PITEIRA
Poeta que considera el portal su segunda casa
Este relato surge como un juego en el que Anna, mi esposa, me propone que construya algo teniendo en cuenta que ha de contener cinco palabras que ella misma me dice al azar.
Vamos a ver que os parece.
(Palabras clave: Patata, tornillo, helicóptero, perro, carrito.)
Esa mañana se había despertado más tarde de lo que solía. Anduvo bastante tiempo sin rumbo fijo, lo que no era para él novedad alguna, hasta que, algo cansado y ya sin esperanza de encontrar nada que comer, sentándose en un rincón del muelle de pescadores sintió en sus duras posaderas un impacto colosal. ¡Maldita sea! , pensó, me fui a sentar sobre la única piedra que hay en este sitio . La reacción al sentir el golpe fue el cambio brusco de sentido de su cuerpo que ahora rebotaba y en lugar de bajar subía a toda velocidad hasta ponerse recto como una vela sobre sus huesudos pies. Miró hacia el suelo con la rabia marcando sus facciones buscando la piedra que tan atrevida había herido sus glúteos. Pero los rasgos de su cara cambiaron inmediatamente al comprobar que el canto que buscaba no era sino una dura, redondeada y ligeramente colorada patata. Sí, una hermosa patata. Aquel hallazgo hizo que la previsión que tenía para ese día cambiase totalmente. No es lo mismo comenzar el día desconsolado, cansado, sin nada que comer Ahora tenía una patata. La alegría dibujaba una sonrisa en sus labios y comenzó la búsqueda de algo que pudiera usar como cazuela. Después de algún tiempo y de desechar algunas latas, unas por poco profundas, otras por demasiado estrechas, logró encontrar la que necesitaba. Buscó un lugar resguardado del viento y ajeno a las curiosas miradas de otros, colocó allí su ajado chaquetón y el destartalado carrito en el que llevaba algunos cartones que le podrían resguardar del frío durante la noche y otros trastos inútiles que él guardaba por si acaso nunca se sabe lo que uno puede necesitar. Cogió su lata vacía y, manteniendo aquella sonrisa en los labios, aquella sonrisa provocada por la renovada esperanza de llenar el buche aunque sea con aquella triste pero apetitosa patata, y se dirigió al otro lado del muelle, donde manaba un hermoso chorrito de agua, verticalmente, en una de esas fuentes que suelen adornar, con poca imaginación, los rincones más inesperados de las ciudades. Pero a él le iba a proporcionar el agua necesaria para poder hervir aquel delicioso tubérculo. Llenó el envase casi hasta el borde y, con mucho cuidado para no verter el líquido, volvió sobre sus pasos hasta el lugar donde le esperaba su viejo gabán y su carrito.
Qué cosas, el olfato de esos animales es increíble. Aún no se había puesto a hervir aquel maravilloso fruto de la tierra y el perro ya estaba sentado, esperándole, junto a sus cosas. No tenía nombre, tan sólo era perro. Nunca quiso ponerle nombre alguno que no fuese perro. Era, creía él, el más adecuado. Al fin y al cabo le iba a hacer el mismo caso con uno que con otro, así que llamarle por el verdadero era lo mejor.
Había conseguido montar una especie de pequeño brasero con algunos hierros que llevaba entre los cartones y en los que apoyó la lata llena de agua. Consiguió encender la hoguerita con el último misto que le quedaba, peló la patata con una navaja muy vieja y oxidada y después de cortarla en algunos trozos la metió en la pequeña cazuela. Impaciente, no cesaba de mirar el agua esperando las burbujas de la ebullición. Parecía que no iba a llegar nunca ese maravilloso momento.
Giró la cara intentando captar mejor el leve ruido que llegó hasta sus oídos y que parecía ir aumentando progresivamente, como si se estuviera acercando. Y así fue, de repente ya lo tenía encima. Maldita sea por qué se acerca tanto. El piloto de ese helicóptero está majara. Ni que hubiese perdido un tornillo.
Era uno de esos vuelos que los hoteles de lujo de la zona montan para sus mejores clientes. Después de un copioso almuerzo les invitan a un paseo sobrevolando toda la bahía para que puedan disfrutar de aquella inmensa belleza.
