Asklepios
Incinerando envidias
Soy una de las sillas de la cocina. Somos seis compañeras que hacemos nuestra vida alrededor de una gran mesa. Es una vida muy tranquila aunque no exenta de pequeñas aventuras. Estamos todas al cuidado de dos pequeños taburetes que se cuelan,- casi como jugando-, entre nosotras dependiendo de las necesidades de cada momento de los señores. Nos va la vida hogareña, aunque no nos negamos a ser sacadas al jardín para disfrutar del sol y tomar un poco el aire.
Somos de diseño fino, elegante y de anchas caderas. Es decir, que ofrecemos un buen y cómodo asiento ya que, desde el primer día, nos engalanaron con preciosos y mullidos cojines para el buen disfrute de nuestros ocupantes.
Desde la cocina, -así se llama el habitáculo que ocupamos-, hemos oído hablar de otras sillas a las que hemos podido llegar a conocer personalmente en muy contadas ocasiones, cuando vienen a la casa más personas de las habituales. También sabemos de sillones y tresillos pero jamás hemos llegado a verlos.
En nuestras vidas hay de todo, según nos traten: respaldo rajado, pata quebrada, manchas causadas por despistes y descuidos, ralladuras y desconchamientos tras ser apartadas con rabia por motivos que jamás hemos llegado a entender... A todas, nada más llegar, nos colocaron unos pequeños calcetines. Con el tiempo llegué a entender que para que con nuestras patas no se rayara el suelo.
Yo, desde el primer día, ocupo una de las cabeceras de la mesa y sobre mí se sienta, siempre, la que entiendo es la mujer de la casa. El hombre de la misma se acomoda frente a mí, al otro extremo.
Faltaba poco para cumplir cuatro años viviendo en aquel hogar, en los que pasó de todo, cuando, no sé por qué, entendí que, en breve, nos iban a llevar a no sé qué sitio donde nos recuperaríamos. Además, pude oír que nos facilitarían nuevos cojines y respaldos por tener los de siempre un poco perjudicados. La verdad es que unos habían perdido la intensidad de sus colores y otros andaban un poco deshilachados o tenían algún que otro agujero debido al tabaco. En definitiva que los señores decidieron que recuperáramos la buena imagen de los viejos tiempos.
Cuando regresamos, magníficamente restauradas, lucíamos estupendas y, orgullosas, no paramos de oír infinidad de halagos que dejamos de escuchar a los pocos días. Aun así, era innegable que sentimos inmensamente felices por estar de nuevo en casa.
Somos de diseño fino, elegante y de anchas caderas. Es decir, que ofrecemos un buen y cómodo asiento ya que, desde el primer día, nos engalanaron con preciosos y mullidos cojines para el buen disfrute de nuestros ocupantes.
Desde la cocina, -así se llama el habitáculo que ocupamos-, hemos oído hablar de otras sillas a las que hemos podido llegar a conocer personalmente en muy contadas ocasiones, cuando vienen a la casa más personas de las habituales. También sabemos de sillones y tresillos pero jamás hemos llegado a verlos.
En nuestras vidas hay de todo, según nos traten: respaldo rajado, pata quebrada, manchas causadas por despistes y descuidos, ralladuras y desconchamientos tras ser apartadas con rabia por motivos que jamás hemos llegado a entender... A todas, nada más llegar, nos colocaron unos pequeños calcetines. Con el tiempo llegué a entender que para que con nuestras patas no se rayara el suelo.
Yo, desde el primer día, ocupo una de las cabeceras de la mesa y sobre mí se sienta, siempre, la que entiendo es la mujer de la casa. El hombre de la misma se acomoda frente a mí, al otro extremo.
Faltaba poco para cumplir cuatro años viviendo en aquel hogar, en los que pasó de todo, cuando, no sé por qué, entendí que, en breve, nos iban a llevar a no sé qué sitio donde nos recuperaríamos. Además, pude oír que nos facilitarían nuevos cojines y respaldos por tener los de siempre un poco perjudicados. La verdad es que unos habían perdido la intensidad de sus colores y otros andaban un poco deshilachados o tenían algún que otro agujero debido al tabaco. En definitiva que los señores decidieron que recuperáramos la buena imagen de los viejos tiempos.
Cuando regresamos, magníficamente restauradas, lucíamos estupendas y, orgullosas, no paramos de oír infinidad de halagos que dejamos de escuchar a los pocos días. Aun así, era innegable que sentimos inmensamente felices por estar de nuevo en casa.