Anave
Poeta asiduo al portal
¿Qué diré?. Se puede vivir con el dolor, ignorarlo, darse la vuelta, no hacerle caso. El dolor fue hecho para prestarle atención. Su objetivo: preservar la especie. Mi monstruo me acompaña. No puedo ignorarlo. Sus agudos colmillos me persiguen y de pronto se clavan en mi carne que se desparrama. Mi sangre se vuelve agua hirviente y me quema por dentro. Y yo sigo. Doy un paso más hacia mi cumbre tan lejana. Un paso a la vez, me digo. Uno solo y ya no más. Trato de creerlo y cuando siento ya he dado cien, pero aun así mi objetivo está tan pero tan lejano. Me pongo a leer sobre sobrevivencia. Steve Callahan sobrevivió 76 días en el mar. Hoy es un héroe. Me siento un poco Callahan y me preparo a sobrevivir un día más, aunque nadie se percate. Trato de no quejarme y de preocuparme por otros, por sus problemas y sus propias luchas. No funciona tan bien como dicen los libros de autoayuda. Hay momentos en que los demás me importan un pepino. Soy egoísta. Me siento egoísta y me deprimo. Luego digo ¡NO! Me olvido de mí y sigo. Veo gente morir a mi alrededor todos los días. Y no con una sonrisa en los labios como en las novelas. Mueren sufriendo. El dolor es parte de la muerte, también la angustia y la desesperación. Me aterro y me arrepiento mil veces de haber estudiado medicina. Mejor fuera psicóloga y así me las vería con ese dolor del que nadie se percata porque el alma no se ve. He pasado un mes en casa y el tener tanto tiempo para pensar parece empeorarlo todo. Sin embargo no quiero volver al hospital. Bueno, quiero y no quiero. Ha sido mi vida en los últimos tres años, si es que se le puede llamar vida a eso de trabajar de sol a sol, dormir apenas, comer apenas, ser humillada a diario y luego de 36 horas sin dormir llegar a casa, besar a mis hijos, sonreír, estudiar, compartir, hacer el amor sin chistar, fingir un orgasmo, sin ni siquiera el consuelo de un buen trago para huir de la realidad. Luego todo eso se une a la satisfacción de haber luchado por la vida, una madre agradecida, un apretón de manos, un abrazo, una palabra de aliento y me derrito, todas las piezas del rompecabezas de mi vida encajan exactamente y quiero seguir aquí, en esta lucha sin fin. Y luego, otra vez, el dolor. ¿Dios? ¿Cuánto hace que dejé de pensar en Dios? Me sorprende que aún lo escribo con mayúscula. Como por casualidad, buscando algo que leer me topo con un libro que compré hace años y nunca leí: El Rabino de Noah Gordon y leo este párrafo: ¿Cómo puede nadie estar seguro de que Dios existe?... Pero
El hombre tiene que tomar una decisión. Acerca de Dios, tú no sabes y no sé. Pero he tomado mi decisión a favor de Dios
Y entonces pienso que sería bueno tomar una decisión. Me considero inteligente pero me dejo llevar por mi corazón que también, creo, es inteligente y me dice que debo votar a favor de Dios. Okay, le respondo, pero eso sí, no me harás asistir a la iglesia. Y en eso, ambos estamos de acuerdo. Mi larga historia con Dios será algún día motivo de un escrito futuro. Ahora vuelvo a prestar atención a lo que no puedo ignorar, mi monstruo personal y la montaña que juntos hemos de escalar
lo veo de reojo y sin dejar que me aterrorice de nuevo le digo: ¡Ea! Vamos, tú y yo, un paso a la vez
y me siento aventurera, como siempre he sido y como siempre quise ser