La mujer estaba ensimismada en su faena. Estudiaba minuciosamente cada detalle de las prendas de vestir que hallaba en la tienda; el color, la talla, el modelo, el escote, los ribetes, etc. Las colocaba sobre su cuerpo, daba varios giros ante el espejo; a la derecha, a la izquierda; se alejaba, se acercaba; las combina con zapatos, carteras y luego, con un gesto despreocupado, lanzaba todo sobre la percha, dejando tras de sí una estela ineludible, de desorden. Tan absorta estaba, que aún no había reparado en las horas que había permanecido en la tienda, ni en que sus dos hijos hacían lo mismo que ella, en el departamento de juguetes. Los tiraban al piso, intentaban sacarlos de sus cajas, los empujaban por los pasillos como si fueran carritos. ¡Todo un desastre!
Por su parte, el empleado de la tienda, los observaba con ojos inyectados en sangre por la rabia, al tiempo que venía detrás, intentando recoger lo que, a simple vista, parecía los efectos de un poderoso tornado. A un lado, tenía su carrito repleto de ropa y zapatos de mujer, ¡Recogidos en la sección de los hombres!.
—-¡Dios mío!—-Hablaba para sus adentros—-¡Qué poco respeto y consideración! ¡No le importa siquiera, verme recogiendo sus cosas! ¿Cómo pueden ser tan desordenadas? ¡Y todavía nos exigen lo contrario en casa!...¡Me siento muy cansado y esta mujer, como casi todas, me está haciendo trabajar el doble! ¡Cómo me gustaría decirle que por culpa de ellas termino todos los días a las 12:30am y que apenas veo a mi familia en mis turnos de trabajo! Pero no, no es posible, ¡El cliente siempre tiene la razón!. Es la maldita política de la tienda.
Mientras tanto, un periodista lleno de proyectos, filmaba toda la escena con su teléfono celular, para publicarla en su página de Facebook. Después de un rato, se acercó a la mujer con una amplia sonrisa, sacó una tarjeta de su bolsillo y le dijo:
—-Buenas noches, mi nombre es José Fernández, soy periodista para TVNoticias y me gustaría hacerle una breve entrevista sobre su experiencia en la tienda, para un reportaje que estoy haciendo. ¿Le molestaría que lo haga?
La mujer sonrió un tanto sorprendida. Luego respondió:
—-No, no, para nada me molesta. ¡Adelante, por favor!
—-Dígame, ¿Le gusta ir de compras?
—-¡Por supuesto!—-Concordó ella—-Creo que a todas las mujeres nos gusta.
Después de este preámbulo para rebajar tensiones, José quiso llevar la conversación hasta su objetivo deseado. Así que continuó:
—-¡Claro, claro! Sin embargo, todos los hombres se quejan de que ustedes demoran mucho tiempo cuando visitan estos lugares, ¿Tiene usted idea de por qué lo hacen?.
Con mirada y tono de seguridad, como quien está totalmente convencido de lo que va a decir, dio su respuesta:
---Sí, la tengo. Está demostrado que, tanto el cerebro como las características y modo de pensar de las mujeres, son diferentes a las de los hombres y por eso no pueden entendernos. Le pongo un ejemplo: Para nosotras, los detalles son de suma importancia, por lo que tendemos a ser un tanto perfeccionistas. Esa es la razón por la que no quedamos complacidas hasta que no logramos la perfecta combinación de color, talla y modelo, y eso requiere tiempo.
---¡Oh, qué bien! Se ve que usted conoce sobre el tema---La alabó José, y al instante, soltó lo que había contenido desde el principio---Pero tengo una última pregunta: ¿Tiene una explicación de por qué las mujeres desordenan tanto en las tiendas? Es común ver todas las secciones; ya sea la de hombres, niños, productos del hogar, etc; llenos de zapatos y ropa de mujer. ¿Sabe por qué sucede esto?.
Por un momento, la mujer se quedó muda, revolcando su cerebro para hallar una respuesta, mientras el empleado, con una sonrisa de vitrina abierta de par en par, lanzaba un puño al aire, en un gesto de apoyo a la pregunta.
---Bueno, no sé...---Comenzó a decir---Supongo que para no perder tiempo acomodando...
---¿Tiempo?---Ripostó José---¡Si ustedes detienen el tiempo cuando están aquí! Sabe, yo tengo una teoría y voy a compartirla con usted.
---¿Ah sí? Pues le escucho entonces---Dijo la mujer prestando toda la atención posible.
---Pienso que es un modo de expresar un sentimiento de libertad; un modo de escapar, aunque sea por unas horas, de sus propias restricciones; como romper tediosas cadenas cotidianas y así sentirse libres; expulsar estrés.
---No le entiendo---Reaccionó la mujer frunciendo el ceño.
---Sí, por ejemplo, ¿Crea usted este desorden en su propia casa?
---No, ¡Claro que no!---Respondió la mujer.
---¡Ahí está el detalle! Todos los días, usted recoge ropa y zapatos de los niños, de su esposo, hasta las suyas propias,pero, ¡Aquí no tiene que hacerlo!¡Aquí está libre de sus propias reglas!. En este lapsus de tiempo, usted puede hacer algo diferente a su rutina y nadie la condena por eso. Es como desquitarse de sus obligaciones.
La mujer sonrió con picardía y José continuó:
---Cuando se va de vacaciones, ¿Le gusta hospedarse en un hotel?
---¡Me encanta!
---¿Por qué?---José no dio tiempo a nada.
---Pues, porque no tengo que cocinar ni tender camas. ¡Me libero de obligaciones!---Respondió ella sonriendo.
---¡Exacto! Es lo mismo que sucede ahora. Usted se siente como un ave que fue liberada de su jaula y puede volar a donde le plazca. Además, estoy seguro de que regresa a su casa totalmente relajada; sin estrés. Funciona como una terapia y por eso les cuesta marcharse.
Ella asintió con la cabeza. Entonces, con una pícara sonrisa y un guiño de ojo, dio vueltas a un bikini en su dedo índice, lo lanzó tan lejos como pudo y bromeó:
---¿Así?---Ambos chocaron cinco, en un gesto de complicidad.
A sus espaldas, aún estaba el empleado, pero esta vez, con las manos en la cabeza y maldiciendo entre dientes al periodista. José ahora, dirigió el lente de su teléfono hacia su rostro y culminó:
---Y bien chicas, acabamos de revelar un secreto más de las mujeres. De ahora en adelante, si se sienten tensas, estresadas o nerviosas, ya saben qué hacer. ¡La terapia del desorden espera por ustedes!.