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última vez

hank

Poeta recién llegado
Hoy le llevé flores muertas
bañadas con el rocío de la ilusión vana,
con una nota de felicidades intrascendentes
y endebles muestras de amor.
Tomados de la mano bajamos por la acera
con el sol ardiendo en las espaldas,
caminos muy poco y tomamos un taxi
con los asientos sucios y melosos
de otros sudores matinales.
Fuimos a comer abrazados
sintiendo las miradas de la gente
que mira y dice, mira como ese par
de locos parece que se quieren
y miradas de esas que hablan de qué clase
de amor pueden prodigarse esos infelices
si a las claras se ve que no pueden estar juntos.
Subimos por escaleras eléctricas de un centro
comercial de esos donde las niñas bien van con sus
novios bien y compran cosas bien y comen bien.
Mujeres con pantalones a la moda,
mostrando sus culitos redondos y flacos
blusas pegadas a sus hermosas tetas falsas
y con collares de colores y pulseras llenas de vírgenes,
otras con escapularios y crucifijos
y la mayoría pintadas el pelo de colores claros
no muy rubias ni tampoco muy negros.
Comimos carne de credo, de res y de pollo
ensalada de lechuga con tomate y zanahoria
picada en hilachas casi imperceptibles.
Cola blanca sin hielo, porque con el hielo
los cabrones se ahorran más líquido,
salsa de tomate, ají picante y salsa verde
que parecía hecha de aguacate y cebolla.
Mientras comía miraba sus ojos cafés,
las pequeñas arrugas que se empiezan
a formar alrededor de sus ojeras
y en la comisura de sus labios brillantes
por la grasa de la carne que comía.
De vez en cuando tocaba sus manos,
acariciaba sus brazos desnudos
con esos bellos castaños que contrastan
con la blancura de su piel todavía tersa.
En medio de mi suculenta comida
me detenía a ver su cabello de ébano
rizado, largo, esplendoroso, brillante,
como una cascada de petróleo
que caía sobre sus nacarados hombros.
Cuando nuestras miradas se encontraban
ella sonreía y bajaba la cabeza para fijarse
en las lentejas de la menestra o para cortar
un pedazo de la carne roja con el ají encima.
Otras veces nos acercábamos a darnos un beso
y sus labios sabían a esencias y a hierbas fritas
pero inexplicablemente eran ricos y dulces,
más frescos que las lechugas de la ensalada.
Eran besos cortos, de un segundo de duración
pero llenos de un sentimiento que nada
tiene que ver con el amor o con la seducción
era como si ese beso fuera otro de los
ingredientes de ese plato que hacía de almuerzo
a las dos de la tarde en la quiteña sociedad.
Cuando salimos el sol todavía pegaba muy fuerte
y como íbamos hacia el sur de la ciudad
puse en periódico tabloide en la ventana
del taxi para que no me queme la cara
y no me salgan más pecas de las que ya tengo.
Ella se recostó sobre mis piernas y cerró los ojos,
yo empecé a besarla con suavidad, pausado
pero me detuve por la mirada curiosa del
del taxista por el retrovisor y saqué el periódico
de la ventana y lo puse como una barrera
de protección y la besé con más pasión
ante la decepción del intruso del chofer.
Me besaba y me decía que me quería,
pero yo sabía que solo eran palabras
inspiradas por la excitación del momento,
como cuando uno le dice a alguien por decirlo:
Te amo (cuando llega a un orgasmo intenso).
Y qué otra cosa puede decir uno sino te amo,
no vas a decir en medio del clímax: me caes bien,
o me pareces una gran persona, o alguna
otra estupidez parecida, dices te amo y ya.
Soportando el tráfico de mierda de Quito de las tres
de la tarde y ese sol me partía la cara en cada peca
llegamos a mi departamento, la desperté
porque el sopor de la tarde la dejó dormida
por unos diez minutos en los cuales me dediqué
a mirar su rostro detenidamente, como guardando
esa imagen en mi memoria para siempre.
Me encantaba el pliegue de sus labios rosados
sus delgadas cejas negras y sus pestañas cortas
pero rizadas, incluso esas pequeñas huellas
que el acné de su adolescencia había
dejado como una marca de imperfección,
cosa que me hacía reflexionar sobre
