Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
UNO
Uno que impera entre redobles de tambores,
que nace de la intensa noche
luego de haber vaciado en desvaríos
la llama sepulcral de su inocencia impúber.
Uno que solitario va despedazando osarios,
que por la vida pasa estanciero, sin redomas,
sin la tristeza relegada a unos cuantos vicios
de pan y circo dominicales.
Que impone yugos a la manera sobria
de disipar el canto en ciernes de los gallos.
Que gime a toda hora
con dos medidas exactas de café
en el fondo de un trasto
con la excoriación de los ánimos dispares.
Uno que alquiló su sombra
a la plenaria cacería de los venados,
que sangró pronto todas las calles
y gritó en bajo su presteza de adivino.
Uno que calla en claro
su estación de vida sin rodajas, ni rieles.
Uno
que solitario llega
a despedir la tarde.
Uno que impera entre redobles de tambores,
que nace de la intensa noche
luego de haber vaciado en desvaríos
la llama sepulcral de su inocencia impúber.
Uno que solitario va despedazando osarios,
que por la vida pasa estanciero, sin redomas,
sin la tristeza relegada a unos cuantos vicios
de pan y circo dominicales.
Que impone yugos a la manera sobria
de disipar el canto en ciernes de los gallos.
Que gime a toda hora
con dos medidas exactas de café
en el fondo de un trasto
con la excoriación de los ánimos dispares.
Uno que alquiló su sombra
a la plenaria cacería de los venados,
que sangró pronto todas las calles
y gritó en bajo su presteza de adivino.
Uno que calla en claro
su estación de vida sin rodajas, ni rieles.
Uno
que solitario llega
a despedir la tarde.
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