Teoría sobre libélulas
Con nocturna paciencia voy tejiendo
la sutil malla fractálica que acoja
la lámina iridiscente de tus alas, mujer-libélula.
Siguen mis manos los recónditos senderos
que en tu cuerpo llevan a la orgía o al abandono
de esas noches cuyo fin establecen las estrellas.
Te recorro pudorosamente sabiendo
que cada una de mis caricias es fuente de luz,
de esa luz que ocupa tus vacíos,
negros intervalos de silencio,
como si fueses un universo que se expande.
Vuela desde tu estrado efímero y vegetal
y reparte generosa las gárgolas que adornen
los pináculos de las altas chimeneas industriales.
Ellas serán entonces las esbeltas cariátides
de la ciudad en ruinas.
Vuela con tus destellos de aromas hasta los lechos
donde velan afligidos aquellos que esperan el sueño,
pequeños habitantes del residuo del amor enceguecido
que ennoblece a las estatuas con la pátina del tiempo.
Insúflales floral aliento, libélula de aleteo rumoroso.
Deja entre sus sábanas mancilladas
la antigua nitidez de los cuerpos de las ninfas.
Yo quiero volar contigo, hacerme luz de tu luz,
pero mi corazón vacío de latidos está atado,
con la tenaz promesa de sus flagelos undosos,
al cuerpo de esta amante clandestina,
la libélula-mujer que estoy creando.
Con ella volveré a ser cuerpo con sentido
o sinsonte que alegre los jardines con su canto.
Habré de devorarte luego, pobre insecto,
como ofrenda multicolor y poliédrica
a la mujer que ya no serás.
Pero ahora volvamos a las rocas,
antes que sean ocultadas por esas nubes o cánticos
que anuncian la caída de las hojas en otoño.
Esquistos fragorosos que son tañidos
por las olas espumosas, por los violentos tritones.
Cada uno lleva impreso con la ferocidad de las fraguas,
una imagen que recuerda su principio: el dolor.
No nos queda sino tiempo, libélula, mujer a la que amo.
Tiempo de escultor o de alfarero
para llegar al culmen de la luz.
Con nocturna paciencia voy tejiendo
la sutil malla fractálica que acoja
la lámina iridiscente de tus alas, mujer-libélula.
Siguen mis manos los recónditos senderos
que en tu cuerpo llevan a la orgía o al abandono
de esas noches cuyo fin establecen las estrellas.
Te recorro pudorosamente sabiendo
que cada una de mis caricias es fuente de luz,
de esa luz que ocupa tus vacíos,
negros intervalos de silencio,
como si fueses un universo que se expande.
Vuela desde tu estrado efímero y vegetal
y reparte generosa las gárgolas que adornen
los pináculos de las altas chimeneas industriales.
Ellas serán entonces las esbeltas cariátides
de la ciudad en ruinas.
Vuela con tus destellos de aromas hasta los lechos
donde velan afligidos aquellos que esperan el sueño,
pequeños habitantes del residuo del amor enceguecido
que ennoblece a las estatuas con la pátina del tiempo.
Insúflales floral aliento, libélula de aleteo rumoroso.
Deja entre sus sábanas mancilladas
la antigua nitidez de los cuerpos de las ninfas.
Yo quiero volar contigo, hacerme luz de tu luz,
pero mi corazón vacío de latidos está atado,
con la tenaz promesa de sus flagelos undosos,
al cuerpo de esta amante clandestina,
la libélula-mujer que estoy creando.
Con ella volveré a ser cuerpo con sentido
o sinsonte que alegre los jardines con su canto.
Habré de devorarte luego, pobre insecto,
como ofrenda multicolor y poliédrica
a la mujer que ya no serás.
Pero ahora volvamos a las rocas,
antes que sean ocultadas por esas nubes o cánticos
que anuncian la caída de las hojas en otoño.
Esquistos fragorosos que son tañidos
por las olas espumosas, por los violentos tritones.
Cada uno lleva impreso con la ferocidad de las fraguas,
una imagen que recuerda su principio: el dolor.
No nos queda sino tiempo, libélula, mujer a la que amo.
Tiempo de escultor o de alfarero
para llegar al culmen de la luz.
Ilust.: Michael Koven. Fotomito.
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