Alfonso Sáenz
Poeta recién llegado
Se escabulló a través de la noche, despertó a la mañana con caricias en su almohada,
cerró el telón estelar y comenzó a dibujar nubes sin parar. Él pellizcó al gallo, se supo
cuando se le escuchó a lo lejos cantando, despertó el escenario de un nuevo día: tal vez
nublado, tal vez soleado, tal vez una mezcolanza de matices variados.
Dirigió el soplo del viento hacia las ventanas, fue entonces que de muchos
inquilinos se abrieron lentamente sus pestañas, ¿fue acaso el aroma a petricor?
El caso es que a todos dejó en su nariz un buen sabor.
Se puso en marcha, pues los pájaros trinaban, los perros ladraban, los gansos
graznaban y las doñas, bueno, las doñas chismeaban. Por otro lado, las calles empedradas lucían centenares de pies caminando sobre su espalda, unos descalzos, otros con huarache untado, probablemente otros más con mejor calzado, pero, a fin de cuentas, pies de la cabeza a los pies.
Él siguió ahí caminando, no se iba, no quiso irse, saludó al medio día con la más
carismática sonrisa y éste le respondió con un cálido abrazo, desde las doce hasta las
cuatro platicaron con ganas a lado de otras innumerables charlas.
La vida avanzaba no muy lenta, tampoco apresurada, para algunos desapercibida, para otros era la vida bien vivida.
Él se escondía, no muchos lo veían, era intruso en horarios que evidentemente ya no
eran suyos. El tiempo no lo veía, el reloj con el tic tac tenue se reía, las brisas alegres lo
sentían, los rayos del sol cosquillas le hacían y el holgazán, bueno, para el holgazán todavía no comenzaba el día.
Fue feliz en esa ocasión, se le veía reluciente bromeando con nefelibatas
sensaciones fervientes. De pronto observó la oportuna noche de septiembre, ¡ahí venía!, las arenas de un colorido arrebol se inundaban con las olas de una implacable noche azabache.
Llegaron las sombras, tan apacibles, ellas muy propias y misteriosas.
Él saludó a la media noche luego de despedir al sol en un mágico ocaso, esta chica
llevaba un vestido negro con infinitos destellos, algunos azules, otros plateados, y otros muchos con violetas nebulosas adornados.
Ya era hora, había que bailar con la dama de
negro; el grillo grillaba, el búho ululaba, un gato en celo marramizaba, y las personas,
bueno, muchas personas roncaban, otras solamente soñaban, pero, el amanecer y la
misteriosa dama bailaban.
Un paso hacia adelante, un paso para atrás y el amanecer se maravillaba aún más,
expresó caricias en la cara de la dama, podía sentir el firmamento, ella lograba estremecerlo, sus ojos eran hipernovas colapsando, tan profundos como la distancia de la Tierra hasta los más lejanos astros; él se enamoró del siguiente paso.
El amanecer no amaneció para algunos, para otros abrió sus ojos, con otros más se
quedó mudo, y mañana, el amanecer, tal vez.
cerró el telón estelar y comenzó a dibujar nubes sin parar. Él pellizcó al gallo, se supo
cuando se le escuchó a lo lejos cantando, despertó el escenario de un nuevo día: tal vez
nublado, tal vez soleado, tal vez una mezcolanza de matices variados.
Dirigió el soplo del viento hacia las ventanas, fue entonces que de muchos
inquilinos se abrieron lentamente sus pestañas, ¿fue acaso el aroma a petricor?
El caso es que a todos dejó en su nariz un buen sabor.
Se puso en marcha, pues los pájaros trinaban, los perros ladraban, los gansos
graznaban y las doñas, bueno, las doñas chismeaban. Por otro lado, las calles empedradas lucían centenares de pies caminando sobre su espalda, unos descalzos, otros con huarache untado, probablemente otros más con mejor calzado, pero, a fin de cuentas, pies de la cabeza a los pies.
Él siguió ahí caminando, no se iba, no quiso irse, saludó al medio día con la más
carismática sonrisa y éste le respondió con un cálido abrazo, desde las doce hasta las
cuatro platicaron con ganas a lado de otras innumerables charlas.
La vida avanzaba no muy lenta, tampoco apresurada, para algunos desapercibida, para otros era la vida bien vivida.
Él se escondía, no muchos lo veían, era intruso en horarios que evidentemente ya no
eran suyos. El tiempo no lo veía, el reloj con el tic tac tenue se reía, las brisas alegres lo
sentían, los rayos del sol cosquillas le hacían y el holgazán, bueno, para el holgazán todavía no comenzaba el día.
Fue feliz en esa ocasión, se le veía reluciente bromeando con nefelibatas
sensaciones fervientes. De pronto observó la oportuna noche de septiembre, ¡ahí venía!, las arenas de un colorido arrebol se inundaban con las olas de una implacable noche azabache.
Llegaron las sombras, tan apacibles, ellas muy propias y misteriosas.
Él saludó a la media noche luego de despedir al sol en un mágico ocaso, esta chica
llevaba un vestido negro con infinitos destellos, algunos azules, otros plateados, y otros muchos con violetas nebulosas adornados.
Ya era hora, había que bailar con la dama de
negro; el grillo grillaba, el búho ululaba, un gato en celo marramizaba, y las personas,
bueno, muchas personas roncaban, otras solamente soñaban, pero, el amanecer y la
misteriosa dama bailaban.
Un paso hacia adelante, un paso para atrás y el amanecer se maravillaba aún más,
expresó caricias en la cara de la dama, podía sentir el firmamento, ella lograba estremecerlo, sus ojos eran hipernovas colapsando, tan profundos como la distancia de la Tierra hasta los más lejanos astros; él se enamoró del siguiente paso.
El amanecer no amaneció para algunos, para otros abrió sus ojos, con otros más se
quedó mudo, y mañana, el amanecer, tal vez.