Jcmch
Poeta veterano en el portal.
[center:fa1f4d1760]Era la noche. La noche prístina y dulcificante, dada a los hombres como hordas oscuras de frío celestial. Sus elementos aguardaban pacientemente el descanso del tiovivo agitado que era la ciudad, esa ciudad en los valles de las colinas, cuyas luces monótonas acechaban el horizonte con inocente altivez. La luna era ya antigua; diez mil noches la misma faz, la misma entrega descarada y absurda de brillantez
poderes que los cielos lentamente le otorgaron.
Los aires nórdicos, la belleza de los rostros noctámbulos, los oídos atentos del cielo carbonado, todas las imágenes frescas del siego y la matanza.
Pero allá, por sobre las madrigueras perpetuas del vientre terrenal, estaban las tapias del final. El cementerio de la ciudad se alzaba inerme, pero escondidos sus predios por el miedo humano. Un terreno de singular quietud, avivado a veces por las curiosas centellas de luz que sus cuidadores juran haber visto revolotear entre alguna de las incontables noches que ese lugar había resguardado cuerpos desalmados. Y esa noche no era la excepción. La luna, que por los ojos se bebe, embriagaba el aire de serena languidez. El aire frívolo, sin más que ofrecer que silbidos profundos de frialdad y desolación, danzaba entre los olmos sacrosantos, crujiendo las ramas de curiosidad y excitación.
Eran las once. El sueño de las lapidas igualaba al de la ciudad acantilada: un soñar despierto que todo hombre percibe y conoce sin explicación. Los ángeles de mármol y las vírgenes de yeso curtían en sombras pálidas, que parecían viajar a través de los perpetuos descollantes del universo. Suavidad, quietud, silencio. Solo un murmullo lejano del aire nocturno por sobre las hojas un chirriar diminuto de alguna puerta de panteón algún rumor ajeno de los predios urbanizados pero quietud, profunda y serena quietud.
De pronto, a los pies de las colinas, un sonido metálico rompe el cielo desde sus migajas, cuajando el trecho virginal del silencio en un golpe incesante de dolorosa expectación. Las campanadas del reloj de la iglesia estallaron como rocas de lava impulsadora: era la medianoche.
En ese momento algo parecía inquietarse algo comenzaba a despertarse. El sueño tácito de los olmos diabólicos comenzaba a terminar la débil ecuación de los suelos cadavéricos empezaba a descuadrar. Algo decía, algo gritaba, algo se agitaba ¿Será? ¿Será él? ¡Si! ¡Es él! ¡Despertó!...es ¡El demonio del Monte Pelado!
¡Enorme! ¡Implacable! ¡Aterrador! Ese era el demonio gigantesco que miles de años atrás los sacerdotes del sol vencieron en sagrada batalla. Cubierto de fuego, humo inmundo, brillo abismal salió de las entrañas del monte abriendo sus alas de dragón y sus brazos al horizonte inmóvil y aterrado. Sus alas absorbieron la energía de la maldad y su cuerpo entero emergió de las cenizas arteriales de la sangre y savia del mundo. Su mirada cosechaba el pecado y el castigo eterno; su color condensaba los millares de noches de la tierra; sus brazos poderosos torneaban al aire con la violencia que el terror y la debilidad otorgan.
Y allí, el demonio observó el cementerio. Y como hombre sádico royendo a su victima femenina, su mirada devoró de placer sus predios, feliz de encontrar una falaz golosina en la cual saciar su vicio de terror.
Abrió sus enormes garras y cavó la tierra santa en suposición, destruyendo lápidas, flores, imágenes, urnas, panteones, tapias y todo lo que en el lugar se edificaba. De pronto, los huesos y carnes pútridas regadas despertaron. Un soplo, un respiro, como agua deseada en el desierto como barco a los náufragos como sexo a los deseados ese suspiro de vida anhelado se les otorgó a los cadáveres. Uno a uno, emergían de la destrucción: manos naciendo de la tierra, fantasmas de humo blanco renaciendo, calaveras sonreídas, esqueletos levitando todo un frenesí de vida entre las hiedras invioladas de la tierra mortal. Despertaron y comenzaron a volar, al son del ritmo cínico y exasperante del Demonio Negro, todos ellos, fantasmas de la muerte vencida, hombres, mujeres, niños, capitanes con sus caballos resucitados, labradores con sus hoces renovadas, payasos con sus muecas infernales, prostitutas con su insolencia fantasmal, entes con sus cuernos de Aries, niños malditos, mujeres asesinas todos los cadáveres danzando y retozando en el aire, sobre los olmos, entre los ladrillos grises y dorados gritando alegres, haciendo fiesta una orgía palpitante, cual pesadilla espantosa de hombres y bestias desequilibradas.
