danie
solo un pensamiento...
Donde hacen morada los dioses
y las nubes se filtran en las destiladas utopías
de la oscuridad de las estrellas.
Donde la conciencia camina
sobre la sigilosa penumbra de la noche
y las luces de las luciérnagas
sonríen sobre la memoria del azaroso atardecer.
Un hombre contempla con mirada de cerro
a esos dioses de pañuelos de cielos
que en su tiempo secaron las lágrimas del devenir del ser,
del corazón tiritando
campanadas de una ciudad sin nombre,
pero jamás olvidada en las crónicas
de la templada entereza,
con una historia proscrita
en las páginas de tinta marchita por la mancillada infancia,
la madurez y también las cenizas de la vejez.
Un hombre con mirada de cerro,
del otero franco del cóndor en pleno vuelo,
buscando tal vez esa morada de los dioses
que por alguna razón abandonaron
a los astros y nuestra estoica fe.
Así el secreto se pierde
en las aguas claras de los grisáceos nubarrones,
en los navíos de los ángeles que buscan otro Edén,
pero igual firme esta el hombre
con su encumbrada mirada de cerro
y contempla con el oasis de un sosiego
en sus pupilas
la paz distante de las cordilleras
y sus sueños de acero.
y las nubes se filtran en las destiladas utopías
de la oscuridad de las estrellas.
Donde la conciencia camina
sobre la sigilosa penumbra de la noche
y las luces de las luciérnagas
sonríen sobre la memoria del azaroso atardecer.
Un hombre contempla con mirada de cerro
a esos dioses de pañuelos de cielos
que en su tiempo secaron las lágrimas del devenir del ser,
del corazón tiritando
campanadas de una ciudad sin nombre,
pero jamás olvidada en las crónicas
de la templada entereza,
con una historia proscrita
en las páginas de tinta marchita por la mancillada infancia,
la madurez y también las cenizas de la vejez.
Un hombre con mirada de cerro,
del otero franco del cóndor en pleno vuelo,
buscando tal vez esa morada de los dioses
que por alguna razón abandonaron
a los astros y nuestra estoica fe.
Así el secreto se pierde
en las aguas claras de los grisáceos nubarrones,
en los navíos de los ángeles que buscan otro Edén,
pero igual firme esta el hombre
con su encumbrada mirada de cerro
y contempla con el oasis de un sosiego
en sus pupilas
la paz distante de las cordilleras
y sus sueños de acero.