Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
En la celda oscura, de paredes de piedra, con el otoño ya mediado, el frío se hacía sentir a pesar del brasero que templaba un poco la habitación. Había terminado por dar clases en la escuela de juglares que mantenía la Abadía de Sahagún. A la luz de las velas, sobre aquella mesa de castaño sin desbastar, extendió los pergaminos en los que, con apretada letra, había recogido las canciones que habían llenado su vida. Ya no era un juglar, ahora era un trovador al servicio del abad. Cerró los cansados ojos mientras apretaba los párpados buscando un pequeño descanso que le permitiese seguir leyendo, cosa que cada vez le costaba mayor esfuerzo.
Le vinieron a la memoria los recuerdos de otros tiempos… Corría el Año 1118 del Señor y él acababa de titularse en juglaría por la Universidad de la Abadía de Sahagún. Había aprendido a tañer la vihuela, también el salterio y todos decían que a nadie habían visto tocar el laúd árabe con la maestría con la que él lo hacía. Era Roderico, desde aquel momento el Juglar de Almanza. Desde su pueblo, que estaba a una jornada de camino en caballería, vino a estudiar a Sahagún. Había recorrido sus calles, estudiado música en las aulas del convento. En la casa de un laudero, aprendió a fabricar instrumentos y gracias a ese saber pudo disponer de vihuela y laúd propios.
Salió por el Puente Canto tomando el Camino de Santiago y con sus instrumentos y un pequeño hato con sus pertenencias y su ropa, sin rumbo fijo, comenzó a caminar. Pronto alcanzó a un grupo de peregrinos y se unió a ellos, pues la conversación durante el camino lo hacía más agradable y además un número importante de caminantes daba mayor seguridad frente a los ladrones que merodeaban por el Camino. Se iban recorriendo las leguas y dejando atrás los pequeños poblamientos que bordeaban la calzada. Pararon en el Burgo Ranero, apenas unas casas al lado de una rústica y pequeña ermita, donde hicieron noche. Al día siguiente llegaron a Mansilla de las Mulas, donde comieron en una posada y Roderico pudo estrenar su oficio, pues con sus cantares se ganó la comida del día. Tomaron el camino de León y a cosa de unas tres leguas, Roderico se despidió de sus compañeros y se dirigió hacia San Miguel de Escalada. Unos monjes que habían venido desde el sur, huyendo de los reinos musulmanes habían refundado un pequeño monasterio. Eran monjes mozárabes y traían una liturgia diferente a la que se utilizaba en el resto de los reinos cristianos. Roderico tenía curiosidad y por ello encaminó sus pasos hacia el monasterio.
Fue bien recibido en aquella comunidad de hombres que todavía tenían un acento especial en el habla y que traían historias diferentes a las que Roderico había escuchado. Al saber que venía de la Abadía de los Santos Facundo y Primitivo de Sahagún, aquella abadía que gozaba de las prerrogativas del rey, los monjes de Escalada también sintieron curiosidad por lo que les podía contar aquel juglar. Pasó en su compañía unos cuantos días y en los descansos del trabajo, le contaron historias, le hablaron de los cantares andalusíes, de la poesía que se hacía en los reinos moros. Aquellos religiosos eran gentes ilustradas que traían consigo un bagaje cultural que pronto verterían a los reinos cristianos. Tenían el proyecto de hacer una copia ilustrada de los Comentarios del Apocalipsis del Beato de Liébana.
Roderico era como una esponja. Todo lo absorbía, todo le llegaba profundo y le llenaba. Pero su preferida era una historia que le había contado el hermano Isidoro. Se trataba de la historia de un rey moro, de Jaén, que amaba mucho a su esposa a quien había perdido tras el parto de trillizas. Las tres hijas crecieron en gracias y en hermosura y sus nombres eran Aixa, Fátima y Marién. Con el tiempo las tres se enamoraron de un caballero cristiano que acudió a visitar a su padre y como por sus diferentes religiones no podían casarse con el cristiano, cuando éste se volvió a su patria, ellas cayeron en profundo desconsuelo.
Al cabo de unos días Roderico emprendió viaje a León, mas la historia de las tres morillas no dejaba de rondarle la cabeza. Incluso mientras caminaba, una musiquilla le venía a la cabeza y se sentaba a la orilla del camino y con el laúd intentaba fijarla en su memoria.
