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Contemplador nocturno de poemas
Hay una calle, casi en el centro de la ciudad, es vieja y es oscura. Corre de norte a sur, es llana pero la pelota rueda sola si se cuela en ella. Apenas la toca el sol, pero en la ciudad nunca hace mucho frío. En esa calle habitan fantasmas y antes había una academia para señoritas.
La calle es como un tenedor al que le falta el diente del centro, tiene un principio y dos finales. Dos entradas y una salida y solo una callejuela la alimenta desde uno de sus costados.
La ciudad es pequeña y casi todos se conocen, pero nadie conoce a nadie que habite en esa calle. Muchos la atraviesan pero ya no hay tiendas ni academia para señoritas. Los fantasmas las cazaron, una a una, a todas, y arruinaron sus vidas, hasta que poco a poco dejaron de ir. Alguien conoce a la última, es seguro, y es de esperar que alguien la quiera, y la ame.
Hay fantasmas casi en todas las casas de esa calle, en los salones, en los sotanos. En las tiendas cerradas, esperando tras el mostrador, en las oscuras tardes del invierno. Fantasmas en la segunda planta, mirando por la ventana, siempre mirando, sin tiempo, sin prisa. Hay fantasmas en el rojo del papel pintado, que cubre las paredes. Sólo se fueron los fantasmas de la academia, o nunca vivieron allí, porque era demasiado triste.
Los fantasmas nunca salen de las casas, nada pueden hacerte si vas de paso, ni tampoco si te detienes, pero entonces te susurran cosas al oído que te provocan escalofríos, y a veces son agradables aunque son malos. Y cuando hacen eso vuelves.
Y cuando vuelves te atrapan, ya no tienen compasion, no les importa lo que digas ni lo que pidas, no tienen corazón, te persigen entre el polvo y te envuelven con las cortinas y hacen que te asfixies pero no te mueres, a veces ya nunca te mueres. Y no conocen tu nombre y si lo descubren es solo una palabra que no saben comprender.
Jadean sin aire y silban. Silban para guiarse y silban con regocijo cuando al fin te atrapan y dejan huellas en el polvo, moviéndose deprisa entre las sombras como insectos que nunca han visto la luz.
Es el final del verano, el último, cuando los días se acortan tanto que casi te olvidas del sol, y ya nadie se acuerda de lo que sucedió antes. Es el pasado, es otra vida.
Dos chicos caminan por la Calle Mayor. Justo en medio de un cruce de calles. Caminan agarrados y él piensa que nunca la soltará. Ella le mira y sonrie, le pregunta algo sin importarle la respuesta, solo quiere oir su voz. Sus ojos son enormes en su carita pequeña, mientras le escucha. Caminan sin miedo hasta que ella tropieza, su tobillo se dobla y el dolor le hace apartar la mirada de él.
Ella tarda un segundo hasta comprender. Y vuelve a mirarle de nuevo sorprendida. Y es en ese momento que por primera vez él piensa que nunca va a permitir que le hagan daño.
- ¿Te has hecho daño?
- El tobillo.
-Dejame verlo, prueba a girarlo. ¿Te duele?
- Un poco. ¡Qué ridículo!
- Prueba a apoyarlo. ¿Te duele?
- Un poco.
- ¿Te duele cuando aprieto?
- Sí.
- ¿Aquí?
- Sí.
- A lo mejor te has hecho un esguince. Pero no lo sé.
Ella suspira.
- Asi parece que vas a pedirme que me case contigo.
- Creo que debería tomarte la mano en lugar del pie.
Rien. Y él piensa que preferiria morirse antes que permitir que le hagan daño. Y entonces piensa que no, que no va a morirse nunca, se va ha quedar a su lado, vivo, para que nadie o nada le haga daño.
- Ven vamos a ese banco, y te sientas, yo ire a casa a por mi moto, luego te llevo a tu casa, o a urgencias lo que tu prefieras.
