Hubo un tiempo
en que mi barco llevaba medio océano pegado al cuerpo.
Algas, sal antigua, arreglos mal hechos,
promesas que un día sirvieron
y después solo pesaron.
Navegaba, sí,
pero lenta,
como si el mar tuviera siempre cuesta arriba.
No era cobardía:
era exceso de historia.
Un día el dolor habló claro
y no gritó:
mostró.
Vi la quilla cargada,
el casco endurecido en un costado,
y entendí el miedo al futuro:
no era al agua,
era al peso.
Paré.
No para huir,
sino para limpiar.
Arrancar lo que se había adherido
dolió más que seguir arrastrándolo.
Pero bajo la costra
apareció la forma original del barco,
la que sabe deslizarse
sin pedir viento.
Ahora sé
que incluso la corriente basta
cuando el casco está vivo,
cuando la quilla corta sin violencia
y el timón responde a una mano honesta.
No hay atajos.
Hay atalayas.
Lugares altos donde el miedo
pierde tamaño
y el horizonte recupera voz.
Nadie me preguntó si quería este viaje.
Pero aquí estoy,
con el mando aceptado,
la soledad habitable
y el mar —por fin—
no como amenaza,
sino como conversación.
Y sigo.
No para llegar,
sino porque navegar
ya no me pesa.
04/01/2026
Dikia©
en que mi barco llevaba medio océano pegado al cuerpo.
Algas, sal antigua, arreglos mal hechos,
promesas que un día sirvieron
y después solo pesaron.
Navegaba, sí,
pero lenta,
como si el mar tuviera siempre cuesta arriba.
No era cobardía:
era exceso de historia.
Un día el dolor habló claro
y no gritó:
mostró.
Vi la quilla cargada,
el casco endurecido en un costado,
y entendí el miedo al futuro:
no era al agua,
era al peso.
Paré.
No para huir,
sino para limpiar.
Arrancar lo que se había adherido
dolió más que seguir arrastrándolo.
Pero bajo la costra
apareció la forma original del barco,
la que sabe deslizarse
sin pedir viento.
Ahora sé
que incluso la corriente basta
cuando el casco está vivo,
cuando la quilla corta sin violencia
y el timón responde a una mano honesta.
No hay atajos.
Hay atalayas.
Lugares altos donde el miedo
pierde tamaño
y el horizonte recupera voz.
Nadie me preguntó si quería este viaje.
Pero aquí estoy,
con el mando aceptado,
la soledad habitable
y el mar —por fin—
no como amenaza,
sino como conversación.
Y sigo.
No para llegar,
sino porque navegar
ya no me pesa.
04/01/2026
Dikia©