Leo Bruno
Poeta perdido, pero encontrado
Tú, por tu parte
Inquieta,
como un río sin cauce,
eres el cielo que danza en el silencio,
contenta del beso
de cientos de estrellas risueñas.
Soplan en ti
todos los vientos del otoño,
que, obstinados,
obligas a danzar por el aire
a las hojas rojas, casi doradas,
de los alerces soñolientos.
No soy quien para atar tu torbellino,
tu huracán de peticiones,
tu murmullo de anhelos sencillos,
de ideas flotantes,
de pájaros transparentes.
Solo puedo ser testigo cautivo,
pues no descifro
tu mundo de símbolos.
Y sigo, por lo demás,
extasiado, encandilado, cautivo,
mientras me obligas
a un paréntesis en mi llovizna de momentos,
para ver
cómo diriges tu orquesta,
cómo revelas ante mí
la revoltosa sinfonía de tus movimientos.
Y al mirarme,
reduces el espacio
que pueda existir
entre tu eterna rebelión
y mi conforme paz.
Inquieta,
como un río sin cauce,
eres el cielo que danza en el silencio,
contenta del beso
de cientos de estrellas risueñas.
Soplan en ti
todos los vientos del otoño,
que, obstinados,
obligas a danzar por el aire
a las hojas rojas, casi doradas,
de los alerces soñolientos.
No soy quien para atar tu torbellino,
tu huracán de peticiones,
tu murmullo de anhelos sencillos,
de ideas flotantes,
de pájaros transparentes.
Solo puedo ser testigo cautivo,
pues no descifro
tu mundo de símbolos.
Y sigo, por lo demás,
extasiado, encandilado, cautivo,
mientras me obligas
a un paréntesis en mi llovizna de momentos,
para ver
cómo diriges tu orquesta,
cómo revelas ante mí
la revoltosa sinfonía de tus movimientos.
Y al mirarme,
reduces el espacio
que pueda existir
entre tu eterna rebelión
y mi conforme paz.