Ana Clavero
Poeta que considera el portal su segunda casa
Alicia llevaba días enfrentándose a un folio en blanco sin que las ideas acudieran a su mente. Escribía una columna para una revista de tirada semanal y le quedaban solo cuarenta y ocho horas para que se cumpliera el plazo de entrega de su artículo, pero las musas no acudían en su auxilio. Su marido y sus amigos, agenciándose un papel de psicólogos que no les correspondía, le decían: Te están influyendo los trastornos hormonales y, además echas de menos a los niños.
Los niños eran sus hijos. Ambos andaban rondando la treintena y hacía menos de un mes que habían decidido independizarse. Y a lo que ellos llamaban trastornos hormonales, era, sencilla y llanamente, la menopausia.
Estaba a punto de cumplir cincuenta años y recordar el comentario de su marido y sus amigos le hizo reflexionar sobre el rol que les había tocado asumir a las mujeres de su generación, sobre todo a aquellas que habían decidido seguir trabajando después de casarse. Fueron educadas para ser perfectas amas de casa y no podían permitir que su trabajo profesional les hiciera descuidar sus labores dentro del hogar. Sus casas tenían que estar tanto o más limpias que las de sus amigas que solo ejercían de amas de casa .Sus hijos y su marido tenían que salir a la calle impecables; y para conseguirlo hacían jornadas maratonianas. Cuando terminaban su trabajo y llegaban a casa, fregaban, lavaban, planchaban, hacían la comida para el día siguiente, ayudaban a sus hijos con los deberes y, cuando todo estaba organizado, se iban a la cama y hacían verdaderos esfuerzos por subir una libido que, con tanto cansancio, no estaba alojada más arriba de los talones. Se ponían su sonrisa más seductora y, haciendo verdaderos esfuerzos por mantener los párpados abiertos, trataban de ser amantes perfectas. Después si los niños no estaban enfermos, o no tenían pesadillas, o no pedían agua; dormían hasta las seis o las siete de la mañana siguiente en que volvía a comenzar su jornada.
En el terreno laboral la lucha no era menos ardua. La generación siguiente venía poniendo títulos sobre la mesa, títulos que un porcentaje alto de las de su generación no tenían.
De pronto Alicia supo cual sería el tema de su artículo aquella semana. Se sentó delante del ordenador y empezó a escribir:
Tengo cincuenta años, soy menopaúsica y mis hijos ya no me necesitan. Disculpadme si no me deprimo por ello. Disculpadme si, en lugar de sentir que mis hijos ya no me necesitan, lo que siento es un gran descanso y un gran alivio por no tener que seguir, lavando, planchando, cosiendo, cocinando y todos los gerundios que se le puedan seguir añadiendo al cuidado de los hijos.
Disculpadme también por no sentir que con cincuenta años y menopaúsica soy una mujer acabada.
Lo he pensado mejor y en lugar de disculpas os pido que me felicitéis. Felicitadme porque los cincuenta años me dan una serenidad y una capacidad de análisis que ya hubiera querido a los treinta; y la menopausia me concede gozar de mi sexualidad a tope, sin miedos a embarazos no deseados.
Así que desde hoy causo baja en el registro de las superwomans. . Ya no quiero demostrar que soy la mejor organizando mi casa, ni la mejor cuidando a mis hijos, ni la mejor en mi trabajo; no quiero cargar con mis preocupaciones y las de los míos. Creo que, ni tan siquiera, quiero ser la mejor en la cama, estoy pensándome seriamente cederle a mi pareja ese honor. Ahora simplemente quiero ser yo el centro de mi universo."
Ana Clavero
7 de Marzo de 2006
Los niños eran sus hijos. Ambos andaban rondando la treintena y hacía menos de un mes que habían decidido independizarse. Y a lo que ellos llamaban trastornos hormonales, era, sencilla y llanamente, la menopausia.
Estaba a punto de cumplir cincuenta años y recordar el comentario de su marido y sus amigos le hizo reflexionar sobre el rol que les había tocado asumir a las mujeres de su generación, sobre todo a aquellas que habían decidido seguir trabajando después de casarse. Fueron educadas para ser perfectas amas de casa y no podían permitir que su trabajo profesional les hiciera descuidar sus labores dentro del hogar. Sus casas tenían que estar tanto o más limpias que las de sus amigas que solo ejercían de amas de casa .Sus hijos y su marido tenían que salir a la calle impecables; y para conseguirlo hacían jornadas maratonianas. Cuando terminaban su trabajo y llegaban a casa, fregaban, lavaban, planchaban, hacían la comida para el día siguiente, ayudaban a sus hijos con los deberes y, cuando todo estaba organizado, se iban a la cama y hacían verdaderos esfuerzos por subir una libido que, con tanto cansancio, no estaba alojada más arriba de los talones. Se ponían su sonrisa más seductora y, haciendo verdaderos esfuerzos por mantener los párpados abiertos, trataban de ser amantes perfectas. Después si los niños no estaban enfermos, o no tenían pesadillas, o no pedían agua; dormían hasta las seis o las siete de la mañana siguiente en que volvía a comenzar su jornada.
En el terreno laboral la lucha no era menos ardua. La generación siguiente venía poniendo títulos sobre la mesa, títulos que un porcentaje alto de las de su generación no tenían.
De pronto Alicia supo cual sería el tema de su artículo aquella semana. Se sentó delante del ordenador y empezó a escribir:
Tengo cincuenta años, soy menopaúsica y mis hijos ya no me necesitan. Disculpadme si no me deprimo por ello. Disculpadme si, en lugar de sentir que mis hijos ya no me necesitan, lo que siento es un gran descanso y un gran alivio por no tener que seguir, lavando, planchando, cosiendo, cocinando y todos los gerundios que se le puedan seguir añadiendo al cuidado de los hijos.
Disculpadme también por no sentir que con cincuenta años y menopaúsica soy una mujer acabada.
Lo he pensado mejor y en lugar de disculpas os pido que me felicitéis. Felicitadme porque los cincuenta años me dan una serenidad y una capacidad de análisis que ya hubiera querido a los treinta; y la menopausia me concede gozar de mi sexualidad a tope, sin miedos a embarazos no deseados.
Así que desde hoy causo baja en el registro de las superwomans. . Ya no quiero demostrar que soy la mejor organizando mi casa, ni la mejor cuidando a mis hijos, ni la mejor en mi trabajo; no quiero cargar con mis preocupaciones y las de los míos. Creo que, ni tan siquiera, quiero ser la mejor en la cama, estoy pensándome seriamente cederle a mi pareja ese honor. Ahora simplemente quiero ser yo el centro de mi universo."
Ana Clavero
7 de Marzo de 2006