DIEGO
Poeta adicto al portal
Penden de la lámpara las razones de un insomnio persistente.
Diluyéndose en cataratas incesantes de complejas ecuaciones mentales inexactas.
Ese entrecerrar de ojos que hoy deambulan otros rincones con mejores promesas, más tentadores; ofertas imposibles de rechazar.
El plagio morboso de las cotidianas rarezas de un alma perdida en la trampa de discusiones bizantinas. Desconcierto.
Se aleja en remolinos la visión borrosa de pinturas que enmarcan un rostro inventado que rasga las telas de cortinados perpetuos y polvorientos.
La quietud del cuerpo contrasta con el huracán del alma, y sin embargo deambulan juntos. Uno por una cama infinita que no conoce límites, y la otra, por nebulosas tramposas y oscuras.
El silencio es rey clamando por arpegios que distraigan por momentos su insondable e inútil poder esquizofrénico.
Así, como las caricias que desaceleran el paso ante mi proximidad, estoy suspendido en cuerpo, deshidratado en alma, agonizando la espera de que algún día distraigas tu natural indecisión y elijas terminar con el suplicio que degenera lo que debería ser en un ente atrapado en esta telaraña de vidrios que coartan toda la libertad de que soy capaz.
Detesto tus contenidos maravillosamente embriagadores que me transforman en máncer sin desearlo, melquisedeciano adorador de tus perfumes.
Quiero abandonarte, pero no quiero.
Diluyéndose en cataratas incesantes de complejas ecuaciones mentales inexactas.
Ese entrecerrar de ojos que hoy deambulan otros rincones con mejores promesas, más tentadores; ofertas imposibles de rechazar.
El plagio morboso de las cotidianas rarezas de un alma perdida en la trampa de discusiones bizantinas. Desconcierto.
Se aleja en remolinos la visión borrosa de pinturas que enmarcan un rostro inventado que rasga las telas de cortinados perpetuos y polvorientos.
La quietud del cuerpo contrasta con el huracán del alma, y sin embargo deambulan juntos. Uno por una cama infinita que no conoce límites, y la otra, por nebulosas tramposas y oscuras.
El silencio es rey clamando por arpegios que distraigan por momentos su insondable e inútil poder esquizofrénico.
Así, como las caricias que desaceleran el paso ante mi proximidad, estoy suspendido en cuerpo, deshidratado en alma, agonizando la espera de que algún día distraigas tu natural indecisión y elijas terminar con el suplicio que degenera lo que debería ser en un ente atrapado en esta telaraña de vidrios que coartan toda la libertad de que soy capaz.
Detesto tus contenidos maravillosamente embriagadores que me transforman en máncer sin desearlo, melquisedeciano adorador de tus perfumes.
Quiero abandonarte, pero no quiero.