el hecho de que por más hembra buena
era solo una mujer también imperfecta.
Subimos al segundo piso donde vivía
y mientras trepábamos por la escalera
me iba cogiendo las piernas y pellizcándome el culo
y a mí eso me encantaba y me parecía gracioso.
Abrí la puerta, entramos y nos besamos
con un abrazo largo y profundo, algo tenso
hasta que el sonido del teléfono nos separó.
Era el mío. Déjalo que suene le dije, nada puede ser
tan importante como estar contigo ahora.
Fuimos al dormitorio, no fue como en otras veces
donde nos arrancábamos la ropa en la sala
y llegábamos casi desnudos a la habitación.
Esta vez fue como una ceremonia oficial,
nos quitamos la ropa en orden, inclusive
yo doble su blusa y su pantalón para que no se arruguen.
Ya desnudos, cerré la cortina hasta la mitad
para que no nos vean del departamento del frente
pero lo suficiente como para que el sol
de la tarde caliente la cama y alumbre el cuarto.
Hicimos el amor más con ternura que con desesperación
besos largos y húmedos, caricias delicadas y lentas
sin poses especiales, nos pusimos de lado
y nos mirábamos casi como dos amigos que saludan
a la entrada de un cine o en la parada del bus.
Le dije que deseaba mamar sus pechos
y accedió, le gustó tanto que se excitó
inesperadamente, me pidió que no parara
y al cabo de unos pocos minutos se aferró, me tomó del pelo
y empezó a gemir con fuerza y con placer contenido,
tuvo un orgasmo muy intenso y cerraba los ojos.
Yo no había terminado y seguí moviéndome hasta
que le sugerí que se suba encima mío,
lo hizo y me hizo terminar como solo ella lo puede hacer
con una violencia y una perfección inusitadas
que al cabo de un minuto tuve un orgasmo muy bueno,
poderoso como el galopar de un semental en la pradera,
como el rugir impetuoso del león en celo
en medio de la noche africana.
Luego nos miramos fijamente a los ojos
nos llenamos de amor y de ese sentimiento
extraño que vine luego de la pasión sexual
como una llama interna de la más pura humanidad
de ese sentirse dos en uno sabiendo en lo profundo
que somos seres solitarios desde siempre.
En ese instante se me ocurrió besarla toda
desde la punta de sus pies, en cada uno de sus dedos
largos pero delicados y blancos como la nieve.
Boca arriba y boca abajo la besé con ternura
más que con pasión, con amor más que con lujuria
con el amor que se le profesa a una diosa encarnada
cada centímetro de su piel, literalmente, fue mío
cada poro, cada vello, cada lunar, cada huella de su vida
plasmada en pequeñas cicatrices indefinidas e imperceptibles.
Mis labios y mi lengua fueron las herramientas
para atravesar de norte a sur, de este a occidente
ese océano de leche carnal y de pálidos reflejos
a la luz del sol de quito que empezaba a esconderse
tras la cima de monte Unguí y de los edificios.
Bebí de su piel, comí de su carne, sentí como
se erizaba en cada roce, en cada toque, en cada gemido
de placer, de un gusto hasta ese momento desconocido
un canto al hedonismo más delicioso aún que el mismo sexo.
Mis labios contra sus muslos, mi lengua sobre su espalda
recorriendo la belleza esculpida por algún dios
encargado solo de crear cosas perfectas como esa espalda:
Imponente, vasta, inconmensurable como la vía láctea.
Por delante, su vientre, suave, firme, cortorneado como
en vaivén de las palmeras que se estremecen con la brisa
de su aliento contenido y luego liberado, transformado
en un grito y en un carcajada de indomable esencia.
Luego y al final su cabello, esa maraña de rizos negros
que huelen como el cielo y como la noche,
densa selva de especies y elementos mágicos
como el artilugio ancestral de los shamanes,
el elixir donde mis manos y mi ojos
pueden morir tranquilos, perdidos
en la penumbra de su encantamiento.
 
Es muy bueno el relato, debería estar en el foro de Prosa, pero lo dejo a tu conciencia por ahora, yo no hago las reglas, la misma Poesía las hace. Nada malo de mi parte, sólo que en prosa quedaría excelente. Saludos y bienvenido.
 
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