RamónL
Poeta recién llegado
Mi nombre es Ramón López Morales, soy un enfermo de IRC y estuve en el programa de diálisis.
¿Qué es la diálisis?
Bueno, es un catéter que va introducido en el peritoneo, que es una capa del estomago. Por medio de este catéter se realizan los recambios de un líquido especial que sirve para sacar algunas toxinas que el cuerpo no puede eliminar. En otras palabras, la diálisis es una tripa que te meten en la panza donde se hacen cambios de una agüita que te ayuda a no sentirte tan mal. La diálisis suple un poco la función de los riñones. IRC significa: Insuficiencia Renal Crónica, es decir, mis riñones ya no me funcionan correctamente y necesito la diálisis para poder desechar lo que ellos ya no pueden.
La IRC es una enfermedad grave. Te puede conducir a la muerte si no te atiendes como es debido, de hecho mucha gente fallece por esta causa. Ésta enfermedad no se cura con pastillas ni con inyecciones y la diálisis es sólo algo, vamos a decir, temporal, ya que el método adecuado sería el transplante, ya sea de un donador vivo o de cadáver.
Ya hace más de un año que supe de mi enfermedad. Se me descubrió anemia en un análisis de sangre que me hicieron con la intención de donarle a un primo. Los niveles de hemoglobina apenas si llegaban al 8.3 cuando en un hombre, normalmente, es de 12 a 17. De ahí en adelante se sucedieron los exámenes, primero para confirmar la enfermedad, luego para prepararme para el transplante.
En mi primer cita con el nefrólogo, éste, al ver mis exámenes, me dijo que mis riñones ya no funcionaban, en ese momento se me vinieron mil preguntas a la mente, pero no lograba expresarlas con claridad.
¿Por qué tengo esta enfermedad, qué me hizo mal?
Tu enfermedad es llamada Insuficiencia Renal Crónica y, como lo indica su nombre, el daño sufrido por tus riñones es algo que te viene de mucho tiempo atrás, hablamos de años. ¿Por qué se te dañaron? Se encogió de hombros, no lo sé. Para saberlo sería necesario hacerte una biopsia, que consiste en tomar un pequeño fragmento de los órganos en cuestión y analizarlos, pero esto es irrelevante, el daño esta presente y nada podemos hacer para revertirlo.
¿Y ahora qué, doctor?
Se tienen que realizar una serie de exámenes para prepararte para el trasplante.
¿No hay otra forma que no sea el trasplante?
Existe la diálisis, pero ésta solo te ayudaría un poco. La solución definitiva es el trasplante.
¿Y si no se me hiciera el trasplante?
La enfermedad progresaría y comenzarías con más problemas, calambres, falta de apetito, debilidad, daño al corazón por hipertensión, etc. La IRC es irreversible, tus riñones se están encogiendo y éstos no pueden regenerarse. La decisión es tuya, pero es mi deber decirte que, si no te atiendes...
El doctor guardó silencio y me miró fijamente, en mi mente terminé la frase que el galeno dejó inconclusa y esta me perseguiría durante el resto de la semana.
Voy a morir.
Al salir de la consulta me sentí muy intranquilo.
¿Cómo es posible que yo tenga esta enfermedad? pensé. Si yo me siento bien además, soy muy joven, ¡Solo tengo 25 años! ¿Y si el doctor se equivocó?
Tenía que asegurarme y de esta manera comencé a ver a varios doctores, algunos particulares, algunos del IMSS. Todos coincidían con el mismo diagnostico: IRC, y en la misma solución: trasplante.
Yo no quería aceptar mi enfermedad. Dejé mis consultas en el IMSS para tratar con algún tipo de medicina alternativa. Pero a fin de cuentas, nada me sirvió. Mis niveles de creatinina seguían en aumento. Me comencé a sentir mal. Sentía hambre, pero al llegar a la mesa y observar la comida se me quitaba el apetito y solo sentía un desgano general que no podía evitar. Me cansaba mucho y más rápido que de costumbre y lo peor fue que comencé a sentir que me faltaba el aire, como si me estuviera sofocando. Eran unas opresiones en el pecho que no me permitían respirar bien y que me hacían sentir mucha desesperación. Aparecían de pronto hasta que, al cabo de unos 10 minutos, volvía a controlarme.