- No, no quiero quedarme aquí sola.
- No estarás sola, hay mucha gente paseando.
- Pues eso.
- ¿Y entonces que hacemos?, Yo tardo diez minutos en llegar a casa si voy corriendo. Y con la moto menos en volver. -Le da un beso en la mejilla-. Habré vuelto antes de que dejes de sentirlo.
Ella piensa un momento y niega con la cabeza.
- Prefiero ir contigo.
- ¿Seguro?
- Sí
A su izquierda desemboca una calle desierta, así que la toman. Caminan unos metros lentamente. Ella agarrada a su brazo.
- Por aquí, es un atajo.
- ¿Conoces atajos para ir a mi casa?
Giran a la derecha, la calle es muy corta y en seguida giran a la izquierda haciendo una Ele. Pueden ver el final, la calle es mas oscura y la luz de las farolas la hace parecer aun mas estrecha y es fria, lo sienten nada mas entrar en ella, las palabras se prolongan con ecos, y los sonidos de la Calle Mayor no llegan aquí.
Pronto olvidan la extraña sensacion. Mientras caminan no notan que sus pasos no suenan, que sus pasos no cuentan en esta calle.
Los pasos de ella cada vez son mas lentos, mas inseguros. Hasta que al fin se detiene a mitad de la calle, y le mira con dolor.
- No puedo mas.
- Te duele mucho, ¿verdad?
- Sí.
Ella se desplaza hasta apoyar la espalda en la pared de una de las casas. Y él siente algo muy extraño y enfermizo mientras ve como su espalda desnuda se roza contra la pared sucia. Y entonces coge aire y la sensacion se convierte en nausea y en miedo irracional. Él trata de enfrentarlo pero no puede, no puede porque ahora ella le mira, y ella está tranquila, sólo le duele el tobillo. Y él no quiere asustarla porque él quiere que ella sea siempre feliz.
- Te llevaré en brazos, oficial y caballero.
- No, me sentiría como una tonta, si nos ve alguien.
- No hay nadie, sólo hasta el final de la calle, hay mas luz que aquí. Pues te llevo a cuestas y así nos sentiremos tontos los dos.
- No, te espero aquí.
- Por favor Sandra, no quiero dejarte aquí.
Los ojos de él suplican, aunque él no lo sabe. Y ella, al verlo, desde muy dentro comienza a comprender cosas a encajarlas como colores, mientras no deja de mirarle. No siente la pared en su espalda solo ve el fuego frente a ella.
- Me gusta esto, aqui venían mis hermanas.
- ¿Tú tienes hermanas?
- Sí, claro. Tengo una. Lo sabes.
- Sí. Una.
- Una.
- Vamos Sandra no te quedes aquí. Vente conmigo. La moto esta ahí al lado.
Ella niega con la cabeza. Pero no deja de mirarle.
-¿Vas a protegerme siempre? -Ahora son sus ojos los que suplican.
- Siempre.
- ¿Me lo prometes?
- Te lo prometo.
- Siempre. ¿Y cómo lo sabes?
- Vamonos Sandra. el tiempo esta pasando muy deprisa y tú estas muy lejos.
Y él la ve envuelta en la niebla, en la niebla de otro dia y de otra estacion. En la niebla de otra vida que no es la de ella. Ni la de él, una vida que teme aunque no reconoce, ilusiones hechas jirones, decepcion, preguntas que se quedan sin respuesta, dolor sin explicación, sometimiento y aceptación. Y ella está tan lejos. Y él es tan pequeño.
Tiende su mano hacia ella, pero es incapaz de acercarse. Hasta que ella le coge de la mano. La niebla se va.
- Estoy aquí.
- Ya no sé lo que digo, sé que te quiero ahora, no se que sucedera mañana, ni quien seré mañana, pero yo, yo te quiero.
- Iré contigo.
Se agarran los dos, y caminan hacia el final de la calle. Y Sandra será feliz para siempre en cuanto sus pies abandonen aquella calle.
