Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Los pájaros se evaporan en el alambre
pero la mancha cian de su canción
se mantiene en el aire circunspecto
que escarcha el vaho de los cristales
y la ventana revienta hacia dentro;
la ciudad en fino polvo de osamenta toma posesión de la casa
que ya no puede subir la escalera,
el Metro serpea bajo la alfombra del Sahara,
el gato huye de la aspiradora que suspira,
el pulso de la prisa y del mercado toca el techo
y el sol no se detiene cuando la hora le hace la parada;
la pis y el llanto son delegados al grifo
donde los peces nadan donde lloran donde beben donde cagan,
las tripas gordas se comen a las tripas flacas
y hay desabasto de hambre entre los muertos
que intentan cruzar a vuelo de brazos las fronteras apátridas
y se topan con la pantalla del teléfono puesto bocabajo
en el fondo del río Grande bajo la lámpara sobre la mesa
al lado del colchón del cuarto en medio de la nada;
las galletas de óxido roen mis dientes, la puerta cruje,
el día cincuenta del invierno tira de la cobija,
mis vertebras se alinean con el lumbago de Acuario;
camino por el derrumbe con un pie en la pantufla
y el otro pie de palo por las ramas de su sombra
y el otro pie hundido en el culo de quien me vende
una enciclopedia de mitología hebrea tres en uno;
mientras vuelvo a pintar los pájaros en los cables,
las hebras de su canto limpian el cerumen de las nubes,
el azul se cuelga de los papalotes del levante
y la ciudad finalmente arde lo más lejos sus legañas de ángeles;
de vuelta a la cocina, la tranquilidad me inquieta
cuando, necio, me preguto ¿hasta cuándo?
Un vaso de leche volcado en el mantel,
huellas felinas con adn de vaca pasterizada;
el gato ha vuelto y se ha comido la rosquilla
dejando para mí solo el agujero de azúcar
por donde asoma sus narices una rata...
pero la mancha cian de su canción
se mantiene en el aire circunspecto
que escarcha el vaho de los cristales
y la ventana revienta hacia dentro;
la ciudad en fino polvo de osamenta toma posesión de la casa
que ya no puede subir la escalera,
el Metro serpea bajo la alfombra del Sahara,
el gato huye de la aspiradora que suspira,
el pulso de la prisa y del mercado toca el techo
y el sol no se detiene cuando la hora le hace la parada;
la pis y el llanto son delegados al grifo
donde los peces nadan donde lloran donde beben donde cagan,
las tripas gordas se comen a las tripas flacas
y hay desabasto de hambre entre los muertos
que intentan cruzar a vuelo de brazos las fronteras apátridas
y se topan con la pantalla del teléfono puesto bocabajo
en el fondo del río Grande bajo la lámpara sobre la mesa
al lado del colchón del cuarto en medio de la nada;
las galletas de óxido roen mis dientes, la puerta cruje,
el día cincuenta del invierno tira de la cobija,
mis vertebras se alinean con el lumbago de Acuario;
camino por el derrumbe con un pie en la pantufla
y el otro pie de palo por las ramas de su sombra
y el otro pie hundido en el culo de quien me vende
una enciclopedia de mitología hebrea tres en uno;
mientras vuelvo a pintar los pájaros en los cables,
las hebras de su canto limpian el cerumen de las nubes,
el azul se cuelga de los papalotes del levante
y la ciudad finalmente arde lo más lejos sus legañas de ángeles;
de vuelta a la cocina, la tranquilidad me inquieta
cuando, necio, me preguto ¿hasta cuándo?
Un vaso de leche volcado en el mantel,
huellas felinas con adn de vaca pasterizada;
el gato ha vuelto y se ha comido la rosquilla
dejando para mí solo el agujero de azúcar
por donde asoma sus narices una rata...
08 de febrero de 2024