Durante este tiempo probé una medicina homeopática especial para los riñones que, según la persona que me lo recetó, me restauraría mis órganos dañados. Ya en otra ocasión, otra homeópata me recomendó que ya no le diera mas vueltas al asunto, que considerara muy seriamente el transplante. Una vez más, no quise hacer caso. Al tratar con el medicamento que mencioné anteriormente, me hice la ilusión de que realmente iba mejorando: a propósito ignoraba los síntomas que mi cuerpo me decía hasta que me hice unos análisis de sangre, la creatinina ya llegaba a los 12 puntos siendo que normalmente es menor a 1.5.
Mi ilusión se acabó. Como la arremetida de un toro furioso sentí de golpe y a la vez todas mis molestias: el cansancio, el desgano por los alimentos, la opresión en el pecho. Mi mundo se hizo cada vez más pequeño, me invadieron una desesperación y un desconsuelo enormes; perdí la esperanza.
Pocos días después conseguí que me reiniciaran mis citas con el nefrólogo quien, al ver mis estudios, me explicó que ya no había otro camino más que dializarme para mantenerme estable mientras se realizaba el protocolo para el transplante.
Tenemos que dializarte para así poder continuar con los exámenes. Hay que realizar muchas pruebas y eso es tardado, pero la última palabra la tienes tú. Si no quieres la diálisis, bueno, los riesgos ya los conoces. No eres la primera ni la ultima persona que sufre de esta enfermedad. En mi experiencia como nefrólogo he tratado desde bebes, hasta adultos. La IRC es un padecimiento muy común en México. El IMSS ya tiene casi 25 años de experiencia en trasplantes renales. En fin, nuevamente te pregunto, ¿Quieres continuar con la diálisis ó no? La respuesta sólo la tienes tú.
Miré al doctor y luego bajé la vista, afirmé con la cabeza sin decir palabra. Él medico, al entender mi aprobación, tomó unos papales y comenzó a escribir mis datos para internarme ese mismo día, era un viernes.
Me hospitalizaron por la tarde, pero como hubo algunos contratiempos debido a que se presentaron algunas cirugías de emergencia, me operaron hasta el martes.
Durante el tiempo que estuve en espera pensé mucho en mi situación.
¿Qué hice mal, en qué me equivoqué? ¿Porqué yo? Me cuestionaba y a la vez trataba de darle un sentido a lo que me sucedía. Si yo casi ni bebo licor o cerveza, solo muy de vez en cuando pero, bueno, el doctor me dijo que esto me ocurrió desde chico, hace años, y hasta ahora se me agudizó.
Mucha gente me visitó mientras estuve en cama, prácticamente tenía compañía todo el día, ya fueran mis padres y hermanos, mi esposa, tíos, primos, abuelos y amigos. A ellos y a todos los que se acordaron de mí en sus oraciones, les doy las gracias, porque, ¿saben? las cosas materiales se pueden pagar pero, ¿cómo pagarle a alguien que de buena fe eleva una oración al cielo pidiendo por ti?
Todas estas personas me daban ánimos y fuerzas para seguir adelante, algunos con palabras, otros con su presencia, todos con sus oraciones.
Y se llegó el momento. Me llevaron al quirófano y me prepararon, me pusieron anestesia local, la mentada raquea, después sentí mucho hormigueo en mis piernas y a los pocos segundos, la mitad de mi cuerpo se había entumecido. Comenzó la operación. Solo sentí una serie de jalones en el estomago, algunos suaves otros muy bruscos.
Después de varios minutos todo terminó y comenzó la convalecencia.
