Martín Renán
Poeta adicto al portal
Ocho mensajes en el teléfono a la hora de salida; miércoles y las horas demás en la autopista; el tráfico lento: un hombre crítica por tradición cómo llegar a casa más temprano, después de trabajar; otro hombre se empeña en dejar dos monedas a un mendigo y a la vez cojo de nacimiento: el pobre hombre le regala una sonrisa de dios mediohumano, mientras, da las gracias.
Un transeúnte cruza la avenida con su pasaporte en la mano en busca de trabajo y no encuentra, más que, un letrero en la puerta
-NO HAY VACANTES EN ESTA FARSA-
Otro hombre, que es extranjero y a la vez profeta, camina por la frontera de los corazones simpáticos: Estira la mano, tiene un trabajo no bien remunerado y sonríe y su sonrisa llega hasta La Lima de los provincianos.
Ya terminada la noche, un ambulante del día anterior, recoge sus espejos y la mitad de su alma en costales rotos; un relojero, también ambulante, mide el tiempo en un reloj de arena de una vieja casona, detrás de una Iglesia peregrina.
Para finalizar, un cura y otros ciento veinte niños rezan a un no sé qué dios Peruano.
Un transeúnte cruza la avenida con su pasaporte en la mano en busca de trabajo y no encuentra, más que, un letrero en la puerta
-NO HAY VACANTES EN ESTA FARSA-
Otro hombre, que es extranjero y a la vez profeta, camina por la frontera de los corazones simpáticos: Estira la mano, tiene un trabajo no bien remunerado y sonríe y su sonrisa llega hasta La Lima de los provincianos.
Ya terminada la noche, un ambulante del día anterior, recoge sus espejos y la mitad de su alma en costales rotos; un relojero, también ambulante, mide el tiempo en un reloj de arena de una vieja casona, detrás de una Iglesia peregrina.
Para finalizar, un cura y otros ciento veinte niños rezan a un no sé qué dios Peruano.