Mauro
Mauricio Figueroa
Yo conocía la soledad.
Es verdad.
No como carencia,
sino como una forma del mundo.
Era un hábito antiguo
que usaba como se usa un abrigo viejo,
con naturalidad
y sin preguntas.
Sin embargo, al encontrar tu mirada,
la soledad se volvió innecesaria.
No huyó:
fue devuelta a los depósitos de la memoria,
a ese lugar donde descansan
las preguntas que ya no formulamos
porque han encontrado respuesta
en otro tiempo, quizá en el futuro.
Ahora, en cada pensamiento turbulento,
ahí donde las ideas chocan como vasos mal lavados,
tu presencia me toma de la mano
sin pedir permiso.
Coexistes conmigo,
me habitas como dos versiones de un mismo texto.
Como una respiración paralela,
Cómo una certeza que no necesita prueba de su existencia.
En el laberinto de mi memoria,
allí donde las ideas se reflejan
hasta perder su origen,
tu voz me llama como si ya conociera el camino.
Tu mirada,
me sigue cuando huyo a los lugares más remotos.
Me alcanza sin importar cuánto me escondo,
vuelve como frase imprecisa que buscamos en el pensamiento,
sabiendo que no la recordaremos,
pero es cuestión de tiempo.