Aquellos reían, estos danzaban, los otros bebían, todos enloquecían, en enorme divinidad sangrienta por sobre los valles inmunes de la ciudad. El monte Pelado se había coronado de muerte y horror, mientras el gran Demonio se deleitaba con su creación, cuyos entes, espantos y ánimas, revoloteaban a su alrededor en círculos salvajes y blancuzca apariencia. Los cadáveres y fantasmas danzaban en fila, algunos ordenados y felices, otros a su desorden y antojo cruzando los valles, espiando cuevas, vadeando ríos, con la música grotesca de sus huesos y cadenas; gritaban y celebraban entre los cedros, nogales y troncos muertos del bosque, violaban la pureza del agua, esparcian la ceniza infernal entre la hierba. Los animales nocturnos escapaban del influjo de la inmortalidad, del miedo y la agitación. El gran Demonio del Monte Pelado crecía en poder, fuerza, energía de muerte, horror; su risa profunda explotó en los valles como trueno enturbiarte de miedo y desesperanza.
De pronto, el mismo sonido metálico esas ondas de filo cortante, detuvieron secamente la orgía del Hades. Un conjunto de esos sonidos, rompieron la alegría cual batallón de guerra sobre los campos de Extremadura. Eran las mismas campanadas que horas antes despertaron el frenesí demoníaco pero esta vez para anunciar el amanecer: la hora del hombre.
El Demonio, como ensordecido, cubrió sus oídos, casi desesperado, y desapareció en el cráter que su enorme mole hubo abierto en la tierra en descanso; sus humos y fuegos se apagaron y extinguieron penosamente. Entonces, la fiesta concluyó. Los cadáveres y fantasmas retornaron pesadamente a sus aposentos. Las danzas macabras quedaron lejanas, simples, como rumores del viento oriental, como simple frío de amanecer, como murmullo tímido de árboles y pájaros despiertos. Las urnas se enterraron, los ángeles se posaron, las vírgenes oraron, los panteones se levantaron. El sol despuntó, dando a los círculos llameantes de los fuegos otoñales la paz del amanecer. Al fin, el cementerio durmió su quietud mortal, edificado como costumbre en entes espirituales, preparado como siempre para flores, llantos y dolor. Paz, serenidad, dolor y suave imponencia.
Tal era el cementerio de la ciudad. Vencido y dormido. Abandonado ante la ferocidad y grandeza del hombre, el peor de los demonios.
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Los aires nórdicos, la belleza de los rostros noctámbulos, los oídos atentos del cielo carbonado, todas las imágenes frescas del siego y la matanza.
Pero allá, por sobre las madrigueras perpetuas del vientre terrenal, estaban las tapias del final. El cementerio de la ciudad se alzaba inerme, pero escondidos sus predios por el miedo humano. Un terreno de singular quietud, avivado a veces por las curiosas centellas de luz que sus cuidadores juran haber visto revolotear entre alguna de las incontables noches que ese lugar había resguardado cuerpos desalmados. Y esa noche no era la excepción. La luna, que por los ojos se bebe, embriagaba el aire de serena languidez. El aire frívolo, sin más que ofrecer que silbidos profundos de frialdad y desolación, danzaba entre los olmos sacrosantos, crujiendo las ramas de curiosidad y excitación.
Eran las once. El sueño de las lapidas igualaba al de la ciudad acantilada: un soñar despierto que todo hombre percibe y conoce sin explicación. Los ángeles de mármol y las vírgenes de yeso curtían en sombras pálidas, que parecían viajar a través de los perpetuos descollantes del universo. Suavidad, quietud, silencio. Solo un murmullo lejano del aire nocturno por sobre las hojas un chirriar diminuto de alguna puerta de panteón algún rumor ajeno de los predios urbanizados pero quietud, profunda y serena quietud.
De pronto, a los pies de las colinas, un sonido metálico rompe el cielo desde sus migajas, cuajando el trecho virginal del silencio en un golpe incesante de dolorosa expectación. Las campanadas del reloj de la iglesia estallaron como rocas de lava impulsadora: era la medianoche.
En ese momento algo parecía inquietarse algo comenzaba a despertarse. El sueño tácito de los olmos diabólicos comenzaba a terminar la débil ecuación de los suelos cadavéricos empezaba a descuadrar. Algo decía, algo gritaba, algo se agitaba ¿Será? ¿Será él? ¡Si! ¡Es él! ¡Despertó!...es ¡El demonio del Monte Pelado!