¡Oh no, el agua dejó de hervir! ¡El fuego se apagó el fuego! ¡Malditos turistas!
Vamos a ver que os parece.
(Palabras clave: Patata, tornillo, helicóptero, perro, carrito.)
UNA PATATA
Esa mañana se había despertado más tarde de lo que solía. Anduvo bastante tiempo sin rumbo fijo, lo que no era para él novedad alguna, hasta que, algo cansado y ya sin esperanza de encontrar nada que comer, sentándose en un rincón del muelle de pescadores sintió en sus duras posaderas un impacto colosal. ¡Maldita sea! , pensó, me fui a sentar sobre la única piedra que hay en este sitio . La reacción al sentir el golpe fue el cambio brusco de sentido de su cuerpo que ahora rebotaba y en lugar de bajar subía a toda velocidad hasta ponerse recto como una vela sobre sus huesudos pies. Miró hacia el suelo con la rabia marcando sus facciones buscando la piedra que tan atrevida había herido sus glúteos. Pero los rasgos de su cara cambiaron inmediatamente al comprobar que el canto que buscaba no era sino una dura, redondeada y ligeramente colorada patata. Sí, una hermosa patata. Aquel hallazgo hizo que la previsión que tenía para ese día cambiase totalmente. No es lo mismo comenzar el día desconsolado, cansado, sin nada que comer Ahora tenía una patata. La alegría dibujaba una sonrisa en sus labios y comenzó la búsqueda de algo que pudiera usar como cazuela. Después de algún tiempo y de desechar algunas latas, unas por poco profundas, otras por demasiado estrechas, logró encontrar la que necesitaba. Buscó un lugar resguardado del viento y ajeno a las curiosas miradas de otros, colocó allí su ajado chaquetón y el destartalado carrito en el que llevaba algunos cartones que le podrían resguardar del frío durante la noche y otros trastos inútiles que él guardaba por si acaso nunca se sabe lo que uno puede necesitar. Cogió su lata vacía y, manteniendo aquella sonrisa en los labios, aquella sonrisa provocada por la renovada esperanza de llenar el buche aunque sea con aquella triste pero apetitosa patata, y se dirigió al otro lado del muelle, donde manaba un hermoso chorrito de agua, verticalmente, en una de esas fuentes que suelen adornar, con poca imaginación, los rincones más inesperados de las ciudades. Pero a él le iba a proporcionar el agua necesaria para poder hervir aquel delicioso tubérculo. Llenó el envase casi hasta el borde y, con mucho cuidado para no verter el líquido, volvió sobre sus pasos hasta el lugar donde le esperaba su viejo gabán y su carrito.
Qué cosas, el olfato de esos animales es increíble. Aún no se había puesto a hervir aquel maravilloso fruto de la tierra y el perro ya estaba sentado, esperándole, junto a sus cosas. No tenía nombre, tan sólo era perro. Nunca quiso ponerle nombre alguno que no fuese perro. Era, creía él, el más adecuado. Al fin y al cabo le iba a hacer el mismo caso con uno que con otro, así que llamarle por el verdadero era lo mejor.
Había conseguido montar una especie de pequeño brasero con algunos hierros que llevaba entre los cartones y en los que apoyó la lata llena de agua. Consiguió encender la hoguerita con el último misto que le quedaba, peló la patata con una navaja muy vieja y oxidada y después de cortarla en algunos trozos la metió en la pequeña cazuela. Impaciente, no cesaba de mirar el agua esperando las burbujas de la ebullición. Parecía que no iba a llegar nunca ese maravilloso momento.
Giró la cara intentando captar mejor el leve ruido que llegó hasta sus oídos y que parecía ir aumentando progresivamente, como si se estuviera acercando. Y así fue, de repente ya lo tenía encima. Maldita sea por qué se acerca tanto. El piloto de ese helicóptero está majara. Ni que hubiese perdido un tornillo.
Era uno de esos vuelos que los hoteles de lujo de la zona montan para sus mejores clientes. Después de un copioso almuerzo les invitan a un paseo sobrevolando toda la bahía para que puedan disfrutar de aquella inmensa belleza.
¡Oh no, el agua dejó de hervir! ¡El fuego se apagó el fuego! ¡Malditos turistas!