esteban7094
Poeta recién llegado
¡No soy Jesús, pero también soy Cristo!
No soy el hombre dolor, pero he sangrado.
Darío Lemos
Adagio
Y sintieron
Como si lo que heredamos fuera mucho o fuera poco,
Como si lo que heredamos no hubiera cabido en su pupila.
Somos
Su antigua tristeza, su viejo desbordamiento que fluía,
En fieros torrentes, por nuestras venas sinuosas y dilatadas.
Aún sienten
En su dolorida existencia nuestra marcha hacia lo ignoto,
Hacia lo negro -¡graves ansias!- -¡graves augurios!-
Y llegaron
Como miel los primeros crepúsculos de gusanos, las dalias del vicio,
Los primeros besos de ceniza y alquitrán. -¡y la danza de las putas!-
Berenice
Que los atrapaba con sus grades piernas mientras nosotros, entre humo
De opio, nos lanzábamos en la búsqueda de ese lado oscuro
Del hombre
Que nunca se verá desde las cárceles húmedas de la moral…
El amor a lo ininteligible, ese que deliciosamente se nos ofrece
En una cloaca
O en una fosa común, es el fuego denegrido que calcina los ojos
Vacuos, los ojos que tan sólo columbran sombras; este es el fuego que arde en el poeta.
Presto
¡La luna negra
Y el sol rojo! ¡Cólera! ¡Cólera! Se cayeron las estrellas de tanto
Palpar el mismo seno yerto: la hiel undívaga de la noche.
Y el lamento
Se hizo carga pesada, se hizo mundo grande, -¡ay, ay, ay!-
Se hizo cáncer, alimaña, bestia que ruge después de llorar.
Los mejores frutos,
Los más dulces, los más hondos en la carne tierna, son los que
Brotan de los árboles más torcidos, de las espaldas más
Tumefactas,
De los pulmones talados por las ventiscas del vodka y el vino;
Los más embriagantes son los que brotan de la torre encendida de Babel…
Y el infinito
Escuece en el padecimiento del forajido… ¡Cual ellos escaparon
A través de nuestra fuga del convento de cristiana concentración!
Abrazar
Nuestras propias corrientes, sentir con orgullo la languidez, la maldición,
El ala umbría de lo mórbido, escindir ese hórrido vicio sonámbulo
Del mundo.
Y el dolor, el mal iracundo; cómo sonaba en esas viejas ánforas vacías.
Nosotros estamos tan llenos como ellas, tan vacuos, ¡que videncia!...
El poeta
En su vía dolorosa contempla las primeras vislumbres de lo idealizado.
Sufre en terror silente, pero comprende que su agonía será una verdad
Insurrecta.
Lento
Ya todos
Somos uno, uno que no es ninguno o muchos o pocos o inmensidad;
Somos uno fuera del tiempo u ocultos de él, ahogados en su reverso.
La ponzoña,
La carne, la alucinación del estiércol, el eterno salto a los abismos,
La máscara del cadáver del amor, lo vil; ya todo, todo se va por allá
Con la resaca.
Ya no somos nosotros; pues estamos lejos, hundidos en eterna lejanía…
Ya lo que queda es un trozo negro de locura, de enfermedad,
De blasfemia;
¡Pero no somos nosotros!, lo que queda son residuos que ya no sienten;
Muchos o pocos o inmensidad que ya no se sufren, ya no celebran
A Berenice;
Ya tan sólo esperan con las primeras ansias locas el palazo de la muerte,
El beso materno, la caricia inmarcesible, el retorno de los astros caídos.
¡Y nosotros!,
Nosotros todos extendidos, desorbitados en inimaginables lontananzas;
Libertados de la noria, de la cadena y de la sinfonía de tinta lastimera.
Nosotros
De regreso al vientre fundamental, a la esencia, a lo perfecto;
De regreso a aquello ignoto, ininteligible, a la madre innombrable…
Coda
Siempre anduvimos por ahí,
Totalmente ciegos,
Cantando al unísono
Los paisajes que nadie ve…
l. e. torres
02/06/015