Al terminar el efecto de la anestesia me regresaron a mi cama y, al paso de unas horas, me llevaron al área de diálisis, es ahí donde se hacen los recambios. El hecho de que se hagan aparte es porque se necesita mucha limpieza e higiene. En fin, después de unos días me dieron de alta y volví a casa donde ya me esperaban mis padres y hermanos y fue hasta entonces que pude ver nuevamente a mi niño de dos años, quien se encontraba muy desconcertado porque pasaron varios días sin que me viera y, ahora que lo hacia, parecía tener algo de timidez al acercarse a mí.
En cuanto pude moverme sin dificultad fui, junto con mi esposa, a una iglesia a agradecerle a Dios el que todo saliera bien, aunque en el fondo aun no me hacia a la idea del transplante y de agradecimiento, paso a ser interrogatorio:
Señor, ¿por qué me pasó esto a mí, en que me equivoqué, porque permitiste que me sucediera esto? Ahora, ¿qué va a pasar conmigo, qué voy a hacer?
Al termino de la misa, mi esposa y yo nos dirigimos a la casa de mis padres donde aguardaba mi niño y fue entonces que Dios, en la forma de mi hijo quien llego corriendo muy sonriente a mí abrazándome y besándome, contestó a todas mis interrogantes y nuevamente di gracias al Señor.
Gracias por mi enfermedad. Gracias, Dios, por ser yo quien la padece y no mi niño, mi esposa, padres o hermanos. Te agradezco Señor, con todo mi corazón, que mi hijo este sano y que me permitas verlo jugar y reír.
Yo aun no sé que será de mí pero ¿Quién lo sabe? ¡Nadie! Nadie tiene la certeza de lo que le va a pasar mañana o en un año y eso es hermoso, porque tenemos así la esperanza en cada día que vivimos.
Por mi parte, solo le pido a Dios que me dé valor y fuerza para afrontar lo que venga y resignación para aceptarlo.
No me puedo rendir, no me debo dar por vencido, tengo que seguir adelante por mi hijo, para poder verlo crecer y estar ahí para él hasta que Dios quiera... y espero que quiera permitirnos vivir con salud por muchos años.
Tenemos que seguir adelante, porque ya lo dijo Dios:
Échale ganas, mi hermano, porque si tú lo haces, yo también por ti lo haré.
¿Qué es la diálisis?
Bueno, es un catéter que va introducido en el peritoneo, que es una capa del estomago. Por medio de este catéter se realizan los recambios de un líquido especial que sirve para sacar algunas toxinas que el cuerpo no puede eliminar. En otras palabras, la diálisis es una tripa que te meten en la panza donde se hacen cambios de una agüita que te ayuda a no sentirte tan mal. La diálisis suple un poco la función de los riñones. IRC significa: Insuficiencia Renal Crónica, es decir, mis riñones ya no me funcionan correctamente y necesito la diálisis para poder desechar lo que ellos ya no pueden.
La IRC es una enfermedad grave. Te puede conducir a la muerte si no te atiendes como es debido, de hecho mucha gente fallece por esta causa. Ésta enfermedad no se cura con pastillas ni con inyecciones y la diálisis es sólo algo, vamos a decir, temporal, ya que el método adecuado sería el transplante, ya sea de un donador vivo o de cadáver.
Ya hace más de un año que supe de mi enfermedad. Se me descubrió anemia en un análisis de sangre que me hicieron con la intención de donarle a un primo. Los niveles de hemoglobina apenas si llegaban al 8.3 cuando en un hombre, normalmente, es de 12 a 17. De ahí en adelante se sucedieron los exámenes, primero para confirmar la enfermedad, luego para prepararme para el transplante.
En mi primer cita con el nefrólogo, éste, al ver mis exámenes, me dijo que mis riñones ya no funcionaban, en ese momento se me vinieron mil preguntas a la mente, pero no lograba expresarlas con claridad.
¿Por qué tengo esta enfermedad, qué me hizo mal?
Tu enfermedad es llamada Insuficiencia Renal Crónica y, como lo indica su nombre, el daño sufrido por tus riñones es algo que te viene de mucho tiempo atrás, hablamos de años. ¿Por qué se te dañaron? Se encogió de hombros, no lo sé. Para saberlo sería necesario hacerte una biopsia, que consiste en tomar un pequeño fragmento de los órganos en cuestión y analizarlos, pero esto es irrelevante, el daño esta presente y nada podemos hacer para revertirlo.
