Pantematico
Amargo el ron y mi antipática simpatía.
Cuando empecé a escribir, sin cesar dude
si cualquier esfuerzo vale la pena.
Y es que comencé a escribir cuando por fin
tuve el espacio en el tiempo para hacerlo,
desgraciadamente ya el tiempo que me queda es poco.
¿Vale la pena la poesía?
Tuve prolongadas angustias para reflexionarlo
sobre cualquier objetivo que se persiguiera
con estos menesteres sobre las diferencias
entre callar lo reflexionado
y decirlo sin cortapisas y a la carrera;
sobre las posibilidades que mi opinión puede
llegar a tener, sobre las discrepancias
entre lo ya dicho por otros y lo reflexionado
previo a mi muerte.
¿A qué voy con todo esto?
Cuanto más pasa el tiempo, más consciente
soy de los principios, funciones y objetivos
de cualquier quehacer humano, y más decididamente
me separo de teorías obsoletas por inservibles
y tanto más crece mi necesidad
de separar granos de arena de frágiles semillas.
Antes de continuar dejen decir que al hablar
de poesía no pienso en ningún género especifico
me refiero aquí a su forma de la relación de la realidad
viendo esto así lo comparo con la filosofía
que me ha acompañado toda mi vida.
Con la lectura precisa escondo
convenciones profundas
y con ideas primigenias diluyo
el tejido vivo de las imágenes
con esta noción busco escaparme
de lo complejo y en un esbozo
fijo la relación con mi entorno.
Pero no trato de banalizar todo
Necesito de la puesta viva,
como metales en crisol
y radios de giro en la parte superior.
¿Recuerdan el final de Los hermanos Karamazov de Fiódor Dostoyevsky?
Mi fracaso al escribir,
se debe a lo limitado
en un tiempo ilimitado,
en un tiempo plástico
que es dúctil y preciso,
en mi esfuerzo por dar humanidad
a conceptos que no lo la tienen,
a forzar los sentidos
a los que me siento obligado.
Aquí tengo mi casa, yo mismo la queme
miles de luciérnagas se escapan,
veo entonces esas pequeñas volutas encendidas
reflejándose ardientemente en las pupilas cicatrizando
en calor, grabada impresión térmica que sube por
espirales caóticas iluminando un jardín de luciérnagas pedorras.
una llamarada que se eleva en virutas de palabras
y una red de conexiones sabiendo que me determino
por leyes absolutamente mías carentes de valor para cualquier otro:
¡Queme mi casa en un beatico suicidio de luciérnagas!
Quemo mi casa y quiero apropiarme de la realidad
subir los peldaños de una escalera sin fin
y substituir los peldaños de abajo con los nuevos
substituir las luciérnagas que se queman, con las que se elevan
y el tiempo plástico que no se derrite con ese calor.
Lo bello en lo terrible, y lo terrible en lo bello
y mi vida llega a lo absurdo armoniosamente ligado
a lo presente y finito. Entonces lo entiendo,
cuando quemo mi casa encuentro el fin
y objetivo de la poesía: ponerme de frente
y cara a cara con la muerte trabajando
en un códice cifrado de verdad absoluta
memento mori.
y recordárselo a todos:
el único fin de la vida es morir.
si cualquier esfuerzo vale la pena.
Y es que comencé a escribir cuando por fin
tuve el espacio en el tiempo para hacerlo,
desgraciadamente ya el tiempo que me queda es poco.
¿Vale la pena la poesía?
Tuve prolongadas angustias para reflexionarlo
sobre cualquier objetivo que se persiguiera
con estos menesteres sobre las diferencias
entre callar lo reflexionado
y decirlo sin cortapisas y a la carrera;
sobre las posibilidades que mi opinión puede
llegar a tener, sobre las discrepancias
entre lo ya dicho por otros y lo reflexionado
previo a mi muerte.
¿A qué voy con todo esto?
Cuanto más pasa el tiempo, más consciente
soy de los principios, funciones y objetivos
de cualquier quehacer humano, y más decididamente
me separo de teorías obsoletas por inservibles
y tanto más crece mi necesidad
de separar granos de arena de frágiles semillas.
Antes de continuar dejen decir que al hablar
de poesía no pienso en ningún género especifico
me refiero aquí a su forma de la relación de la realidad
viendo esto así lo comparo con la filosofía
que me ha acompañado toda mi vida.
Con la lectura precisa escondo
convenciones profundas
y con ideas primigenias diluyo
el tejido vivo de las imágenes
con esta noción busco escaparme
de lo complejo y en un esbozo
fijo la relación con mi entorno.
Pero no trato de banalizar todo
Necesito de la puesta viva,
como metales en crisol
y radios de giro en la parte superior.
¿Recuerdan el final de Los hermanos Karamazov de Fiódor Dostoyevsky?
Mi fracaso al escribir,
se debe a lo limitado
en un tiempo ilimitado,
en un tiempo plástico
que es dúctil y preciso,
en mi esfuerzo por dar humanidad
a conceptos que no lo la tienen,
a forzar los sentidos
a los que me siento obligado.
Aquí tengo mi casa, yo mismo la queme
miles de luciérnagas se escapan,
veo entonces esas pequeñas volutas encendidas
reflejándose ardientemente en las pupilas cicatrizando
en calor, grabada impresión térmica que sube por
espirales caóticas iluminando un jardín de luciérnagas pedorras.
una llamarada que se eleva en virutas de palabras
y una red de conexiones sabiendo que me determino
por leyes absolutamente mías carentes de valor para cualquier otro:
¡Queme mi casa en un beatico suicidio de luciérnagas!
Quemo mi casa y quiero apropiarme de la realidad
subir los peldaños de una escalera sin fin
y substituir los peldaños de abajo con los nuevos
substituir las luciérnagas que se queman, con las que se elevan
y el tiempo plástico que no se derrite con ese calor.
Lo bello en lo terrible, y lo terrible en lo bello
y mi vida llega a lo absurdo armoniosamente ligado
a lo presente y finito. Entonces lo entiendo,
cuando quemo mi casa encuentro el fin
y objetivo de la poesía: ponerme de frente
y cara a cara con la muerte trabajando
en un códice cifrado de verdad absoluta
memento mori.
y recordárselo a todos:
el único fin de la vida es morir.