Luis Fernando Tejada
Poeta reconocido
I
La avenidas indiferentes y sus ruidos,
mi presencia entre las aceras desnudas,
el desplazarse sobre
los días detenidos.
El sector urbano,
prolongación de la existencia,
del calor de siempre,
quien no arregle sus problemas
en estas calles que tenga cuidado,
el pillaje a los ojos de todos.
Para los urbanos
no existe el mundo,
están muy ocupados
en los almacenes.
El pájaro del tiempo vuela
por los callejones oscuros,
da vueltas buscando
en vano la salida,
entre las calles.
Las ilusiones son hojas
de papel que caen
a las cuales el viento agita y
el sol quema,
basurero enorme.
¿Quizá querría tomar un autobús,
o un coche que utiliza
la energía solar ida y vuelta?
El paisaje probablemente bonito,
Hacia abajo, todo se aplasta:
los sectores de la calentura,
las vías secundarias detrás
de la catedral, las memorias.
Con el desarrollo
las turbas han huido hacia abajo,
a la orilla del río y a las cumbres
de las montañas, invadiendo
todo como langostas.
II
Tras las lluvias,
nubes negras se acuerdan de la tarde
destacando sus sombras en el centro de la ciudad,
mientras que las laderas de las montañas
están aun estrechamente ligadas
al día que se apaga.
Las gentes caminan
en dirección al ocaso de la tarde,
fuego que el viento aviva,
incitando a galopar como caballo desbocado.
Decide la tristeza de la tarde,
luz que arregla el sentir de las cosas;
diría, brilla en el jardín que nos
da sus sabores y se equilibra
en el aire de las hojas.
En la fuente de colores
de la plaza de Bolívar las palomas empapan su plumaje,
observando en el horizonte
como el sol expira en los brazos de la tarde.
III
La ciudad todavía no respira,
mi mente está en otro lugar,
despierta, calla, escucha…
(no llores en tus sueños,
después vendrá el día
y a vivir de nuevo).
El sonido de los carros,
las monedas a reiterar la demanda de los mendigos,
las palomas continúan en su agite,
algunas se posan en los dinteles de las torres,
un rayo de sol recorre las azoteas.
Jardines ocultos,
se oye el rumor de la calle y
el despertar es casi como una muerte lenta,
además más allá de eso los recuerdos no se borran.
Desde el balcón, área visual limitada,
aprecio una zanja con agua,
la carretera serpentea
entre las verdes colinas.
La avenidas indiferentes y sus ruidos,
mi presencia entre las aceras desnudas,
el desplazarse sobre
los días detenidos.
El sector urbano,
prolongación de la existencia,
del calor de siempre,
quien no arregle sus problemas
en estas calles que tenga cuidado,
el pillaje a los ojos de todos.
Para los urbanos
no existe el mundo,
están muy ocupados
en los almacenes.
El pájaro del tiempo vuela
por los callejones oscuros,
da vueltas buscando
en vano la salida,
entre las calles.
Las ilusiones son hojas
de papel que caen
a las cuales el viento agita y
el sol quema,
basurero enorme.
¿Quizá querría tomar un autobús,
o un coche que utiliza
la energía solar ida y vuelta?
El paisaje probablemente bonito,
Hacia abajo, todo se aplasta:
los sectores de la calentura,
las vías secundarias detrás
de la catedral, las memorias.
Con el desarrollo
las turbas han huido hacia abajo,
a la orilla del río y a las cumbres
de las montañas, invadiendo
todo como langostas.
II
Tras las lluvias,
nubes negras se acuerdan de la tarde
destacando sus sombras en el centro de la ciudad,
mientras que las laderas de las montañas
están aun estrechamente ligadas
al día que se apaga.
Las gentes caminan
en dirección al ocaso de la tarde,
fuego que el viento aviva,
incitando a galopar como caballo desbocado.
Decide la tristeza de la tarde,
luz que arregla el sentir de las cosas;
diría, brilla en el jardín que nos
da sus sabores y se equilibra
en el aire de las hojas.
En la fuente de colores
de la plaza de Bolívar las palomas empapan su plumaje,
observando en el horizonte
como el sol expira en los brazos de la tarde.
III
La ciudad todavía no respira,
mi mente está en otro lugar,
despierta, calla, escucha…
(no llores en tus sueños,
después vendrá el día
y a vivir de nuevo).
El sonido de los carros,
las monedas a reiterar la demanda de los mendigos,
las palomas continúan en su agite,
algunas se posan en los dinteles de las torres,
un rayo de sol recorre las azoteas.
Jardines ocultos,
se oye el rumor de la calle y
el despertar es casi como una muerte lenta,
además más allá de eso los recuerdos no se borran.
Desde el balcón, área visual limitada,
aprecio una zanja con agua,
la carretera serpentea
entre las verdes colinas.
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