DIEGO
Poeta adicto al portal
- Si te aburro con mis letras, dímelo –
Cada vez encabezabas tus cartas de la misma forma.
Nos conocimos por las casualidades de la vida y de las letras.
El nexo fue, justamente todo lo que cayera en nuestras manos y pudiese comprenderse con los ojos biológicos y los del alma.
- Las letras son mi vida -, decías.
Ningún tema nos era extraño. Música, dramaturgia, medicina, filosofía, y cada cuestión sobre la que pudiéramos expresarnos.
Noches leyéndonos, escribiéndonos. Terapéuticas horas trasnochadas entre frases, sílabas, diptongos y tercetos.
Si hasta osamos crear un nuevo idioma en la necia pretensión de que el existente era egoísta para nuestra comunicación perfeccionada, a fuerza de interminables sábanas blancas decoradas con palabras negras. Continentes inocentes de fluidez y verborragia hechas frases ingeniosas.
Meses catalépticos sostenidos por convulsiones y párrafos inconclusos.
Escuálidos portadores de tinta resultaron en cadáveres tubulares, víctimas del holocausto literario al que los sometimos. Mea culpa.
Agotamos habilidades y temas interesantes de escribir. Tu insistencia en la gimnasia paranoica de la pluma, aún a riesgo de un final precipitado.
Ya no encontraba interés en tus palabras.
Decidí cerrar el libro de misivas intercambiables.
Te lo comuniqué por carta certificada.
Lloraste, suplicaste, prometiste.
Pasó tiempo sin leerte, sin leerme.
-----------------------------------
Abrí el raquítico sobre que dejaron en mi hambriento buzón una mañana.
Una línea solamente de inequívoca caligrafía conocida, para convencerme de mi error.
- Léeme, no me dejes morir -
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Cada vez encabezabas tus cartas de la misma forma.
Nos conocimos por las casualidades de la vida y de las letras.
El nexo fue, justamente todo lo que cayera en nuestras manos y pudiese comprenderse con los ojos biológicos y los del alma.
- Las letras son mi vida -, decías.
Ningún tema nos era extraño. Música, dramaturgia, medicina, filosofía, y cada cuestión sobre la que pudiéramos expresarnos.
Noches leyéndonos, escribiéndonos. Terapéuticas horas trasnochadas entre frases, sílabas, diptongos y tercetos.
Si hasta osamos crear un nuevo idioma en la necia pretensión de que el existente era egoísta para nuestra comunicación perfeccionada, a fuerza de interminables sábanas blancas decoradas con palabras negras. Continentes inocentes de fluidez y verborragia hechas frases ingeniosas.
Meses catalépticos sostenidos por convulsiones y párrafos inconclusos.
Escuálidos portadores de tinta resultaron en cadáveres tubulares, víctimas del holocausto literario al que los sometimos. Mea culpa.
Agotamos habilidades y temas interesantes de escribir. Tu insistencia en la gimnasia paranoica de la pluma, aún a riesgo de un final precipitado.
Ya no encontraba interés en tus palabras.
Decidí cerrar el libro de misivas intercambiables.
Te lo comuniqué por carta certificada.
Lloraste, suplicaste, prometiste.
Pasó tiempo sin leerte, sin leerme.
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Abrí el raquítico sobre que dejaron en mi hambriento buzón una mañana.
Una línea solamente de inequívoca caligrafía conocida, para convencerme de mi error.
- Léeme, no me dejes morir -
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