Gonvedo
Poeta asiduo al portal
No fue tan azul aquel verano,
me visitó la lluvia varias veces,
mientras el sol, arrinconado, crecía
desde su conventual utilería,
renaciendo de las cenizas
de su propia combustión.
La luna se paseaba descalza
por mi habitación velándome el sueño.
Era ese paisaje, recuerdo de sus amaneceres
y sus tardes, casi una ilusión, con la casa abierta
y el rumor de un mar que hablaba antiguas lenguas,
lo que estaba amando.
Así donde el mar vestía de verde oliva,
un niño soñaba con pájaros de nieve y ángeles
cenicientos que volaban entre una niebla de cristales.
Yo era un niño que volvía del nácar de una tarde
de verano y bicicletas, con una herida de sol.
Aún puedo mirarme en aquellos ojos,
escuchando la voz segura de la noche,
que en mi se encendía pura y transparente.
Luego un silencio como ascuas venía a invadirlo todo.
Una novela de Julio Verne, unos tebeos del Jabato
y del Capitán Trueno amanecían en la alfombra.
Eran el eco reciente de la mañana que ya se había pronunciado.
La luz se colaba por una rendija, un ciempiés rezagado,
que había hecho noche conmigo, tomaba los primeros rayos de sol.
La marea estaba subiendo, a la una de la tarde sería la pleamar.
El viento nordeste soplaba con ganas, quién sino sostenía
el azul del cielo y alejaba las nubes varadas al norte de la marea.
Todo podía resumirse
en un piano que nace con la música y da sombra,
en la alta fidelidad del latido de la ortiga
y en estos versos fruto de la electricidad estática.
No me cabe duda, agosto tiene sus inputs.
Mi corazón giraba ya como un derviche.
me visitó la lluvia varias veces,
mientras el sol, arrinconado, crecía
desde su conventual utilería,
renaciendo de las cenizas
de su propia combustión.
La luna se paseaba descalza
por mi habitación velándome el sueño.
Era ese paisaje, recuerdo de sus amaneceres
y sus tardes, casi una ilusión, con la casa abierta
y el rumor de un mar que hablaba antiguas lenguas,
lo que estaba amando.
Así donde el mar vestía de verde oliva,
un niño soñaba con pájaros de nieve y ángeles
cenicientos que volaban entre una niebla de cristales.
Yo era un niño que volvía del nácar de una tarde
de verano y bicicletas, con una herida de sol.
Aún puedo mirarme en aquellos ojos,
escuchando la voz segura de la noche,
que en mi se encendía pura y transparente.
Luego un silencio como ascuas venía a invadirlo todo.
Una novela de Julio Verne, unos tebeos del Jabato
y del Capitán Trueno amanecían en la alfombra.
Eran el eco reciente de la mañana que ya se había pronunciado.
La luz se colaba por una rendija, un ciempiés rezagado,
que había hecho noche conmigo, tomaba los primeros rayos de sol.
La marea estaba subiendo, a la una de la tarde sería la pleamar.
El viento nordeste soplaba con ganas, quién sino sostenía
el azul del cielo y alejaba las nubes varadas al norte de la marea.
Todo podía resumirse
en un piano que nace con la música y da sombra,
en la alta fidelidad del latido de la ortiga
y en estos versos fruto de la electricidad estática.
No me cabe duda, agosto tiene sus inputs.
Mi corazón giraba ya como un derviche.