Serian las tres y treinta de la madrugada del vente de noviembre del año dos mil cuarenta y siete.
La ciudad sumergida en un profuso letargo, descansaba de la absurda y torturadora rutina.
Una caprichosa y extraña creatura de vistoso matiz amarillento, decidida, pero asustadiza
se habría paso en la obscuridad, y a la vez de emitir unos murmullos inaudibles al oído humano,
desprendìase la piel con desenfreno y angustia, a manera de incesantes tirones hasta quedar con los músculos al descubierto.
Aquellos girones dérmicos desperdigados a todo lo largo del desgastado pavimento, dirigièronse
serpenteantes, hacia los circundantes y curtidos muros de aquel fortuito escenario, hasta forrarlos
en su totalidad, vistiéndolos de una sorprendente e indescriptible luminosidad amarillezca.
Unos escasos minutos antes de despuntar el día, los buitres, los cuervos, los perros realengos y las hormigas, habían devorado músculos, vísceras y huesos del desdichado visitante que vino de no se sabe donde.
Solo quedaban los fríos muros forrados de la destellante piel amarilla que se había arrancado la creatura en cuestión, pero en la medida que la luz diurna se hacia más intensa, aquellos pigmentos cutáneos inevitablemente fueron evaporando, sin dejar un mínimo átomo de rastro.
No quedó un solo testigo del inusual e incomprensible acontecimiento, buitres, cuervos, perros realengos, hormigas y luz diurna habían borrado toda evidencia del entorno.
Quizás…..digo quizás, aquel ser con sus inaudibles murmullos y violentos desprendimientos de piel, intentaba comunicarnos algún mensaje de salvación, que nadie vio ni escuchó, evidentemente ya era tarde, el mundo había comenzado a arder por los cuatro puntos cardinales.
La ciudad sumergida en un profuso letargo, descansaba de la absurda y torturadora rutina.
Una caprichosa y extraña creatura de vistoso matiz amarillento, decidida, pero asustadiza
se habría paso en la obscuridad, y a la vez de emitir unos murmullos inaudibles al oído humano,
desprendìase la piel con desenfreno y angustia, a manera de incesantes tirones hasta quedar con los músculos al descubierto.
Aquellos girones dérmicos desperdigados a todo lo largo del desgastado pavimento, dirigièronse
serpenteantes, hacia los circundantes y curtidos muros de aquel fortuito escenario, hasta forrarlos
en su totalidad, vistiéndolos de una sorprendente e indescriptible luminosidad amarillezca.
Unos escasos minutos antes de despuntar el día, los buitres, los cuervos, los perros realengos y las hormigas, habían devorado músculos, vísceras y huesos del desdichado visitante que vino de no se sabe donde.
Solo quedaban los fríos muros forrados de la destellante piel amarilla que se había arrancado la creatura en cuestión, pero en la medida que la luz diurna se hacia más intensa, aquellos pigmentos cutáneos inevitablemente fueron evaporando, sin dejar un mínimo átomo de rastro.
No quedó un solo testigo del inusual e incomprensible acontecimiento, buitres, cuervos, perros realengos, hormigas y luz diurna habían borrado toda evidencia del entorno.
Quizás…..digo quizás, aquel ser con sus inaudibles murmullos y violentos desprendimientos de piel, intentaba comunicarnos algún mensaje de salvación, que nadie vio ni escuchó, evidentemente ya era tarde, el mundo había comenzado a arder por los cuatro puntos cardinales.
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