La calle aún sigue un buen rato repitiendo su conversacion, antes de al fin perder el interes y volver a quedar en silencio.
La calle es como un tenedor al que le falta el diente del centro, tiene un principio y dos finales. Dos entradas y una salida y solo una callejuela la alimenta desde uno de sus costados.
La ciudad es pequeña y casi todos se conocen, pero nadie conoce a nadie que habite en esa calle. Muchos la atraviesan pero ya no hay tiendas ni academia para señoritas. Los fantasmas las cazaron, una a una, a todas, y arruinaron sus vidas, hasta que poco a poco dejaron de ir. Alguien conoce a la última, es seguro, y es de esperar que alguien la quiera, y la ame.
Hay fantasmas casi en todas las casas de esa calle, en los salones, en los sotanos. En las tiendas cerradas, esperando tras el mostrador, en las oscuras tardes del invierno. Fantasmas en la segunda planta, mirando por la ventana, siempre mirando, sin tiempo, sin prisa. Hay fantasmas en el rojo del papel pintado, que cubre las paredes. Sólo se fueron los fantasmas de la academia, o nunca vivieron allí, porque era demasiado triste.
Los fantasmas nunca salen de las casas, nada pueden hacerte si vas de paso, ni tampoco si te detienes, pero entonces te susurran cosas al oído que te provocan escalofríos, y a veces son agradables aunque son malos. Y cuando hacen eso vuelves.
Y cuando vuelves te atrapan, ya no tienen compasion, no les importa lo que digas ni lo que pidas, no tienen corazón, te persigen entre el polvo y te envuelven con las cortinas y hacen que te asfixies pero no te mueres, a veces ya nunca te mueres. Y no conocen tu nombre y si lo descubren es solo una palabra que no saben comprender.
Jadean sin aire y silban. Silban para guiarse y silban con regocijo cuando al fin te atrapan y dejan huellas en el polvo, moviéndose deprisa entre las sombras como insectos que nunca han visto la luz.
Es el final del verano, el último, cuando los días se acortan tanto que casi te olvidas del sol, y ya nadie se acuerda de lo que sucedió antes. Es el pasado, es otra vida.
Dos chicos caminan por la Calle Mayor. Justo en medio de un cruce de calles. Caminan agarrados y él piensa que nunca la soltará. Ella le mira y sonrie, le pregunta algo sin importarle la respuesta, solo quiere oir su voz. Sus ojos son enormes en su carita pequeña, mientras le escucha. Caminan sin miedo hasta que ella tropieza, su tobillo se dobla y el dolor le hace apartar la mirada de él.
Ella tarda un segundo hasta comprender. Y vuelve a mirarle de nuevo sorprendida. Y es en ese momento que por primera vez él piensa que nunca va a permitir que le hagan daño.
- ¿Te has hecho daño?
- El tobillo.
-Dejame verlo, prueba a girarlo. ¿Te duele?
- Un poco. ¡Qué ridículo!
- Prueba a apoyarlo. ¿Te duele?
- Un poco.
- ¿Te duele cuando aprieto?
- Sí.
- ¿Aquí?
- Sí.
- A lo mejor te has hecho un esguince. Pero no lo sé.
Ella suspira.
- Asi parece que vas a pedirme que me case contigo.
- Creo que debería tomarte la mano en lugar del pie.
Rien. Y él piensa que preferiria morirse antes que permitir que le hagan daño. Y entonces piensa que no, que no va a morirse nunca, se va ha quedar a su lado, vivo, para que nadie o nada le haga daño.
- Ven vamos a ese banco, y te sientas, yo ire a casa a por mi moto, luego te llevo a tu casa, o a urgencias lo que tu prefieras.
- No, no quiero quedarme aquí sola.
- No estarás sola, hay mucha gente paseando.
- Pues eso.
