Teo Moran
Poeta fiel al portal
Vaga mi alma sobre la huella rendida
de las hojas secas que vuelan heridas,
camina a solas en el solsticio de invierno,
en la precariedad insoportable de la luz
y bajo la sombra de los chopos desnudos
recorre afligida la serpenteante vereda
al dictado lento de unos pasos cansados.
Espera sosegada ante los surcos arados
que bajo el horizonte parece un océano
lleno de hojas plomizas y flores silvestres,
un mar mustio donde el silencio prevalece
y el azor grácil con su vuelo indolente
la recorre en busca de una presa inocente,
el nogal, en medio del campo, es una isla
remota donde las aves son los tripulantes
en las penumbras etéreas de la mañana,
y en las copas de los pinos son agudas nubes
que al rumor del viento se agitan dóciles
y con el batir de sus alas dan forma al olvido.
Vaga mi alma a la vereda del sendero
huyendo del angosto y triste recuerdo,
lleva el infierno de los que un día amaron
y en el mar labrado se fueron hundiendo,
dejaron la ilusión de su velamen al viento
y en medio de la tormenta sin rumbo
fueron forjando heridas en su corazón.
¡Pero mi alma que observa el horizonte
lleva en la mano una moneda de oro
como pago al barquero por su viaje!
Solo desea consuelo entre los surcos
que profundos hurgan en el paisaje,
espera que Caronte le lleve muy lejos
con su triste dolor en el nacarado oleaje
y poder así dar una ofrenda al recuerdo
con un suspiro de amor que hoy muere
en el mar frío en compañía del olvido.
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