Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Las hojas amarillentas y secas que alfombraban el Camino Antiguo, crujían bajo el peso suave de los pasos de Titania. Cubrían por completo el sendero. Terminaba el otoño y los álamos se habían desnudado de todas sus hojas, que ahora vestían el suelo como una delicada seda. Más adelante, los abetos mantenían sus hojas, sin miedo al invierno que ya se anunciaba. Terminaba el tiempo de trabajo y comenzaba otra temporada en la que guarecerse de las inclemencias del tiempo, temporada que requería que, anteriormente, todo se hubiese hecho bien.
Esa era tarea de Titania. Le gustaba el otoño. El color del paisaje, el olor especial de la tierra, sentir el húmedo suelo, acogedor y blando bajo los pies. La luna cercana, que se agrandaba en aquellas lunas llenas imponentes, como la de ahora, aunque algunas nubes oscuras se empeñaran en ocultarla. Las últimas semanas habían sido frías y las largas horas de la noche contribuían con sus heladas a blanquear el suelo, fuera del camino.
Titania caminaba tranquila, despacio. Contemplaba todo lo que la rodeaba, como si quisiera fijarlo en su mente, hasta el próximo año en que, de nuevo, el bosque haría explosión de vida y todo se cubriría, por arte de magia, en una floresta verde y vital. Al pasar acariciaba la corteza de los castaños y las encinas. Se detuvo, de modo especial, en el roble grande; su corteza rugosa, parecía mantener todavía algo del calor de su savia ardiente, la que le hacía tener las ramas más altas y las bellotas más dulces. Apoyó la mano en la corteza y sintió el pálpito agradecido del árbol, como una despedida antes del sueño invernal que duraría hasta la primavera.
Extrañó el silencio intenso del lugar; se echaban de menos los cantos de las aves, pero éstas habían emigrado a latitudes más cálidas. Un pequeño zorro, cauteloso asomó el hocico tras uno de los robles; miró en todas direcciones y, al no encontrar señales de peligro, continuó silencioso su camino entre los árboles. Titania sonrió, con esa sonrisa que le iluminaba la cara y que era como una luz fresca que encendía el alma.
Siguió despacio, como retrasando su llegada al Palacio de Luz, respirando el aire fresco de la noche, llenándose de sus aromas. Encontró un corro en el que crecían los mirtilos y aprovechó para recoger unos cuantos arándanos; su sabor siempre le había gustado y dejaba en su boca un regusto otoñal que le encantaba. Siguió caminando y dio un pequeño rodeo para llegar hasta el acebedo. Los acebos se mantenían verdes, con sus hojas brillantes y sus frutos rojos; seguramente las perdices nivales y los urogallos agradecerían esos frutos en el tiempo que se anunciaba. Por cierto no había encontrado perdices ni urogallos en su paseo. Llegó al arroyo de los lirios. Un poco desviado estaba el puente largo, el que habían hecho los elfos con el cedro que derribó el aire hace ya varios inviernos, pero Titania prefirió saltar por encima del arroyo. El agua, juguetona, se levantó en una ola de espuma que llegó hasta la suela del zapato; volvió la ola al lecho del agua y se rió allí, cantarina y rumorosa.
Una vez al otro lado una mariposa blanca vino a posarse sobre su mano; nada más tocarla, se fundió en una pequeña gota de agua; volvió al cielo la vista y vio como pequeños copos caían dulcemente de lo alto.
- ¡Vaya!- pensó Titania.
- El Molino de Nieve se ha puesto en marcha.
Ya pocos pasos la separaban del Palacio. Corrió hacia la puerta y penetró en él.
Llegó donde estaba Oberón, quien le preguntó con interés por su paseo. Ella le contó lo que había hecho y le regaló algunos arándanos de los que había cogido. A Oberón le entusiasmaban los arándanos y los que recogía Titania siempre eran los más maduros y más dulces.
- Ya ves que siempre te traigo algo de mis paseos – comentó la reina.
- ¿Qué me has preparado tú? – preguntó.
Oberón sonrió y le dijo:
- Hoy tengo un regalo muy especial-
Estuve buscando por todas partes algo que trajese sabor del otoño, que tuviese ese encanto especial que tú le encuentras. Recorrí valles, campos, ciudades. Visité gentes, hasta que por fin di con un amigo que fue quien me consiguió el presente que yo buscaba para ti.
- Y ¿qué es?- preguntó Titania.
- Son unos versos- respondió Oberón.
Con una voz profunda y clara, comenzó a recitárselos:
“Danza el río su canción serena
la brisa quiebra armoniosamente
la quietud de su rostro lacrimoso
yo lo contemplo, con esa mezcla
perfecta de fascinación y nostalgia
de tardecita poética anclada
en un otoño sempiterno” (*)
Titania se quedó un instante en silencio. Un brillo centelleante iluminaba su mirada. Y un abrazo intenso, armonioso, lleno de cariño cubrió a Oberón.
