudo desde los trece años de edad. Yo te amo en la distancia, te adoro en la lejanía. No tengo madre ni padre, ni por tanto apellidos que tomar. Sólo recuerdo dos cosas sobre el aglutinado de mi vida. La primera es que te amo. La segunda es mi nombre Yo Yo soy Víctor.
Y Víctor se quedó solo. Llorando. Al ver cómo su amada corría lejos de él. No sin antes haberle escupido en la cara. Víctor llora. No puede hacer otra cosa. Y no se volvió a saber nada sobre él. Sólo un nombre. Una firma: Víctor.
[/center:7ebf913461]
Era miércoles. Y como todos, Laodice corrió escalera abajo hacia la puerta principal de la enorme mansión victoriana de sus padres, Ogdred y Milla McCloud. Por debajo del portón deslizaba el cartero la correspondencia. Y ahí se abalanzaba Laodice en busca de la carta semanal que puntualmente le enviaba el favorito de sus amantes. La joven era de tez blanca y lucía una interminable melena negra. Sus enormes ojos verdes brillaban como esmeraldas cuando sostenía ante sí el sobre, pertinentemente firmado por un misterioso caballero. Un admirador entre las sombras. Un poeta. Un galán demasiado pudoroso para expresar su amor abiertamente pensaba Laodice un gentilhombre de buenas maneras, y mejor corazón. De todas maneras, lo único que él la había revelado hasta la fecha era su nombre: Víctor.
Después de comprobada la firma, Laodice corría al cuarto de las criadas, y ahí, todas juntas, abrían y leían la tan esperada carta. En exquisita caligrafía podían leerse los más hermosos romances jamás compuestos, las más tiernas baladas y los más apasionados sonetos. Todos ellos dirigidos a la figura de Laodice. Al final de cada epístola, escrito en sangre, aparecía el nombre de su enamorado autor: Víctor. Siempre Víctor.
Laodice atravesaba los marmóreos pasillos con la exaltación de una colegiala. Olvidaba cualquier atisbo de compostura y salía a bailotear entre los inmensos jardines, presa de una alegría sin igual. Aquellos fueron los instantes más felices de toda su vida.
Y siguieron pasando las semanas, y los meses. Cada miércoles Víctor enviaba puntualmente sus románticas misivas. Era un hombre culto, erudito, mesurado al mismo tiempo que rodeado por un hato de misterio e ilusión morbosa. Un buen día, Laodice se resolvió a encontrar a su perfecto hidalgo. De modo que esperó a la puesta del sol para abandonar la casa enfundada en un mantón negro, evitando ser vista entre la penumbra del atardecer. Descendió colina abajo hasta una casa de la cual se contaban terribles historias. Se hablaba de orgías bacanales, de codicia y desenfreno, de lujuria luciferina. Pero también se contaba que la matrona de las rameras, que era gitana, podía adivinar misterios, entuertos y demás embrujos. Acudió Laodice a su encuentro, con una de las cartas firmadas con sangre por Víctor.
A cambio de unas monedas la vieja aceptó despejar las dudas que atormentaban a la joven. Mojó con saliva de su lengua viperina la sangrienta firma del misterioso amante. Y haciendo esta de nuevo cálida y fresca, leyó agüeros en ella. Las indicaciones fueron claras y precisas: Debes dirigirte a lo profundo del bosque, desde la entrada que sigue a este camino. Camina diez veces cien pasos en línea recta, y hallarás la casa de tu amado galán. De modo que Laodice se puso en marcha. Hizo tal y como se lo habían indicado. Desde la entrada del bosque caminó diez veces cien pasos en perfecta línea recta. Durante el trayecto ignoró los profundos llantos de la negra espesura, los gemidos de los árboles y su pútrido hedor a Muerte. Una vez andado el trayecto divisó una pequeña cabaña de madera carcomida. Prácticamente oculta entre la niebla, sobre un terreno pantanoso y resbaladizo. Sobre los pizarrosos tejados los cuervos habían construido sus nidos y graznaban con violencia la llegada de la desconocida.
Indecisa, Laodice tranquilizó sus pensamientos convenciéndose de que su romántico poeta era un hombre pobre. De ahí que nunca se atreviera a mostrarse públicamente. Pero ese no iba a ser freno para los alocados latidos de su corazón, al sentir ya cerca la presencia del ser venerado durante meses interminables. Armada de valor penetró en la choza, empujando la retorcida puerta de la entrada. Dentro recibió el azote de una terrible fetidez, producida por la nauseabunda acumulación de moho que envolvía toda la habitación. En las paredes de la casa sólo encontró libros. Columnas interminables de libros de poesía, épica, lírica, y toda condición de saber artístico humano. Más al fondo, en un rincón escondido, se encontraba una criatura, un ser vivo. Alumbrado por la tenue luz de una vela, mirando con el más profundo de los horrores, se hallaba un hombre deforme y monstruoso.
Laodice gritó con todas sus fuerzas y una vez recobrado el aliento preguntó con violencia: ¿Quién eres tú, monstruo infame, y qué has hecho con mi amado, el más gallardo de todos los caballeros? El hombre tomó una hoja de papel y escribió utilizando sangre de su propia mano. Escribió con sumo cuidado, no sin apagar el ahogo del espanto en sus cadavéricos ojos. Extendió la nota a los hermosos ojos de Laodice y esta leyo así: Soy un hombre maldito. Sordo y mudo desde los trece años de edad. Yo te amo en la distancia, te adoro en la lejanía. No tengo madre ni padre, ni por tanto apellidos que tomar. Sólo recuerdo dos cosas sobre el aglutinado de mi vida. La primera es que te amo. La segunda es mi nombre Yo Yo soy Víctor.
Y Víctor se quedó solo. Llorando. Al ver cómo su amada corría lejos de él. No sin antes haberle escupido en la cara. Víctor llora. No puede hacer otra cosa. Y no se volvió a saber nada sobre él. Sólo un nombre. Una firma: Víctor.
[/center:7ebf913461]