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Una historia como muchas

Anave

Poeta asiduo al portal
El está muerto... muerto... muerto...
Lo repito una y otra vez tratando de que tenga significado. Es en vano...
No significa nada. Es como leer la historia de un desconocido en el periódico de la mañana.
Empecé a escribir por él allá, al principio de mi propia historia: de esa historia que todos vamos creando por el simple hecho de vivir. Escribía de sus ojos, de su voz... Todas esas palabras en realidad no decían nada de él, como tantos otros poemas de amor. Si reflejaban algo, quizás solo eran mis propios sueños, mis deseos de niña tímida y fea de encontrar el amor.
Pero él nunca me dió amor. Se frotaba contra mí mientras jadeaba tras la puerta de la sacristía, sudando por apurar el éxtasis y se marchaba llevándose un pedazo de mi inocencia y de mi vida. Luego ofrecía ante el altar el sacrificio del Hijo de Dios y yo me afanaba buscando a Jesús sin encontrarlo en algún ríncón del templo y del altar, quizás en el Sagrario o en la hostia consagrada o en mi mismo interior.

Si el diablo existe estaba en sus ojos. En ese entonces era fuego como el del infierno, que abraza sin quemar, que engulle sin matar, que te aleja y te atrae en un juego siniestro.

Por ese entonces descubrí que yo también tenía ese aldo oscuro, esa parte oculta y fascinante que es espíritu y es carne, que es sombra que se oculta tras esa máscara que nos ponemos todos los días.

Oh, que agradecida estoy de haber conocido entonces el abuso, la infamia, el deseo y la estupidez de un "hombre de Dios". ¡Qué alto precio pagó él por ello!. Su fuego lo quemó, se quedó vacío, se volvió un viejo decrépito, con el corazón seco, que se murió encerrado como un animal salvaje, ahogado en su propia soledad, en su propio vicio... acreedor a la segunda muerte. Habrá ya muerto mil veces antes de la primera.

Así que por él estoy aquí de nuevo. Después de años de búsqueda me doy cuenta que es desde mi propia oscuridad desde donde puedo ver mejor, desde donde todas las cosas toman su justo sentido. Me alegro que esté muerto. Puedo ver así el fin de su historia.

Me pregunto cuántas vidas como la mía dejó marcadas. ¿Tendrán todas un feliz final? Lo dudo. Tiene su mérito al fin de cuentas transformar tantas historias. Es que acaso la vida tiene sentido sin ese colorido que le dan los hechos trágicos. He ahí el claroscuro que hace que la existencia de mortales comunes y corrientes tengan el volumen para ser algo más que anonimato y se transformen en novelas, en películas, en best sellers. Aunque sumarse a la lista de los mil vejados, violados, abusados es pan de todos los días, quitarse la máscara es lo que cuenta.
 
El está muerto... muerto... muerto...
Lo repito una y otra vez tratando de que tenga significado. Es en vano...
No significa nada. Es como leer la historia de un desconocido en el periódico de la mañana.
Empecé a escribir por él allá, al principio de mi propia historia: de esa historia que todos vamos creando por el simple hecho de vivir. Escribía de sus ojos, de su voz... Todas esas palabras en realidad no decían nada de él, como tantos otros poemas de amor. Si reflejaban algo, quizás solo eran mis propios sueños, mis deseos de niña tímida y fea de encontrar el amor.
Pero él nunca me dió amor. Se frotaba contra mí mientras jadeaba tras la puerta de la sacristía, sudando por apurar el éxtasis y se marchaba llevándose un pedazo de mi inocencia y de mi vida. Luego ofrecía ante el altar el sacrificio del Hijo de Dios y yo me afanaba buscando a Jesús sin encontrarlo en algún ríncón del templo y del altar, quizás en el Sagrario o en la hostia consagrada o en mi mismo interior.

Si el diablo existe estaba en sus ojos. En ese entonces era fuego como el del infierno, que abraza sin quemar, que engulle sin matar, que te aleja y te atrae en un juego siniestro.

Por ese entonces descubrí que yo también tenía ese aldo oscuro, esa parte oculta y fascinante que es espíritu y es carne, que es sombra que se oculta tras esa máscara que nos ponemos todos los días.

Oh, que agradecida estoy de haber conocido entonces el abuso, la infamia, el deseo y la estupidez de un "hombre de Dios". ¡Qué alto precio pagó él por ello!. Su fuego lo quemó, se quedó vacío, se volvió un viejo decrépito, con el corazón seco, que se murió encerrado como un animal salvaje, ahogado en su propia soledad, en su propio vicio... acreedor a la segunda muerte. Habrá ya muerto mil veces antes de la primera.

