danie
solo un pensamiento...
El hedor de la vida pudre mis manos
como sanguijuelas que se pegan al traje del destino.
Mis manos sangrantes y entumecidas toman las palas y los picos,
escavan entre los escombros del siniestro olvido.
Inútilmente escavan y remueven el polvo de la aurora
de una difunta ciudad,
entre los pervertidos cofrades y las larvas del camino,
entre los huesos corrompidos por la carne infausta
Yo busco una mísera pizca de vida, algún sueño ahogado en el río.
Es en vano buscar entre el despojo de la tierra herida,
entre las sardónicas risas de los hipócrita días,
siempre con un sol muerto que amanece y trae una luz falsa de vida.
En mi búsqueda me uno a la oscuridad,
me cubro con la mortaja negra de un sepulcro mal parido,
me consumo con esos besos tóxicos de la afable anatema de un vaticinio,
me hago un adicto a la decadencia que copula con mis sentidos.
Es que descubro que los sueños son una farsa,
una triste ideología que hace a los devotos peleles de una tiranía.
Tal vez este demente al ver tantos muertos que deambulan sin sentido,
es que yo logro ver el rostro de muchos que dicen estar vivos
¡Para mí son solo enfermos que padecen en agonía!
¿Qué es la vida? Es un contenedor de orgasmos sifilíticos,
una vasija colmada de blasfemias,
es la buida marca de un azote que flagela el lomo del peregrino.
Acostumbrados al dolor,
incluso masoquistas que gozan con la ignominia,
somos adictos a todos esos huéspedes que la albergan,
como consecuencia seducen nuestros egos,
nos envician y luego nos dejan extintos.
Menesterosos y carentes de pudor,
promiscuos errabundos que nos bañamos
día a día en la menstruación de ese clamoroso dolor de estar vivo.
Nunca falta alguno que profesé lo pletórico del cielo divino
pero este terruño fue construido por la gélida efigie del hombre pútrido.
¡Esta es mi visión decadentista de la vida!
como sanguijuelas que se pegan al traje del destino.
Mis manos sangrantes y entumecidas toman las palas y los picos,
escavan entre los escombros del siniestro olvido.
Inútilmente escavan y remueven el polvo de la aurora
de una difunta ciudad,
entre los pervertidos cofrades y las larvas del camino,
entre los huesos corrompidos por la carne infausta
Yo busco una mísera pizca de vida, algún sueño ahogado en el río.
Es en vano buscar entre el despojo de la tierra herida,
entre las sardónicas risas de los hipócrita días,
siempre con un sol muerto que amanece y trae una luz falsa de vida.
En mi búsqueda me uno a la oscuridad,
me cubro con la mortaja negra de un sepulcro mal parido,
me consumo con esos besos tóxicos de la afable anatema de un vaticinio,
me hago un adicto a la decadencia que copula con mis sentidos.
Es que descubro que los sueños son una farsa,
una triste ideología que hace a los devotos peleles de una tiranía.
Tal vez este demente al ver tantos muertos que deambulan sin sentido,
es que yo logro ver el rostro de muchos que dicen estar vivos
¡Para mí son solo enfermos que padecen en agonía!
¿Qué es la vida? Es un contenedor de orgasmos sifilíticos,
una vasija colmada de blasfemias,
es la buida marca de un azote que flagela el lomo del peregrino.
Acostumbrados al dolor,
incluso masoquistas que gozan con la ignominia,
somos adictos a todos esos huéspedes que la albergan,
como consecuencia seducen nuestros egos,
nos envician y luego nos dejan extintos.
Menesterosos y carentes de pudor,
promiscuos errabundos que nos bañamos
día a día en la menstruación de ese clamoroso dolor de estar vivo.
Nunca falta alguno que profesé lo pletórico del cielo divino
pero este terruño fue construido por la gélida efigie del hombre pútrido.
¡Esta es mi visión decadentista de la vida!