- ¿Y entonces que hacemos?, Yo tardo diez minutos en llegar a casa si voy corriendo. Y con la moto menos en volver. -Le da un beso en la mejilla-. Habré vuelto antes de que dejes de sentirlo.
Ella piensa un momento y niega con la cabeza.
- Prefiero ir contigo.
- ¿Seguro?
- Sí
A su izquierda desemboca una calle desierta, así que la toman. Caminan unos metros lentamente. Ella agarrada a su brazo.
- Por aquí, es un atajo.
- ¿Conoces atajos para ir a mi casa?
Giran a la derecha, la calle es muy corta y en seguida giran a la izquierda haciendo una Ele. Pueden ver el final, la calle es mas oscura y la luz de las farolas la hace parecer aun mas estrecha y es fria, lo sienten nada mas entrar en ella, las palabras se prolongan con ecos, y los sonidos de la Calle Mayor no llegan aquí.
Pronto olvidan la extraña sensacion. Mientras caminan no notan que sus pasos no suenan, que sus pasos no cuentan en esta calle.
Los pasos de ella cada vez son mas lentos, mas inseguros. Hasta que al fin se detiene a mitad de la calle, y le mira con dolor.
- No puedo mas.
- Te duele mucho, ¿verdad?
- Sí.
Ella se desplaza hasta apoyar la espalda en la pared de una de las casas. Y él siente algo muy extraño y enfermizo mientras ve como su espalda desnuda se roza contra la pared sucia. Y entonces coge aire y la sensacion se convierte en nausea y en miedo irracional. Él trata de enfrentarlo pero no puede, no puede porque ahora ella le mira, y ella está tranquila, sólo le duele el tobillo. Y él no quiere asustarla porque él quiere que ella sea siempre feliz.
- Te llevaré en brazos, oficial y caballero.
- No, me sentiría como una tonta, si nos ve alguien.
- No hay nadie, sólo hasta el final de la calle, hay mas luz que aquí. Pues te llevo a cuestas y así nos sentiremos tontos los dos.
- No, te espero aquí.
- Por favor Sandra, no quiero dejarte aquí.
Los ojos de él suplican, aunque él no lo sabe. Y ella, al verlo, desde muy dentro comienza a comprender cosas a encajarlas como colores, mientras no deja de mirarle. No siente la pared en su espalda solo ve el fuego frente a ella.
- Me gusta esto, aqui venían mis hermanas.
- ¿Tú tienes hermanas?
- Sí, claro. Tengo una. Lo sabes.
- Sí. Una.
- Una.
- Vamos Sandra no te quedes aquí. Vente conmigo. La moto esta ahí al lado.
Ella niega con la cabeza. Pero no deja de mirarle.
-¿Vas a protegerme siempre? -Ahora son sus ojos los que suplican.
- Siempre.
- ¿Me lo prometes?
- Te lo prometo.
- Siempre. ¿Y cómo lo sabes?
- Vamonos Sandra. el tiempo esta pasando muy deprisa y tú estas muy lejos.
Y él la ve envuelta en la niebla, en la niebla de otro dia y de otra estacion. En la niebla de otra vida que no es la de ella. Ni la de él, una vida que teme aunque no reconoce, ilusiones hechas jirones, decepcion, preguntas que se quedan sin respuesta, dolor sin explicación, sometimiento y aceptación. Y ella está tan lejos. Y él es tan pequeño.
Tiende su mano hacia ella, pero es incapaz de acercarse. Hasta que ella le coge de la mano. La niebla se va.
- Estoy aquí.
- Ya no sé lo que digo, sé que te quiero ahora, no se que sucedera mañana, ni quien seré mañana, pero yo, yo te quiero.
- Iré contigo.
Se agarran los dos, y caminan hacia el final de la calle. Y Sandra será feliz para siempre en cuanto sus pies abandonen aquella calle.
La calle aún sigue un buen rato repitiendo su conversacion, antes de al fin perder el interes y volver a quedar en silencio.