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taller literario y poe`tico amoroso

licprof

Poeta fiel al portal
ya de adolescente, recièn salido de la niñez y de la escuela primaria,
concurrì a dicho taller: todo transcurrìa en una especie de sòtano, no habìa
demasiada elèctrica iluminaciòn; dirìgìa el taller una señora mayor:
lo que me llamò poderosamente la atenciòn fue su extrema cortesìa, su amabilidad:
estaba acostumbrado a una escuela de jornada completa en la que campeaba
el autoritarismo màs banal y paternalista, vamos, estaba acostumbrado a que se nos tratara mal, pèsimamente mal:
quizàs fuera la primera vez que me encontraba con una persona que nos trataba bien,
que no nos gritaba ni cosas por el estilo: era la primavera democràtica alfonsinista
rebosante de patotas culturales, cajas pan, revistas eròticas
y soldados que se pintaban la cara:
incluso ella dejaba que escribièramos lo que se nos diera la real gana,
siempre que cumplièramos con las consignas pero incluso si no las cumplìamos no importaba demasiado: eran meros disparadores, meros pretextos para producir mundo, textos:
creo que ni siquiera habìa correcciones ni crìticas por parte de ella, solo breves comentarios
pero nunca eran destructivos como pude comprobar en otros talleres,
nunca eran negativos o pueriles, siempre eran benèvolos, generosos: se daba
la palabra a los alumnos, ella daba la palabra a los alumnos

escribìamos con biromes azules o negras, juegos literarios, ejercicios de escritura:
desmontàbamos frases, palabras, no importaba demasiado el gènero:
mierda, evocando estos recuerdos me estoy poniendo irremisiblemente triste, tristòn:
encima escucho trabajos, obras completas de piano de ravel, mientras recuerdo los 80, los
90

varios años concurrì al taller literario del centro cultural san martìn:
desde 1983 a 1988: no era el ùnico taller, allì pasè mi adolescencia, ahora
deslizo palabras en la pantalla electrònica:
habìa chicas a diferencia del colegio normal solo compuesto por varones
excepto algunas profesoras, èramos 40 tipos metidos en un aula,
con pupitres de madera del tiempo de sarmiento, aproximadamente

de vez en cuando, yo me colaba en algùn otro taller, por ejemplo, el del poeta
santiago perednik: 20 años despuès, lo volvì a ver cerca de mi casa
en un recital de poesìa, con micròfono abierto: lo saludè y le dediquè unos poemas
poco despuès, me enterè que habìa fallecido y tambièn poco despuès
comprè sus libros de poemas y los leì todos: se amontonaban
en una librerìa de viejo y en las mesas de saldo,
formando pilas, montañas enteras, en consignaciòn seguramente,
en la avenida de mayo
antes de llegar a florida
y recuerdo a santiago siempre con su sonrisa de persona buena
y sus bigotes
mientras escucho a ravel

otra vez, lo habìa visto en el centro cultural ricardo rojas:
me colè en su taller de poesìa y escribì unos poemas absolutamente malos:
una anciana sutil se burlò de ellos, ahora sè fehacientemente
que tenìa completa razòn en desestimarlos con ironìa desgraciada:
ni siquiera eran poemas, solo palabras al azar
que a su vez pretendìan burlarse, infructuosamente, de otros poemas
acaso igualmente malos

sì, yo de chico paraba en los centros culturales de la municipalidad de buenos aires:
el san martìn
el rojas
el centro cultural roberto arlt: funcionaba en un registro civil
conde se cumplìan los casamientos con su lluvia de arroz,
sus fotografìas

allì, a las 6 de la tarde, hasta las 9 de la noche
leìamos nuestros cuentos y poemas en forma anònima:
los ponìamos en una pila y habìa que adivinar
quien era el autor del engendro: al final,
todos nos conocìamos

2 años concurrì al taller literario del centro cultural arlt:
15 años despuès me reencontrè con algunos talleristas
en el taller del centro cultural el eternauta:
todos estàbamos irreconocibles: màs viejos, incluso yo:
habìan guardado incluso poemas mìos publicados
en ignotas revistas de la època que yo ni siquiera recordaba:

para entonces, yo jugaba infatigablemente al ajedrez, ya era
profesor de lengua y literatura en lejanas escuelas del gran buenos aires
a las que iba caminando de una a otra
como si fuera de un castillo al otro:
habìa que cuidarse, por determinadas zonas no se podìa pasar,
me advertìan los alumnos o me saludaban por las calles
al grito de profe! profe!

por aquella època, jugaba al ajedrez como si se tratara de una adicciòn mental:
casualmente, me encontrè en la calle con mi viejo maestro de escuela
quien al reconocerme me preguntò si seguìa jugando al ajedrez:
no hacìa otra cosa ademàs de leer enciclopedias, dar clases, vender
extinguidores de incendio como corredor independiente: tenìa ya
una gran clientela y eso y las clases me permitìan vivir
junto a mi padre, ya jublilado, màs o menos holgadamente

habìa sido claudio quien habìa hurtado un ajedrez entero,
patrimonio escolar estatal,
despacio, una pieza por dìa, hasta completarlo:
quizàs el maestro se refiriera a ese hurto, indirectamente,
sabiendo que yo era ìntimo amigo de claudio, su compinche barrial:
quizàs sospechara que yo habìa sido partìcipe primario (o secundario)
de ese robo ajedrecìstico, ese choreo intrèpido
ese afano vagamente sagaz: no lo sè, y menos ahora
que tambièn el maestro vetrano està muerto, quizàs para siempre,
aunque no para mì: para mì sigue tan vivo como siempre,
vivito y coleando, y, sobre todo, fumando sus eternos habanos,
en medio de la clase, con ese aroma dulce de las tardes de otoño,
y que, sonriente, solìa apagar en su propia mano
de pedagogo bonachòn y paternal
que ama a sus queridos alumnos.






 
escribìamos con biromes azules o negras,
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Para que nunca deje de escribir...

Un abrazo en la distancia Gaston,
 
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