¿Y ahora qué, doctor?
Se tienen que realizar una serie de exámenes para prepararte para el trasplante.
¿No hay otra forma que no sea el trasplante?
Existe la diálisis, pero ésta solo te ayudaría un poco. La solución definitiva es el trasplante.
¿Y si no se me hiciera el trasplante?
La enfermedad progresaría y comenzarías con más problemas, calambres, falta de apetito, debilidad, daño al corazón por hipertensión, etc. La IRC es irreversible, tus riñones se están encogiendo y éstos no pueden regenerarse. La decisión es tuya, pero es mi deber decirte que, si no te atiendes...
El doctor guardó silencio y me miró fijamente, en mi mente terminé la frase que el galeno dejó inconclusa y esta me perseguiría durante el resto de la semana.
Voy a morir.
Al salir de la consulta me sentí muy intranquilo.
¿Cómo es posible que yo tenga esta enfermedad? pensé. Si yo me siento bien además, soy muy joven, ¡Solo tengo 25 años! ¿Y si el doctor se equivocó?
Tenía que asegurarme y de esta manera comencé a ver a varios doctores, algunos particulares, algunos del IMSS. Todos coincidían con el mismo diagnostico: IRC, y en la misma solución: trasplante.
Yo no quería aceptar mi enfermedad. Dejé mis consultas en el IMSS para tratar con algún tipo de medicina alternativa. Pero a fin de cuentas, nada me sirvió. Mis niveles de creatinina seguían en aumento. Me comencé a sentir mal. Sentía hambre, pero al llegar a la mesa y observar la comida se me quitaba el apetito y solo sentía un desgano general que no podía evitar. Me cansaba mucho y más rápido que de costumbre y lo peor fue que comencé a sentir que me faltaba el aire, como si me estuviera sofocando. Eran unas opresiones en el pecho que no me permitían respirar bien y que me hacían sentir mucha desesperación. Aparecían de pronto hasta que, al cabo de unos 10 minutos, volvía a controlarme.
Durante este tiempo probé una medicina homeopática especial para los riñones que, según la persona que me lo recetó, me restauraría mis órganos dañados. Ya en otra ocasión, otra homeópata me recomendó que ya no le diera mas vueltas al asunto, que considerara muy seriamente el transplante. Una vez más, no quise hacer caso. Al tratar con el medicamento que mencioné anteriormente, me hice la ilusión de que realmente iba mejorando: a propósito ignoraba los síntomas que mi cuerpo me decía hasta que me hice unos análisis de sangre, la creatinina ya llegaba a los 12 puntos siendo que normalmente es menor a 1.5.
Mi ilusión se acabó. Como la arremetida de un toro furioso sentí de golpe y a la vez todas mis molestias: el cansancio, el desgano por los alimentos, la opresión en el pecho. Mi mundo se hizo cada vez más pequeño, me invadieron una desesperación y un desconsuelo enormes; perdí la esperanza.
Pocos días después conseguí que me reiniciaran mis citas con el nefrólogo quien, al ver mis estudios, me explicó que ya no había otro camino más que dializarme para mantenerme estable mientras se realizaba el protocolo para el transplante.
Tenemos que dializarte para así poder continuar con los exámenes. Hay que realizar muchas pruebas y eso es tardado, pero la última palabra la tienes tú. Si no quieres la diálisis, bueno, los riesgos ya los conoces. No eres la primera ni la ultima persona que sufre de esta enfermedad. En mi experiencia como nefrólogo he tratado desde bebes, hasta adultos. La IRC es un padecimiento muy común en México. El IMSS ya tiene casi 25 años de experiencia en trasplantes renales. En fin, nuevamente te pregunto, ¿Quieres continuar con la diálisis ó no? La respuesta sólo la tienes tú.
