Raúl Castillo
Poeta que considera el portal su segunda casa
Tres cosas
Raúl Castillo Soto
El sol alcanzaba su punto más alto en el cielo raso. La serpiente meditaba en su poca suerte. Cruzar aquel angosto puente de sogas y madera podrida no estaba en su lista de cosas preferidas por hacer. De sólo pensarlo le sobrevenía el vértigo, seguido de una persistente nausea. Una zorra de terso y abundante pelaje rojo se disponía a cruzar cuando la serpiente se le acercó.
—Mantén la distancia —dijo la zorra sobresaltada.
—Tranquila. Sólo quiero hacerte una pregunta.
—A ver, que ando con prisa.
—Necesito cruzar al otro lado...
—No me digas que tienes miedo —se burló la zorra.
—Miedo no, vértigo.
—¿Podría subirme a tu lomo?
—¿Estás demente? Al momento que subas a mi lomo ¡zas! Me das una intravenosa y ahí quedo.
—¿Qué te hace pensar que lo haría? Si te enveneno, ambas caemos al abismo.
La serpiente siguió insistiendo... Finalmente, aunque insegura acerca de sus intenciones, la zorra accedió.
—¡Júrame que no lo harás!
—Lo juro, no te morderé. No veo razón por qué.
Con la mitad del trayecto completado, la zorra sintió desfallecer, tambaleó, ambas cayeron al vacío.
La zorra moribunda vio a su acompañante arrastrándose, ilesa.
—¡Juraste en vano maldita! — le reclamó.
La coral se le acercó ceremoniosamente, y un tanto molesta le contestó:
—Te exijo no cuestiones mi integridad.
—Tres cosas, que te queden claro tres cosas. Primero, sí sufro de vértigo.
—Pero...
—Segundo, nunca te mordí. La verdad es que cerré los ojos, me enrolle en tu pescuezo, y apreté muy duro: perdiste el conocimiento. Debo confesar, estar en tu cuello me salvó la vida.
La serpiente comenzaba a alejarse cuando la zorra, cerca de su último suspiro, inquirió:
—Me has dicho dos cosas... ¿y la tercera?
—Bueno, nadie es perfecto. Me estaba muriendo de sed y esa era la forma más rápida de llegar hasta acá abajo. La falta de sinceridad no es un pecado, sólo un pequeño defecto de carácter.
Y se marchó a buscar el río.
Raúl Castillo Soto
El sol alcanzaba su punto más alto en el cielo raso. La serpiente meditaba en su poca suerte. Cruzar aquel angosto puente de sogas y madera podrida no estaba en su lista de cosas preferidas por hacer. De sólo pensarlo le sobrevenía el vértigo, seguido de una persistente nausea. Una zorra de terso y abundante pelaje rojo se disponía a cruzar cuando la serpiente se le acercó.
—Mantén la distancia —dijo la zorra sobresaltada.
—Tranquila. Sólo quiero hacerte una pregunta.
—A ver, que ando con prisa.
—Necesito cruzar al otro lado...
—No me digas que tienes miedo —se burló la zorra.
—Miedo no, vértigo.
—¿Podría subirme a tu lomo?
—¿Estás demente? Al momento que subas a mi lomo ¡zas! Me das una intravenosa y ahí quedo.
—¿Qué te hace pensar que lo haría? Si te enveneno, ambas caemos al abismo.
La serpiente siguió insistiendo... Finalmente, aunque insegura acerca de sus intenciones, la zorra accedió.
—¡Júrame que no lo harás!
—Lo juro, no te morderé. No veo razón por qué.
Con la mitad del trayecto completado, la zorra sintió desfallecer, tambaleó, ambas cayeron al vacío.
La zorra moribunda vio a su acompañante arrastrándose, ilesa.
—¡Juraste en vano maldita! — le reclamó.
La coral se le acercó ceremoniosamente, y un tanto molesta le contestó:
—Te exijo no cuestiones mi integridad.
—Tres cosas, que te queden claro tres cosas. Primero, sí sufro de vértigo.
—Pero...
—Segundo, nunca te mordí. La verdad es que cerré los ojos, me enrolle en tu pescuezo, y apreté muy duro: perdiste el conocimiento. Debo confesar, estar en tu cuello me salvó la vida.
La serpiente comenzaba a alejarse cuando la zorra, cerca de su último suspiro, inquirió:
—Me has dicho dos cosas... ¿y la tercera?
—Bueno, nadie es perfecto. Me estaba muriendo de sed y esa era la forma más rápida de llegar hasta acá abajo. La falta de sinceridad no es un pecado, sólo un pequeño defecto de carácter.
Y se marchó a buscar el río.
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