Que el mismo Apolo, en toda su gloria bendecida por el sol, asetee mi corazón amoroso. Hasta dejarme en mísero trance de muerte. Deseo envolverme en la crisálida opaca de las tinieblas del finiquito vital. Antes que orar salmodias sin parar. No soy esclavo de ningún dios. Por eso no rezo. Sino que escupo a las marmóreas tumbas. Para que la némesis altere mi sistema nervioso. Y me arroje, como un par de calzoncillos, al infierno. Donde allí, Hades me dará de beber carajillos hasta quedar borracho. ¡ Oh ! trance de muerte. Eres la misma y circular viciada de testosterona amarga. Que coagula en mis pulmones la nicotina del recién cigarrillo prendido. Me obseso por huir en pos de una ninfa. Para penetrarla sin parar. Pero, todo es un sueño opiáceo. Me he olvidado de que estoy en trance de muerte.