Ambos rieron abrazados y sus risas eran como campanillas que alborotaban el aire con sus sones de cristal.
(*) Versos del poema Siempre de Cecilia Buono, poetisa argentina.
Esa era tarea de Titania. Le gustaba el otoño. El color del paisaje, el olor especial de la tierra, sentir el húmedo suelo, acogedor y blando bajo los pies. La luna cercana, que se agrandaba en aquellas lunas llenas imponentes, como la de ahora, aunque algunas nubes oscuras se empeñaran en ocultarla. Las últimas semanas habían sido frías y las largas horas de la noche contribuían con sus heladas a blanquear el suelo, fuera del camino.
Titania caminaba tranquila, despacio. Contemplaba todo lo que la rodeaba, como si quisiera fijarlo en su mente, hasta el próximo año en que, de nuevo, el bosque haría explosión de vida y todo se cubriría, por arte de magia, en una floresta verde y vital. Al pasar acariciaba la corteza de los castaños y las encinas. Se detuvo, de modo especial, en el roble grande; su corteza rugosa, parecía mantener todavía algo del calor de su savia ardiente, la que le hacía tener las ramas más altas y las bellotas más dulces. Apoyó la mano en la corteza y sintió el pálpito agradecido del árbol, como una despedida antes del sueño invernal que duraría hasta la primavera.
Extrañó el silencio intenso del lugar; se echaban de menos los cantos de las aves, pero éstas habían emigrado a latitudes más cálidas. Un pequeño zorro, cauteloso asomó el hocico tras uno de los robles; miró en todas direcciones y, al no encontrar señales de peligro, continuó silencioso su camino entre los árboles. Titania sonrió, con esa sonrisa que le iluminaba la cara y que era como una luz fresca que encendía el alma.
Siguió despacio, como retrasando su llegada al Palacio de Luz, respirando el aire fresco de la noche, llenándose de sus aromas. Encontró un corro en el que crecían los mirtilos y aprovechó para recoger unos cuantos arándanos; su sabor siempre le había gustado y dejaba en su boca un regusto otoñal que le encantaba. Siguió caminando y dio un pequeño rodeo para llegar hasta el acebedo. Los acebos se mantenían verdes, con sus hojas brillantes y sus frutos rojos; seguramente las perdices nivales y los urogallos agradecerían esos frutos en el tiempo que se anunciaba. Por cierto no había encontrado perdices ni urogallos en su paseo. Llegó al arroyo de los lirios. Un poco desviado estaba el puente largo, el que habían hecho los elfos con el cedro que derribó el aire hace ya varios inviernos, pero Titania prefirió saltar por encima del arroyo. El agua, juguetona, se levantó en una ola de espuma que llegó hasta la suela del zapato; volvió la ola al lecho del agua y se rió allí, cantarina y rumorosa.
Una vez al otro lado una mariposa blanca vino a posarse sobre su mano; nada más tocarla, se fundió en una pequeña gota de agua; volvió al cielo la vista y vio como pequeños copos caían dulcemente de lo alto.
- ¡Vaya!- pensó Titania.
- El Molino de Nieve se ha puesto en marcha.
Ya pocos pasos la separaban del Palacio. Corrió hacia la puerta y penetró en él.
Llegó donde estaba Oberón, quien le preguntó con interés por su paseo. Ella le contó lo que había hecho y le regaló algunos arándanos de los que había cogido. A Oberón le entusiasmaban los arándanos y los que recogía Titania siempre eran los más maduros y más dulces.
- Ya ves que siempre te traigo algo de mis paseos – comentó la reina.
- ¿Qué me has preparado tú? – preguntó.
Oberón sonrió y le dijo:
- Hoy tengo un regalo muy especial-
Estuve buscando por todas partes algo que trajese sabor del otoño, que tuviese ese encanto especial que tú le encuentras. Recorrí valles, campos, ciudades. Visité gentes, hasta que por fin di con un amigo que fue quien me consiguió el presente que yo buscaba para ti.
- Y ¿qué es?- preguntó Titania.
- Son unos versos- respondió Oberón.
Con una voz profunda y clara, comenzó a recitárselos:
“Danza el río su canción serena
la brisa quiebra armoniosamente
la quietud de su rostro lacrimoso
yo lo contemplo, con esa mezcla
perfecta de fascinación y nostalgia
de tardecita poética anclada
en un otoño sempiterno” (*)
Titania se quedó un instante en silencio. Un brillo centelleante iluminaba su mirada. Y un abrazo intenso, armonioso, lleno de cariño cubrió a Oberón.
Ambos rieron abrazados y sus risas eran como campanillas que alborotaban el aire con sus sones de cristal.
(*) Versos del poema Siempre de Cecilia Buono, poetisa argentina.
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