Maroc
Alberto
Está el infinito poblado
de polvo eléctrico,
canta el amor,
canta la muerte
y tengo que escribir
para vaciar el mundo,
para mirar el aura grande
de la cuenta atrás de las caricias
contra el corazón de los suicidios,
perdiéndome ante el miedo a desaparecer,
recordando la tierra de la que vengo;
la tierra negra,
ahora soy
o me hago pis en la pared
pero nada de tomar tartrato
de dihidrocodeína
para matar los sueños;
está prohibido por alguna ley absurda,
comencé como un loco
adorando la rienda libre
que habita en mis paredes de los suburbios,
ya no busco la dirección obligatoria
sin que nadie me done su palabra
harto de agresiones y desdenes,
sería imposible describirlo;
como resumir una maratón
en un cuarto de paso,
debió ser en abril
pero pasó en otoño
y ni siquiera era una tarde
de viernes apacible
cuando comprendí que las cosas bellas
solían volverse hacia el sol del horizonte,
siempre de espaldas al fondo,
por eso sé que ninguna se detiene o busca,
salvo las que se marcharon,
allá donde se marchitó la belleza relativa,
aun así, como un imán,
algo me empuja a volver.
Pero qué absurda es la nada
atravesando las trincheras de los difuntos
mientras mis sentimientos van
como un sombrero de paja por el aire,
es la realidad del condenado lóbrego
viendo pasar las horas
mientras la fuerza me empuja
tras esta carrera ahora sin
dobleces
con las puertas del pecho abiertas
pidiéndome como único deseo
volar entre la ceniza.
de polvo eléctrico,
canta el amor,
canta la muerte
y tengo que escribir
para vaciar el mundo,
para mirar el aura grande
de la cuenta atrás de las caricias
contra el corazón de los suicidios,
perdiéndome ante el miedo a desaparecer,
recordando la tierra de la que vengo;
la tierra negra,
ahora soy
o me hago pis en la pared
pero nada de tomar tartrato
de dihidrocodeína
para matar los sueños;
está prohibido por alguna ley absurda,
comencé como un loco
adorando la rienda libre
que habita en mis paredes de los suburbios,
ya no busco la dirección obligatoria
sin que nadie me done su palabra
harto de agresiones y desdenes,
sería imposible describirlo;
como resumir una maratón
en un cuarto de paso,
debió ser en abril
pero pasó en otoño
y ni siquiera era una tarde
de viernes apacible
cuando comprendí que las cosas bellas
solían volverse hacia el sol del horizonte,
siempre de espaldas al fondo,
por eso sé que ninguna se detiene o busca,
salvo las que se marcharon,
allá donde se marchitó la belleza relativa,
aun así, como un imán,
algo me empuja a volver.
Pero qué absurda es la nada
atravesando las trincheras de los difuntos
mientras mis sentimientos van
como un sombrero de paja por el aire,
es la realidad del condenado lóbrego
viendo pasar las horas
mientras la fuerza me empuja
tras esta carrera ahora sin
dobleces
con las puertas del pecho abiertas
pidiéndome como único deseo
volar entre la ceniza.
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