Así que por él estoy aquí de nuevo. Después de años de búsqueda me doy cuenta que es desde mi propia oscuridad desde donde puedo ver mejor, desde donde todas las cosas toman su justo sentido. Me alegro que esté muerto. Puedo ver así el fin de su historia.

Me pregunto cuántas vidas como la mía dejó marcadas. ¿Tendrán todas un feliz final? Lo dudo. Tiene su mérito al fin de cuentas transformar tantas historias. Es que acaso la vida tiene sentido sin ese colorido que le dan los hechos trágicos. He ahí el claroscuro que hace que la existencia de mortales comunes y corrientes tengan el volumen para ser algo más que anonimato y se transformen en novelas, en películas, en best sellers. Aunque sumarse a la lista de los mil vejados, violados, abusados es pan de todos los días, quitarse la máscara es lo que cuenta.
Ignoro si esto es vivencial o solo una narrativa, pero me has estremecido. Este escrito es, sencillamente una descarga de sentimientos, de filosofia, de tantas cosas, nunca crei que no encontrara las palabras para expresar lo que siento. Mis respetos para tu pluma y para tu valentia. Sinceramente: ISABEL
 
y no deja de sorprender tu pluma, valientes palabras y valiente escritora.
un fuerte abrazo,
silvia
 
El está muerto... muerto... muerto...
Lo repito una y otra vez tratando de que tenga significado. Es en vano...
No significa nada. Es como leer la historia de un desconocido en el periódico de la mañana.
Empecé a escribir por él allá, al principio de mi propia historia: de esa historia que todos vamos creando por el simple hecho de vivir. Escribía de sus ojos, de su voz... Todas esas palabras en realidad no decían nada de él, como tantos otros poemas de amor. Si reflejaban algo, quizás solo eran mis propios sueños, mis deseos de niña tímida y fea de encontrar el amor.
Pero él nunca me dió amor. Se frotaba contra mí mientras jadeaba tras la puerta de la sacristía, sudando por apurar el éxtasis y se marchaba llevándose un pedazo de mi inocencia y de mi vida. Luego ofrecía ante el altar el sacrificio del Hijo de Dios y yo me afanaba buscando a Jesús sin encontrarlo en algún ríncón del templo y del altar, quizás en el Sagrario o en la hostia consagrada o en mi mismo interior.

Si el diablo existe estaba en sus ojos. En ese entonces era fuego como el del infierno, que abraza sin quemar, que engulle sin matar, que te aleja y te atrae en un juego siniestro.

Por ese entonces descubrí que yo también tenía ese aldo oscuro, esa parte oculta y fascinante que es espíritu y es carne, que es sombra que se oculta tras esa máscara que nos ponemos todos los días.

Oh, que agradecida estoy de haber conocido entonces el abuso, la infamia, el deseo y la estupidez de un "hombre de Dios". ¡Qué alto precio pagó él por ello!. Su fuego lo quemó, se quedó vacío, se volvió un viejo decrépito, con el corazón seco, que se murió encerrado como un animal salvaje, ahogado en su propia soledad, en su propio vicio... acreedor a la segunda muerte. Habrá ya muerto mil veces antes de la primera.

Así que por él estoy aquí de nuevo. Después de años de búsqueda me doy cuenta que es desde mi propia oscuridad desde donde puedo ver mejor, desde donde todas las cosas toman su justo sentido. Me alegro que esté muerto. Puedo ver así el fin de su historia.

Me pregunto cuántas vidas como la mía dejó marcadas. ¿Tendrán todas un feliz final? Lo dudo. Tiene su mérito al fin de cuentas transformar tantas historias. Es que acaso la vida tiene sentido sin ese colorido que le dan los hechos trágicos. He ahí el claroscuro que hace que la existencia de mortales comunes y corrientes tengan el volumen para ser algo más que anonimato y se transformen en novelas, en películas, en best sellers. Aunque sumarse a la lista de los mil vejados, violados, abusados es pan de todos los días, quitarse la máscara es lo que cuenta.
una prosa excelente! buen cierre!
 
te felicito por tu valentia, seres despreciable como el de tu narrativa, no merecen vivir. me uno a tu alegria, su muerte... arranco una sonrisa en mi
 
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