Al llegar a León fue a visitar a uno de los canónigos de la Catedral, para quien traía cartas con saludos y recomendaciones del abad de Sahagún. Enseguida fue atendido y colocado en una estancia de la casa para que se acomodara. Vinieron luego las inevitables preguntas, noticias de la Abadía, preguntar por algunos de los frailes conocidos, por las novedades del camino e incluso por lo que se contaban aquellos frailes mozárabes de Escalada.
Cuando por fin volvió a su habitación, oyó desde la ventana a una morilla joven que, seguramente era familia de alguno de los mudéjares que se dedicaban a la construcción de edificios en León, cantar una canción. Su formación de juglar le hizo reconocer el zéjel como la forma poética que la mora cantaba. Aquello le dio la idea: haría un zéjel con la historia de las morillas y trabajaría sobre la música. Se encerró en su habitación, las horas se le escurrían entre las manos como el agua entre los dedos; perdió la noción del tiempo, no sentía hambre, ni sed, ni sueño. Todo se tornaba febril actividad. Al tercer día, el canónigo se acercó a su puerta y llamó. Le preocupaba que su huésped pudiese haber enfermado. Abrió la puerta Roderico, feliz, contento y allí mismo, cantó por vez primera ante alguien ajeno aquella canción que había compuesto.
Las Tres Morillas, la tituló. La cantó infinitas veces y pasó a ser del dominio popular. Otros juglares la recogieron y pasó a formar parte de sus repertorios. El Juglar de San Esteban de Gormaz, el Juglar de Medinaceli, el Juglar de Santiago y tantos otros…
¡Son tantos los recuerdos! Han pasado los años y han sido muchas las canciones que se escribieron y se cantaron, pero la primera siempre tiene ese sabor especial esa memoria particular que la convierte en un recuerdo para atesorar. Ahora Roderico se siente cansado, van pesando los años. Ya no puede recorrer los caminos, ni cantar en las plazas de los pueblos o en los palacios de los señores. Vive recogido en el convento, con sus clases, su brasero y su comida de cada día.
Toca la campana, un toque suave. Abre los ojos, se levanta con dificultad, se arropa en la capa, es hora de acudir al refectorio.
Nota: de la canción “Las Tres Morillas” se conocen antecedentes desde el Siglo IX y, como obra anónima, convertida en polifonía, se encuentra recogida en El Cancionero de Palacio o Cancionero de los Reyes Católicos
Le vinieron a la memoria los recuerdos de otros tiempos… Corría el Año 1118 del Señor y él acababa de titularse en juglaría por la Universidad de la Abadía de Sahagún. Había aprendido a tañer la vihuela, también el salterio y todos decían que a nadie habían visto tocar el laúd árabe con la maestría con la que él lo hacía. Era Roderico, desde aquel momento el Juglar de Almanza. Desde su pueblo, que estaba a una jornada de camino en caballería, vino a estudiar a Sahagún. Había recorrido sus calles, estudiado música en las aulas del convento. En la casa de un laudero, aprendió a fabricar instrumentos y gracias a ese saber pudo disponer de vihuela y laúd propios.
Salió por el Puente Canto tomando el Camino de Santiago y con sus instrumentos y un pequeño hato con sus pertenencias y su ropa, sin rumbo fijo, comenzó a caminar. Pronto alcanzó a un grupo de peregrinos y se unió a ellos, pues la conversación durante el camino lo hacía más agradable y además un número importante de caminantes daba mayor seguridad frente a los ladrones que merodeaban por el Camino. Se iban recorriendo las leguas y dejando atrás los pequeños poblamientos que bordeaban la calzada. Pararon en el Burgo Ranero, apenas unas casas al lado de una rústica y pequeña ermita, donde hicieron noche. Al día siguiente llegaron a Mansilla de las Mulas, donde comieron en una posada y Roderico pudo estrenar su oficio, pues con sus cantares se ganó la comida del día. Tomaron el camino de León y a cosa de unas tres leguas, Roderico se despidió de sus compañeros y se dirigió hacia San Miguel de Escalada. Unos monjes que habían venido desde el sur, huyendo de los reinos musulmanes habían refundado un pequeño monasterio. Eran monjes mozárabes y traían una liturgia diferente a la que se utilizaba en el resto de los reinos cristianos. Roderico tenía curiosidad y por ello encaminó sus pasos hacia el monasterio.
