iadra
Poeta que considera el portal su segunda casa
Terriblemente absurdo es
gastarme estos tacones rojos caminando en esos antiguos pasos.
Dibujar en un suelo conocido una danza
que solo tú y yo inventamos.
Pudiera quedarme sentada a esperar reconocer el rumbo,
y entonces si, bailar encima de todas las horas,
quitarme los zapatos para bailar a gusto
chapaleando en el agua
hasta ensuciar el buen nombre que trató de darme la vida,
y que no, no quise
por seguir un propio ritmo que me acusa ahora
de ser egoísta.
Qué terriblemente absurdo
esperar, esperar a despertarme,
cuando los ojos no se cierran nunca,
y se han sentado al borde de mi cama, a cuando esté decidida.
Desgasté ya mis lágrimas, y en fin, no me extrañarán
en su memoria lejana,
porque han perecido diluidas.
Y aún más absurdo, desgastarme los ojos, esto de maniobrar tu piel,
cuando ya está descocida.
No sé zurcirte bien en ella las palabras que pensé
todo te lo dirían.
Así que otorgo al silencio toda la hilaridad de mi dolor sarcástico,
y me río con una carcajada suicida
de lo malditamente absurdo de balancear el pie en la banca del metro,
esperando el tren, esperando el bus
cuando sé que correré a borrarme las heridas.
gastarme estos tacones rojos caminando en esos antiguos pasos.
Dibujar en un suelo conocido una danza
que solo tú y yo inventamos.
Pudiera quedarme sentada a esperar reconocer el rumbo,
y entonces si, bailar encima de todas las horas,
quitarme los zapatos para bailar a gusto
chapaleando en el agua
hasta ensuciar el buen nombre que trató de darme la vida,
y que no, no quise
por seguir un propio ritmo que me acusa ahora
de ser egoísta.
Qué terriblemente absurdo
esperar, esperar a despertarme,
cuando los ojos no se cierran nunca,
y se han sentado al borde de mi cama, a cuando esté decidida.
Desgasté ya mis lágrimas, y en fin, no me extrañarán
en su memoria lejana,
porque han perecido diluidas.
Y aún más absurdo, desgastarme los ojos, esto de maniobrar tu piel,
cuando ya está descocida.
No sé zurcirte bien en ella las palabras que pensé
todo te lo dirían.
Así que otorgo al silencio toda la hilaridad de mi dolor sarcástico,
y me río con una carcajada suicida
de lo malditamente absurdo de balancear el pie en la banca del metro,
esperando el tren, esperando el bus
cuando sé que correré a borrarme las heridas.
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