¡Enorme! ¡Implacable! ¡Aterrador! Ese era el demonio gigantesco que miles de años atrás los sacerdotes del sol vencieron en sagrada batalla. Cubierto de fuego, humo inmundo, brillo abismal salió de las entrañas del monte abriendo sus alas de dragón y sus brazos al horizonte inmóvil y aterrado. Sus alas absorbieron la energía de la maldad y su cuerpo entero emergió de las cenizas arteriales de la sangre y savia del mundo. Su mirada cosechaba el pecado y el castigo eterno; su color condensaba los millares de noches de la tierra; sus brazos poderosos torneaban al aire con la violencia que el terror y la debilidad otorgan.
Y allí, el demonio observó el cementerio. Y como hombre sádico royendo a su victima femenina, su mirada devoró de placer sus predios, feliz de encontrar una falaz golosina en la cual saciar su vicio de terror.
Abrió sus enormes garras y cavó la tierra santa en suposición, destruyendo lápidas, flores, imágenes, urnas, panteones, tapias y todo lo que en el lugar se edificaba. De pronto, los huesos y carnes pútridas regadas despertaron. Un soplo, un respiro, como agua deseada en el desierto como barco a los náufragos como sexo a los deseados ese suspiro de vida anhelado se les otorgó a los cadáveres. Uno a uno, emergían de la destrucción: manos naciendo de la tierra, fantasmas de humo blanco renaciendo, calaveras sonreídas, esqueletos levitando todo un frenesí de vida entre las hiedras invioladas de la tierra mortal. Despertaron y comenzaron a volar, al son del ritmo cínico y exasperante del Demonio Negro, todos ellos, fantasmas de la muerte vencida, hombres, mujeres, niños, capitanes con sus caballos resucitados, labradores con sus hoces renovadas, payasos con sus muecas infernales, prostitutas con su insolencia fantasmal, entes con sus cuernos de Aries, niños malditos, mujeres asesinas todos los cadáveres danzando y retozando en el aire, sobre los olmos, entre los ladrillos grises y dorados gritando alegres, haciendo fiesta una orgía palpitante, cual pesadilla espantosa de hombres y bestias desequilibradas.
Aquellos reían, estos danzaban, los otros bebían, todos enloquecían, en enorme divinidad sangrienta por sobre los valles inmunes de la ciudad. El monte Pelado se había coronado de muerte y horror, mientras el gran Demonio se deleitaba con su creación, cuyos entes, espantos y ánimas, revoloteaban a su alrededor en círculos salvajes y blancuzca apariencia. Los cadáveres y fantasmas danzaban en fila, algunos ordenados y felices, otros a su desorden y antojo cruzando los valles, espiando cuevas, vadeando ríos, con la música grotesca de sus huesos y cadenas; gritaban y celebraban entre los cedros, nogales y troncos muertos del bosque, violaban la pureza del agua, esparcian la ceniza infernal entre la hierba. Los animales nocturnos escapaban del influjo de la inmortalidad, del miedo y la agitación. El gran Demonio del Monte Pelado crecía en poder, fuerza, energía de muerte, horror; su risa profunda explotó en los valles como trueno enturbiarte de miedo y desesperanza.
De pronto, el mismo sonido metálico esas ondas de filo cortante, detuvieron secamente la orgía del Hades. Un conjunto de esos sonidos, rompieron la alegría cual batallón de guerra sobre los campos de Extremadura. Eran las mismas campanadas que horas antes despertaron el frenesí demoníaco pero esta vez para anunciar el amanecer: la hora del hombre.
El Demonio, como ensordecido, cubrió sus oídos, casi desesperado, y desapareció en el cráter que su enorme mole hubo abierto en la tierra en descanso; sus humos y fuegos se apagaron y extinguieron penosamente. Entonces, la fiesta concluyó. Los cadáveres y fantasmas retornaron pesadamente a sus aposentos. Las danzas macabras quedaron lejanas, simples, como rumores del viento oriental, como simple frío de amanecer, como murmullo tímido de árboles y pájaros despiertos. Las urnas se enterraron, los ángeles se posaron, las vírgenes oraron, los panteones se levantaron. El sol despuntó, dando a los círculos llameantes de los fuegos otoñales la paz del amanecer. Al fin, el cementerio durmió su quietud mortal, edificado como costumbre en entes espirituales, preparado como siempre para flores, llantos y dolor. Paz, serenidad, dolor y suave imponencia.
Tal era el cementerio de la ciudad. Vencido y dormido. Abandonado ante la ferocidad y grandeza del hombre, el peor de los demonios.
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