Fue bien recibido en aquella comunidad de hombres que todavía tenían un acento especial en el habla y que traían historias diferentes a las que Roderico había escuchado. Al saber que venía de la Abadía de los Santos Facundo y Primitivo de Sahagún, aquella abadía que gozaba de las prerrogativas del rey, los monjes de Escalada también sintieron curiosidad por lo que les podía contar aquel juglar. Pasó en su compañía unos cuantos días y en los descansos del trabajo, le contaron historias, le hablaron de los cantares andalusíes, de la poesía que se hacía en los reinos moros. Aquellos religiosos eran gentes ilustradas que traían consigo un bagaje cultural que pronto verterían a los reinos cristianos. Tenían el proyecto de hacer una copia ilustrada de los Comentarios del Apocalipsis del Beato de Liébana.
Roderico era como una esponja. Todo lo absorbía, todo le llegaba profundo y le llenaba. Pero su preferida era una historia que le había contado el hermano Isidoro. Se trataba de la historia de un rey moro, de Jaén, que amaba mucho a su esposa a quien había perdido tras el parto de trillizas. Las tres hijas crecieron en gracias y en hermosura y sus nombres eran Aixa, Fátima y Marién. Con el tiempo las tres se enamoraron de un caballero cristiano que acudió a visitar a su padre y como por sus diferentes religiones no podían casarse con el cristiano, cuando éste se volvió a su patria, ellas cayeron en profundo desconsuelo.
Al cabo de unos días Roderico emprendió viaje a León, mas la historia de las tres morillas no dejaba de rondarle la cabeza. Incluso mientras caminaba, una musiquilla le venía a la cabeza y se sentaba a la orilla del camino y con el laúd intentaba fijarla en su memoria.
Al llegar a León fue a visitar a uno de los canónigos de la Catedral, para quien traía cartas con saludos y recomendaciones del abad de Sahagún. Enseguida fue atendido y colocado en una estancia de la casa para que se acomodara. Vinieron luego las inevitables preguntas, noticias de la Abadía, preguntar por algunos de los frailes conocidos, por las novedades del camino e incluso por lo que se contaban aquellos frailes mozárabes de Escalada.
Cuando por fin volvió a su habitación, oyó desde la ventana a una morilla joven que, seguramente era familia de alguno de los mudéjares que se dedicaban a la construcción de edificios en León, cantar una canción. Su formación de juglar le hizo reconocer el zéjel como la forma poética que la mora cantaba. Aquello le dio la idea: haría un zéjel con la historia de las morillas y trabajaría sobre la música. Se encerró en su habitación, las horas se le escurrían entre las manos como el agua entre los dedos; perdió la noción del tiempo, no sentía hambre, ni sed, ni sueño. Todo se tornaba febril actividad. Al tercer día, el canónigo se acercó a su puerta y llamó. Le preocupaba que su huésped pudiese haber enfermado. Abrió la puerta Roderico, feliz, contento y allí mismo, cantó por vez primera ante alguien ajeno aquella canción que había compuesto.
Las Tres Morillas, la tituló. La cantó infinitas veces y pasó a ser del dominio popular. Otros juglares la recogieron y pasó a formar parte de sus repertorios. El Juglar de San Esteban de Gormaz, el Juglar de Medinaceli, el Juglar de Santiago y tantos otros…
¡Son tantos los recuerdos! Han pasado los años y han sido muchas las canciones que se escribieron y se cantaron, pero la primera siempre tiene ese sabor especial esa memoria particular que la convierte en un recuerdo para atesorar. Ahora Roderico se siente cansado, van pesando los años. Ya no puede recorrer los caminos, ni cantar en las plazas de los pueblos o en los palacios de los señores. Vive recogido en el convento, con sus clases, su brasero y su comida de cada día.
Toca la campana, un toque suave. Abre los ojos, se levanta con dificultad, se arropa en la capa, es hora de acudir al refectorio.
Nota: de la canción “Las Tres Morillas” se conocen antecedentes desde el Siglo IX y, como obra anónima, convertida en polifonía, se encuentra recogida en El Cancionero de Palacio o Cancionero de los Reyes Católicos
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