Miré al doctor y luego bajé la vista, afirmé con la cabeza sin decir palabra. Él medico, al entender mi aprobación, tomó unos papales y comenzó a escribir mis datos para internarme ese mismo día, era un viernes.
Me hospitalizaron por la tarde, pero como hubo algunos contratiempos debido a que se presentaron algunas cirugías de emergencia, me operaron hasta el martes.
Durante el tiempo que estuve en espera pensé mucho en mi situación.
¿Qué hice mal, en qué me equivoqué? ¿Porqué yo? Me cuestionaba y a la vez trataba de darle un sentido a lo que me sucedía. Si yo casi ni bebo licor o cerveza, solo muy de vez en cuando pero, bueno, el doctor me dijo que esto me ocurrió desde chico, hace años, y hasta ahora se me agudizó.
Mucha gente me visitó mientras estuve en cama, prácticamente tenía compañía todo el día, ya fueran mis padres y hermanos, mi esposa, tíos, primos, abuelos y amigos. A ellos y a todos los que se acordaron de mí en sus oraciones, les doy las gracias, porque, ¿saben? las cosas materiales se pueden pagar pero, ¿cómo pagarle a alguien que de buena fe eleva una oración al cielo pidiendo por ti?
Todas estas personas me daban ánimos y fuerzas para seguir adelante, algunos con palabras, otros con su presencia, todos con sus oraciones.
Y se llegó el momento. Me llevaron al quirófano y me prepararon, me pusieron anestesia local, la mentada raquea, después sentí mucho hormigueo en mis piernas y a los pocos segundos, la mitad de mi cuerpo se había entumecido. Comenzó la operación. Solo sentí una serie de jalones en el estomago, algunos suaves otros muy bruscos.
Después de varios minutos todo terminó y comenzó la convalecencia.
Al terminar el efecto de la anestesia me regresaron a mi cama y, al paso de unas horas, me llevaron al área de diálisis, es ahí donde se hacen los recambios. El hecho de que se hagan aparte es porque se necesita mucha limpieza e higiene. En fin, después de unos días me dieron de alta y volví a casa donde ya me esperaban mis padres y hermanos y fue hasta entonces que pude ver nuevamente a mi niño de dos años, quien se encontraba muy desconcertado porque pasaron varios días sin que me viera y, ahora que lo hacia, parecía tener algo de timidez al acercarse a mí.
En cuanto pude moverme sin dificultad fui, junto con mi esposa, a una iglesia a agradecerle a Dios el que todo saliera bien, aunque en el fondo aun no me hacia a la idea del transplante y de agradecimiento, paso a ser interrogatorio:
Señor, ¿por qué me pasó esto a mí, en que me equivoqué, porque permitiste que me sucediera esto? Ahora, ¿qué va a pasar conmigo, qué voy a hacer?
Al termino de la misa, mi esposa y yo nos dirigimos a la casa de mis padres donde aguardaba mi niño y fue entonces que Dios, en la forma de mi hijo quien llego corriendo muy sonriente a mí abrazándome y besándome, contestó a todas mis interrogantes y nuevamente di gracias al Señor.
Gracias por mi enfermedad. Gracias, Dios, por ser yo quien la padece y no mi niño, mi esposa, padres o hermanos. Te agradezco Señor, con todo mi corazón, que mi hijo este sano y que me permitas verlo jugar y reír.
Yo aun no sé que será de mí pero ¿Quién lo sabe? ¡Nadie! Nadie tiene la certeza de lo que le va a pasar mañana o en un año y eso es hermoso, porque tenemos así la esperanza en cada día que vivimos.
Por mi parte, solo le pido a Dios que me dé valor y fuerza para afrontar lo que venga y resignación para aceptarlo.
No me puedo rendir, no me debo dar por vencido, tengo que seguir adelante por mi hijo, para poder verlo crecer y estar ahí para él hasta que Dios quiera... y espero que quiera permitirnos vivir con salud por muchos años.
Tenemos que seguir adelante, porque ya lo dijo Dios:
Échale ganas, mi hermano, porque si tú lo haces, yo también por ti lo haré.